martes, 7 de julio de 2026

TANATOLOGÍA MUNDIALISTA

¿Y, después? Esta será la pregunta que suplirá a la muy bien posicionada y soñadora frase “¿Y si sí?”. La segunda nos lleva a ilusionarnos y a soñar. No por nada tuvo el enganche que produjo. La primera, a confrontarnos con esa solitaria realidad que significa para muchas personas, el final de un campeonato mundial de futbol.

Afirmo abierta e hipócritamente que no me gusta el futbol. Solo veo finales, y algunas veces ciertos partidos de Liguilla, si tienen algún atractivo particular. A pesar de eso, resulta que hasta los nombres de los árbitros me sé. Por tanto, tal vez mi afirmación obedece a que no me gusta el futbol mexicano. Ver un partido entre dos equipos nacionales, y después compararlo con un encuentro de la Champions League, me hace pensar que son dos deportes distintos.

México tiene excelentes atletas en deportes individuales. La historia nos avala. Y resulta que también tenemos muy buenos futbolistas en selecciones menores, por lo que supongo que algo se descompone en el camino. Podemos ser sumamente críticos en este tema y desarrollar interminables debates, pero pensar que algo cambiará en un sistema que produce ganancias multimillonarias, sería absurdo. Porque al negocio del futbol, poco le importa el sentimiento de una nación, cuando somos y seremos los más fieles aficionados de nuestra selección nacional, a pesar de cualquier adversidad. Esperemos que nuestro Rafita Márquez logre hacer alguna diferencia.

El tema es que, en una más de mis innumerables incongruencias, cada cuatro años que hay un mundial de futbol, prácticamente modifico mi vida al huso horario del país anfitrión. En esta ocasión, por fortuna el mundial se celebra en tres países que no me obligaron a modificar mis horarios de levantarme o acostarme. Sin embargo, mi agenda está supeditada a los horarios de los partidos diarios. Y me refiero a absolutamente todo: horario de comidas, de trabajo, de reuniones, de aseo personal, de paternidad responsable, de lectura… ¡Todo!

Por esta razón, cada vez que un mundial concluye, me deja un vacío de proporciones “muerte de un pariente”. Y me quedo unos días, si no es que semanas, sin saber bien a bien cómo llenar ese vacío, o con qué suplir ese espacio en mi vida. Recuerdo su canción oficial con una nostalgia que incluso años después, me puede llegar tranquilamente a llenar los ojos de lágrimas. ¡No exagero! Hace poco superé “El equipo tricolor / tiene mucho corazón / y en la cancha lo demostrará”.

Con la salvedad de esa canción de Juan Gabriel que, honestamente ¡ya me tiene hasta las canicas! Por alguna razón desconocida, que seguramente obedece a la nostalgia que produce, tomaron el final de mi canción favorita del Divo de Juárez, “Así Fue”, y se la han estado colgando a cualquier video, historia, Reel o publicación que se puedan imaginar. No sé si mi coraje se deba al incontable número de repeticiones, a la ignorancia colectiva sobre el origen de esos arreglos majestuosos que elaboró el maestro Eduardo Magallanes, ejecutados magistralmente por el talentoso trompetista Miguel Viurquis Isiano, o a mi inexplicable imposibilidad de contener el llanto y dificultad para demostrar mi hombría cada vez que la escucho. 

México ya está fuera de la contienda, tras un emocionante y emotivo partido histórico contra la selección inglesa. Comprendo que, tal vez en otros países, una vez que su selección queda fuera del mundial, dejan de ver el campeonato y se enteran de su desenlace solamente por las noticias. No así nosotros, que seguimos con ahínco y con pasión cada fase del torneo, y nos vamos poniendo la camisa de la selección de nuestra elección. Supongo que es una de nuestras distintas formas de alargar la agonía, o tal vez simplemente soy yo, y la ansiedad que me produce acercarme al irremediable final.

Por todas esas razones, creo seriamente en la necesidad de un especialista que me ayude a lidiar con esta situación, con la finalidad de evitar traumas posteriores, daños a mi salud física, o la vergüenza ajena que le puedo provocar a algún transeúnte que repentinamente me vea llorar como Magdalena por las calles de Los Cabos. También está la eterna tentación de refugiarme en los brazos de algún enervante legal, o la muy sensata opción de volver a mi vida normal y ponerme a trabajar. ¿Y, después? Díganme: ¿Qué sigue?

¡Ah, ya me acordé!... Repetir por cuatro años más el mantra: “¡Que chingue a su madre el América!”

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