Siempre fui amigo de los bullies. Desde mi primera infancia, mi círculo eran los abusadores de la escuela. Esos que no tienen reparo en molestar a hombres y mujeres por igual, a los que tenían alguna desventaja física o intelectual, o a aquellos niños que osaban llevar a los salones de clase, cualquier artículo que suscitara envidias, ya sea una mochila nueva, o un par de tenis inaccesibles para el resto de los alumnos.
Se dice que esas personalidades frecuentemente vienen de familias disfuncionales, de algún tipo de abuso, y que actúan de esta forma como un mecanismo de defensa, o a causa de tener dificultades para gestionar sus emociones. Ignoro cual es mi vínculo con esas personalidades, porque en mi casa jamás existió alguno de esos factores. Tal vez era una simple estrategia social para evitar ser yo el niño “buleado”. El tema es que todo el tiempo tuve una cercanía afectiva fuerte con los que hoy llamaríamos “los machos alfa” de mi generación.
Había, sin embargo, una diferencia muy marcada entre ellos y yo: Jamás tuve la indecencia de afectar a un compañero de manera consciente, ni física ni mentalmente. Muy al contrario, siempre fungí como protector de los débiles, y cuando alguno de mis amigos se estaba pasando de la raya, inmediatamente salía a la defensa del desvalido. Actividad que, con el paso del tiempo, me ganó la simpatía de ambos bandos.
Esa es tal vez la razón por la que hoy, me da tanto gusto cuando alguno de los equipos de fútbol de países, ya sea totalmente desconocidos, o famosos precisamente por su escaso talento en el balompié, le anota un gol a las supuestas potencias futbolísticas mundiales. Aunque tengo a la selección de Portugal como favorita para esta competencia, me da una alegría enorme cualquier gozo de los equipos de países como Bosnia, Paraguay, Qatar, Haití, Turquía, Curazao, Costa de Marfil, Túnez, Egipto, Arabia Saudita, Irán, Irak, Senegal, Argelia, Jordania, República del Congo, Ghana, Uzbekistán, y la recientemente heroica Cabo Verde.
En cualquier otro país del mundo desde donde lean esta columna, inmediatamente preguntarían: Y ¿dónde dejas a México? Sí. Efectivamente. México es mi país, mi selección, mi querencia. Y sí, somos un país con un grado de optimismo o insensatez, que nos hace cada cuatro años soñar con la absurda idea de ganar la exclusiva copa. Y tal vez también esa sea la razón por la que comparto con todos mis compatriotas esa extraña y tierna debilidad por los débiles, factor que posiblemente nos convierta en uno de los países más hospitalarios del mundo.
Para muestra, un botón reciente: El DT de la selección iraní, se deshizo en halagos ante los medios de comunicación, cuando habló sobre México y las excesivas muestras de cariño que les otorgaron en la ciudad de Tijuana, lugar donde fueron confinados debido a la negativa de permiso para permanecer en territorio estadounidense, cuando su base habría de estar en la ciudad de Los Angeles, California.
Aplaudo entonces cualquier esfuerzo de estas, las selecciones débiles, que son las únicas capaces de entregarnos esas historias heroicas que nos lega cada campeonato mundial de fútbol, que van llenando nuestra vida de recuerdos, y cada cuatro años las tenemos como referencia temporal.
Nunca me he aficionado por la actividad lúdica, sin embargo, esta temporada parece ser un buen negocio apostar por los débiles, que tienen una mucho mayor capacidad para hacernos felices a los mexicanos, que la mismísima selección teutona que, para variar, viene con la espada desenvainada.
Y ¿nuestros ratoncitos? Pues sigamos apoyándolos, mientras recordamos el penal fallado por Hugo Sánchez, pero también la media tijera de Manuel Negrete. Remembrando con lágrimas en los ojos la tragedia epopéyica del “No era penal”, pero también el impresionante gol de cabeza de mi paisano Jared Borgetti contra la ausente Italia. Y no puede faltar, el tremendo gol del Chiqui Lozano frente a Alemania, que convirtió ese Día del Padre del 2018 en el más feliz de mi vida. Y, cuando irremediablemente, quedemos eliminados de esta copa, busquemos cualquier excusa para justificar nuestro duelo, enjuguémonos las lágrimas, y apuntemos nuestra alegría en apoyar al menos posibilitado de los equipos restantes. Es decir, al rival más débil.
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