La semana estuvo muy aburridita. La
vida política nacional no dio nada nuevo de qué hablar salvo la honrosa visita
de Xi Jinping, el irresuelto caso de la Guardería ABC, y entonces opté por
escribir sobre asuntos realmente importantes: El alarmante caso de aparición de
llantas en el Río Tamazula.
Como todos los habitantes de
Culiacán y poblados circunvecinos se habrán dado cuenta hay algo de sequía en
el estado de Sinaloa, por lo tanto es necesario cerrar las compuertas de las
presas para reservar agua dulce por no saber qué tanto se atrasará la temporada
de lluvias. A causa de esto el nivel del río Tamazula ha descendido de manera
considerable, quedando al descubierto gran parte de su caudal. Inexplicablemente
también quedó a la vista de todo mundo un montón de llantas a todo lo largo del
Malecón. ¿De dónde vienen? ¿A dónde van? ¿Qué quieren de nosotros?
Me parece muy extraño que el destino
final de un neumático sea el río. No imagino a alguien que una vez teniendo la
necesidad de reponer las llantas de su carro, decida ir a tirar las viejas (estamos
hablando de llantas) a un río. No le encuentro ninguna lógica. Es mucho más
divertido quemarlas, por ejemplo. No pretendo fomentar la quema de llantas
puesto que al parecer resulta más contaminante esa combustión que su simple
permanencia en el lecho de un río, pero me sigue pareciendo muy ilógico que ahí
estén. Hasta la jirafita Yaya, que su cuello ya le alcanzaba para ver el río,
se puso muy triste y pues… Ya ven.
Ante
estas incógnitas comencé a formular hipótesis sobre su misteriosa aparición. Me
remonté a mi niñez cuando vivía en un fraccionamiento en las lomas y de manera
fortuita nos encontrábamos con alguna llanta en un lote baldío (ordinario pero
lógico). Por las condiciones geológicas de mi colonia la opción de quemar la
llanta no era la más atractiva, por tanto nos íbamos todos los niños en grupo a
la parte más alta de la calle y dejábamos rodar a su suerte la llanta hasta que
se detenía sola en la Av. Ciudades Hermanas, que en aquel entonces era mitad
canal pluvial y mitad calle. Pero luego pensé que la distancia entre ese punto
y el río Tamazula es muy lejana como para que algún otro niño de colonia más
planita no la agarrara y le diera otro destino.
Después
pensé en la Teoría de la Generación Espontánea, pues ya ven que generalmente
los seres humanos somos muy dados a tirar deshechos en las riberas, y con la
cantidad de basura que echan al río Tamazula, de entre tanto envase de PET y
bolsas de papas fritas, en una de esas surgió una especie de llantas que se
reproducen solas. Pero dado lo estúpido de todo el planteamiento, también lo
descarté.
Pensé
en todos los poblados que existen entre Sanalona y Culiacán, y en la cantidad
de niños que suponiendo que los neumáticos flotan de la misma manera que una
cámara de llanta se echen al río para intentar usarlas a manera de salvavidas. Luego
pensé que nada tardarían en darse cuenta de que solamente flotan si tienen un
rin puesto, y las llantas que yo he visto en el Tamazula no tienen rin. También
pensé que solamente un infante citadino sería tan torpe como para suponer
semejante tontería y que en los ranchos una llanta puede utilizarse de columpio
o de bebedero para vacas. La última teoría que formulé fue que cada año cuando
se realiza el concurso de valsas desde Ayuné hasta Culiacán, estas fueran
desechando llantas por el camino, pero resulta que usan cámaras de llanta y no
el neumático entero.
Cansado
de enunciar teorías absurdas, se me ocurrió que mejor aprovechemos que no ha
llegado el tiempo de aguas y hagamos brigadas para limpiar nuestros tres ríos…
Ahorita que se puede. ¿Quién dijo yo?
Roberto Rojo Alvarez
(Agregado Cultural de Culiacán… ahorita en Tucson)
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