miércoles, 1 de julio de 2026

¿CUÁNTAS MÁS, SAN AGUSTÍN?

Me intriga mucho el país de Argelia. Se conoce poco sobre aquellas latitudes, y a su vez, grandes hombres han surgido de esa tierra: Deportistas tales como Riyad Mahrez o Zinedine Zidane, y filósofos como Albert Camus o Aurelio Agustín.

Este último personaje, también conocido como Agustín de Hipona, es una figura central en la filosofía occidental, y fue uno de los pensadores cristianos más importantes de la historia. Debido a su legado y su santidad, es conocido como Doctor de la Iglesia. También es a San Agustín a quien se le atribuye la repetida frase “Qui cantat, bis orat”, y es aquí cuando cayó el moco en el atole.

En nuestro amado pueblo latinoamericano, habitado en mayor medida por un gran porcentaje de personas con carácter flemático, es muy común que las cosas nos entren más por el sentimiento que por la razón. De tal modo, que no puedes tener la imprudencia de decirle abiertamente a un pueblo como el nuestro, convertidos cada domingo en fieles feligreses, una frase tal como “El que canta, reza dos veces”, porque entonces se arma la de Dios es padre.

Permítanme aclararles que tengo la arraigada costumbre de asistir a misa todas las mañanas. Es el tiempo que me regalo para agradecer, meditar, pedir perdón, ayuda, hacer introspección, orar. Realmente disfruto esos minutos de soledad y de comunión con nuestro creador. Por tanto, lo que menos deseo en esos momentos, es escuchar al unísono una multitud de atonalidades y arritmias, intentando cantar al unísono algún anacronismo que no tiene otra función que desconcentrar mi incipiente camino a la iluminación.

Confieso que me molesta sobremanera acudir a la celebración de la Santa Misa, y que canten. No. No lo tolero. Me parece tan absurdo como platicar en una biblioteca. Además, con todo el respeto que me merecen los buenos sacerdotes, creo que deberían de implementar en los Seminarios, una clase de cantos corales. Y que, como en cualquier otra asignatura, si no estás apto para esa tarea, mejor enfócate en desarrollar tus talentos.

El canto en las religiones viene de muchos siglos atrás. Los Salmos del rey David de Israel, fueron escritos en hebreo antiguo, con rítmica y prosa exacta. Sin embargo, la razón para hacerlos de esta forma y cantarlos, no era por una cuestión de fervor. Vivían en una época donde el 98% de la población no sabía leer ni escribir. Entonces, la forma más sencilla de transmitir estas enseñanzas era por medio del canto. De esta manera, se memorizaban las plegarias, y se transmitían de generación en generación, sin alterar su contenido.

Lo mismo sucedió siglos después con los cantos gregorianos, cuyas declinaciones musicales, tenían más una intención nemotécnica, que ser una vía para alcanzar la divinidad. Y efectivamente, tener la dicha de estar en una iglesia como la Basílica de San Pedro en el Vaticano, escuchando su majestuoso órgano tubular de cinco mil pipas, acompañado de un gran coro, debidamente entrenado, es sin duda una experiencia estremecedora que puede transportarte de forma muy efectiva hasta alcanzar el cielo.

Sin embargo, lo que escuchamos en nuestras parroquias diocesanas, dista abismalmente del escenario anteriormente descrito. Me asombra mucho la capacidad desarrollada en un solo recinto, para cantar la misma canción en tantos tonos distintos, y con rítmicas totalmente desfasadas. Y aunque existen sacerdotes con una muy buena voz y que cantan con bastante decencia, es imposible tener control sobre la muchedumbre enardecida al esperar su canción predilecta intitulada Juntos como Hermanos.

Sé que podrían tomar como un despropósito de mi parte lograr poner señalética en las iglesias con un símbolo similar al de No Fumar, que en cambio signifique No Cantar. Lo que sí podría suceder es que, desde los Seminarios Mayores, existiera la prudencia de sus Directores para darles al menos la indicación a los diáconos menos desprovistos de talentos musicales, la fraternal instrucción de: Tú mejor no cantes, compadre.

Aunque de antemano sé que mi lucha está perdida desde antes de iniciar, insto a los sacerdotes a la búsqueda del recogimiento y la paz interior, no solamente mientras se encuentran en soledad, sino también en la hermosura que tiene la sencillez de una misa con la elegancia sobria de omitir cualquier especie de cánticos. Pero como sé que absolutamente nadie me va a pelar, yo seguiré acudiendo diariamente a mi Iglesia de preferencia, y alabaré, alabaré, alabaré, alabaré… alabaré a mi Señor.

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