Eran los albores de los años ochenta. En un México asomándose a la modernidad, a punto de ser el primer país que por segunda ocasión sería sede de un mundial de futbol, y terminando de digerir esa máxima histórica que por un tiempo nos hizo soñar con estar en la deseada situación de tener qué dedicarnos a administrar la abundancia. Las familias de clase media comenzaban a realizar el anhelo de tener casa propia, y los créditos bancarios eran suficientes para también darse el gusto de manejar un buen coche.
Por esas épocas, estando en mi incipiente pubertad, me dedicaba a no estudiar, a jugar en la calle la mayor cantidad de tiempo posible, y a ver a mis padres contentos por sus logros, pero siempre vigilantes de la clase política. Para ellos, la modernidad llegaba en forma de acceso a oportunidades, y algunas notas curiosas de novedades tecnológicas en algunos países lejanos. Para mí, llegó en forma de una novedosa sopa instantánea cuya fama creció en México a la velocidad de la luz: Las sopas instantáneas de la marca Maruchan.
En aquel entonces, la mayoría de los mexicanos ni por error habíamos escuchado la palabra “Ramen”, por lo que para mí era el mejor invento de la creación, y los primeros asomos de muchos de mis contemporáneos a la cocina de alta gama. Increíble me parecía tener la posibilidad de prepararme una deliciosa sopa de pasta, con unas pequeñas larvas que en la foto de la envoltura hacían las veces de camarones, o cualquier otra proteína, presuntamente de origen animal. Era hermosa la simpleza que significaba hervir un poco de agua, verterla dentro del recipiente desechable, taparla durante tres eternos minutos y ¡Voilà! Había culminado la preparación de mi primer platillo, digno de chef con estrella Michelin.
Se volvió rápidamente un platillo muy popular entre todos los mexicanos, dada la facilidad con que se puede salir de un apuro al tener a la mano una de estas sopas. Además de que en verdad me parecía deliciosa. Algo tendría qué ver el exceso de glutamato en su condimentación, más los dos limones y las cantidades estratosféricas de salsa Guacamaya con que las aderezaba.
Pasaron los años, y estando como estudiante en la Ciudad de México, recibí una invitación. Un entrañable maestro que estaba ya muy entrado en años, fue solicitado por una universidad en Guadalajara para dar una conferencia magistral. Mi maestro tuvo a bien invitarme, no porque tuviera yo demasiados méritos académicos, sino tal vez porque me veía buen lomo para cargar maletas. Acepté gustoso por la oportunidad de escuchar su ponencia, además de tener el honor de compartir más tiempo con un maestro que el día de hoy es referencia histórica del Conservatorio Nacional de Música.
Como a mi maestro, por su avanzada edad, le causaba cierto temor viajar en avión, solicitó que le enviaran dos pasajes de autobús, eligiendo la noche como un buen momento para la travesía. Quedamos entonces de vernos en la estación Observatorio, de la cual partiría nuestro autobús.
Para mi mala suerte, quizás a causa de una de las tantas taquerías callejeras que como estudiante visitaba, el día que nos iríamos de viaje a la perla tapatía, yo amanecí con una diarrea de los mil demonios. Por fortuna, en la residencia de estudiantes en donde vivía, había varios médicos, que me recetaron inmediatamente tomar una milagrosa pastilla de nombre Lomotil. ¡Santo remedio! En menos de un par de horas, mis evacuaciones disminuyeron con tendencia a cero, y estaba listo para el emprendimiento.
Entre mis ocupaciones juveniles y mi poca práctica en la administración de mi tiempo, llegué a la central de autobuses a las carreras y, por prudente precaución, sin haber comido ni cenado. El hambre que ya hostentaba en ese momento, mas mi exceso de confianza en la cura anteriormente administrada, me dieron la gran idea de cenar algo antes de subirme al camión. La solución fue muy sencilla: Fui a una tiendita de la estación, y tuve a bien cenarme una deliciosa sopa Maruchan.
La Loperamida, que es el ingrediente activo de la pastilla que ingerí para acabar con mi malestar, efectivamente tiene la capacidad de disminuir el número de evacuaciones y por consecuencia, restaurar la consistencia de las heces. Lo que no te dicen las letras chiquitas de ese milagroso medicamento, es que lo que provoca en el cuerpo humano es la parálisis casi total de las funciones intestinales.
El resultado fue muy poco agradable. Estuve durante todo mi viaje nocturno de ida, todos mis paseos por Guadalajara, toda la clase magistral de mi entrañable maestro, y todo el camino de regreso a la capital, eructando incontrolablemente mi sopa Maruchan. Duré prácticamente dos días enteros sin poder expulsar de mi cuerpo, ni por arriba ni por abajo, la bendita sopa instantánea que me ejecuté antes de nuestro viaje. Fue tanto el desagrado y el aborrecimiento a ese olor, que dejé de consumir el tan afamado producto por décadas. No me costó trabajo, puesto que con solo recordar ese viaje y las más de cuarenta y ocho horas que tuve la tripa paralizada, me bastaba para ni por equivocación acercarme un poco a cualquier sitio donde alguien estuviera ingiriendo dicho platillo.
A mediados de la década de los dos miles, ya habiendo terminado de procesar la falacia de la patria abundante que tanto nos prometieron, y en un mundo globalizado con acceso ilimitado a la modernidad, llegaron a México las aerolíneas de bajo costo. Por primera vez se hacía accesible a un número mucho mayor de compatriotas, la posibilidad de viajar por vías aéreas. Tuvieron por supuesto, y siguen teniendo, mucho éxito y una demanda cada vez mayor de pasajeros. En el afán de ser cada vez más competitivas, las aerolíneas que están en el modelo low cost comenzaron a vendernos en vuelo casi cualquier cosa que se te ocurra ingerir. Desde bebidas azucaradas, hasta cervezas y vino de mesa. Desde bolsas de papas fritas, hasta golosinas infantiles. Desde un sándwich de jamón y queso, hasta una inefable sopa Maruchan.
Fue ahí cuando nuevamente reviví mis demonios de décadas atrás. ¿Quién les dijo a las aerolíneas que es una buena idea vender en pleno vuelo, una sopa que necesita agua hirviendo y es peligrosa para los pasajeros, y que además tiene un olor penetrante que dentro de la cabina de un avión, se traslada fácilmente a muchos pasillos de distancia? Lo peor del caso, es que la popularidad de esta actividad ya se ha hecho por demás cotidiana. Es casi imposible subirse a un vuelo en este tipo de aerolíneas que, pasando los diez mil pies de altura sobre el nivel medio del mar, no comiences paulatinamente a percibir el olor a sopa instantánea. Ya me imagino a algunas personas que antes de abordar su avión, se están saboreando la Maruchan que se van a empacar a medio vuelo. ¡Todo mal!
Como la famosa frase del presidente José López Portillo no se ha hecho realidad, al menos para mí, no puedo darme el lujo de simplemente evitar las aerolíneas de bajo costo, tal como evito estar cerca de la maldita sopa. Sirva entonces esta anécdota para solicitar amablemente a los directivos de todas estas aerolíneas que, por motivos de seguridad a bordo del vuelo, tengan a bien prohibir de manera definitiva la ordinaria actividad de ingerir una sopa Maruchan.