viernes, 1 de junio de 2012

CARNITAS Y BOTANAS "EL SAUCE"

            “Desde Navolato vengo”, canta la primera frase del que históricamente ha sido el segundo himno de mis congéneres y posiblemente una de las canciones más populares de México: El Sinaloense. Que como dato curioso les cuento que esta canción, cuando en el año de 1998 tuve la fortuna de trabajar con el mariachi “Aguilas de Plata” en la Ciudad de México, fue la única pieza que pidieron en la totalidad de los eventos para los cuales fuimos contratados.
            Por esta razón de origen geográfico y folclórico, Navolato ha sido una población con la que he estado en contacto desde mi primera infancia, y lo mismo supongo que le sucede a la mayoría de los culiacanenses de mi generación que cuando de niños acudíamos a la bahía de Altata, a falta del actual libramiento teníamos qué cruzar la ciudad entera por la calle Almada, desde el Ingenio hasta la salida al Limoncito.
            Pasó el tiempo, y mis sutiles vínculos con Navolato continuaron en la preparatoria donde coincidí con varios compañeros que venían a estudiar a la ciudad de Culiacán. Pero mi vida tomó otros rumbos cuando después de haber estado durante años dando tumbos con mi eterno historial de mal estudiante, decidí trasladarme al Distrito Federal a “estudiar” al Conservatorio Nacional de Música del Instituto Nacional de Bellas Artes.
            Todavía recuerdo esa nublada mañana de verano del 96 cuando con mi mochila cargada de ilusiones y pentagramas me encaminé al histórico recinto creación del arquitecto Mario Pani, a hacer fila para obtener una ficha de inscripción en un año en el que por razones más políticas que artísticas, de novecientos solicitantes únicamente ingresamos trece. Cuando llegué a aquel gran edificio donde habría de estudiar por los siguientes siete años de mi vida rodeado de grandes artistas y profesores que bajo su tutela estuvieron figuras como el maestro Plácido Domingo, a la primera persona que conocí justo en el umbral de la reja blanca de la entrada ubicada en la calle Presidente Masaryk, fue ni más ni menos que a José Manuel Chu de Navolato, Sinaloa.
            Unos meses después de haber llegado a la Ciudad de México y haber vivido en casa de unos queridos tíos, tuve la oportunidad de solicitar mi ingreso a una residencia con capacidad para noventa estudiantes donde habría de habitar por los siguientes cinco años y tres meses de mi vida. Esta fue la Residencia Universitaria Panamericana, cuya administración y tutela estuvo a cargo del Opus Dei durante poco más de cincuenta años, en cuyas habitaciones vivieron en su época estudiantil figuras de la política como el señor César Nava y el hoy candidato presidencial Enrique Peña Nieto. Tristemente la Residencia este año cierra sus puertas para migrar a un edificio con menos de la mitad de su capacidad.
            En aquel momento iba con toda la emoción que le da a un joven tener la oportunidad de convivir con estudiantes de todo el país, además de extranjeros de cuando menos tres continentes. Para mi sorpresa había un dato curioso en la Residencia, y es que su mayoría de habitantes per capita la conformaba un par de estudiantes con quienes hasta el día de hoy mantengo comunicación: el exitoso basquetbolista del Club Caballeros, Froylán verdugo, y el Director General de las preparatorias Cedros en la Ciudad de México, Vicente Amador. Ambos, por supuesto, del mismísimo Navolato, Sinaloa.
            Tiempo después la vida me dio la oportunidad de irme a trabajar por un tiempo al viejo continente el año 2003, específicamente en la bella ciudad de Florencia. Ahí conocí a mucha gente, sobre todo estudiantes de arquitectura de toda Italia y el mundo que por tradición se trasladan a beber su cultura y su inigualable belleza arquitectónica, además de la enorme comunidad de mexicanos que no los evitas mientras estés en cualquier punto del orbe. Como tenía cada semana algunos días libres y solvencia económica suficiente para echar modestos viajecitos de vez en vez, en una ocasión decidí apartarme de lo mundano y cotidiano que me resultaba Florencia para ese momento, y decidí viajar a París. Me sentía como en otro planeta caminando con mi chamarra larga (de cinco euros) por los hermosos Campos Elíseos y sentía que mis pies no tocaban el suelo. Pero por algo recita el verso popular “el mundo es un pañuelo”. No había terminado de caminar por la acera norte de aquella famosa avenida ni mis pies terminaban de llegar al suelo, y estando a escasos trescientos metros del Arco del Triunfo, de pronto vi de frente en los mismísimos Champs Elysees en vivo y a todo color ni más ni menos que al Humberto Plata, por supuesto, de Navolato, Sinaloa.
            La vida me trajo de vuelta a mi natal Culiacán, y del año 2006 al 2010 tuve las riendas de un grupo de jóvenes talentosos en un proyecto radiofónico que ya es historia, pero dejó grandes amigos y proyectos. Ahí conocí a la mejor voz, la mejor amiga, la mejor madre y la mejor esposa: la mía. Ella es Amparo García y es, por supuesto, de Navolato, Sinaloa.
            Fue gracias a ella y a la que hoy es mi adorada familia política que tuve la fortuna de conocer un lugar donde se comen las mejores carnitas del noroeste del estado. Las “Carnitas y Botanas El Sauce”, propiedad del Sr. Everardo Godoy, es un sitio donde vale la pena hacer escala si se va de paso a las playas de Isla Cortés o a la bahía de Altata. El establecimiento se encuentra ubicado en la carretera Navolato – Altata, justo a la salida de la cabecera municipal, y es atendido amablemente por sus hijos y demás trabajadores locales. Estas carnitas en caldo al puro estilo navolatense son de la mejor calidad, y acompañadas de sus tortillas recién hechas y su bebida bien fría, valen la pena el viaje a Navolato.
            Tómenlo muy en cuenta si una mañana se encuentran sufriendo por los estragos de la resaca del champagne y van rumbo a las costas de nuestro hermoso estado. Hagan una escala en Carnitas y Botanas “El Sauce” y curen todos sus males y los males del corazón, que siempre con pan son menos.
            A mí el destino irremediablemente me trajo (una y otra vez) hasta estas tierras, y no me queda más que disfrutar y cantar “Desde Navolato vengo…” y por el resto de mi vida, a Navolato iré.

Roberto Rojo Alvarez
@rojoroberto

martes, 1 de mayo de 2012

TRATTORIA DELLA CASA NUOVA

            Como seguramente a muchos de ustedes les sucederá incontables veces por motivos de trabajo o de esparcimiento, estaba en ese entonces de pasadita por la majestuosa y siempre rica Ciudad de México. Cabe mencionar que en esta gran metrópoli siempre se está de pasadita, ya sea cuando se va por unas horas como cuando se vive ahí por siete años como lo fue en una bella etapa de la vida de su amable escritor.
            Se conjugaron dos factores que concluyeron en la visita a uno de los mejores restaurantes de México. El primero fue que en esa ocasión iba yo acompañado de una señora que merece todos los lujos y placeres que el ser humano ha sido capaz de inventar, mi sacrosanta madre. El segundo fue que nos dirigíamos rumbo a la ciudad de Cuernavaca a intentar resolver una situación familiar que a la postre nos ha dado incontables lecciones de vida.
            Por tales motivos, decidí acudir a un sitio en el sur de la ciudad al que solía asistir en mis épocas de estudiante en el Distrito Federal que en aquel entonces llevaba por nombre Le Petit Cluny.  Este fabuloso sitio de elegancia sobria y exquisito sazón ahora lleva el nombre de Trattoria della Casa Nuova, y su visita es obligada.
            Recuerdo que en esa que fue mi primera visita al nuevo establecimiento, a tan sólo unos metros de su restaurante antecesor, a pesar de cierta carga emocional que nos acompañaba por aquellas  fechas, tuvimos la oportunidad de deleitarnos con un delicioso desayuno que nos hizo recordar por qué la comida es uno de los más grandes placeres de la vida.
            La Trattoria della Casa Nuova se encuentra por la Avenida de La Paz No. 40, en San Ángel, y ahí puedes degustar deliciosos alimentos al puro estilo italiano, en un ambiente casual, además de su deliciosa tienda delicatessen ubicada justo en la entrada del restaurante. Es simplemente el mejor lugar para desayunar en el sur de la Ciudad de México. Les recomiendo mucho el desayuno Petit Cluny, su pan dulce que es algo caro pero vale cada centavo, su chocolate caliente, y si van en un horario cercano al mediodía, no dejen de probar su deliciosa pizza de alcachofa con aceitunas negras, además de sus postres que no tienen desperdicio.
            No fue la única vez que he visitado la Trattoria della Casa Nuova, pero sí la más importante sin duda alguna. Iba acompañado de mi madre, que cuando no me acompaña físicamente me acompaña en mi pensamiento y en mi corazón. En este mes de mayo aprovechen para llevar a su señora madre a este delicioso lugar. Me lo van a agradecer, pero más se los va a agradecer ella a ustedes.
            Este artículo sirva para hacer una entera recomendación de la Trattoria della Casa Nuova en la Ciudad de México, y un muy merecido homenaje a mi madre en este el mes en que se celebra su día y el de todas las madres de México y el mundo.
Roberto Rojo Alvarez
@rojoroberto

domingo, 1 de abril de 2012

LA BÓVEDA DE LA ISLA

            Trascurría el año 2008, cuando todavía no llegaba la crisis global y mi soltería me brindaba la posibilidad de tener una pequeña cuenta de ahorros, misma que se vaciaba cada vez que había algún buen concierto en alguna ciudad a no más de dos mil quinientos veinticinco kilómetros de distancia de mi natal Culiacán.
            El primer semestre de ese año mi agenda rocanrolera estaba completamente vacía, y mi tarjeta de millas de conocida aerolínea destruyerrascacielos rebosaba en puntos. Aunado a esto, mi primo Luis Manuel se encontraba viviendo en una pequeña y linda ciudad de nombre Dammarie-lès-Lys ubicada en las afueras de París.
            Una vez conjugados todos estos elementos y venciendo mis ímpetus hogareños, tomé la decisión de pasar una relajada Semana de Pascua consintiendo a mi primo Luisín en París. Fue con él que visité Le Caveau de l’Isle, uno de los mejores restaurantes en los que he comido alrededor del orbe.
            Él era maestro de español en una preparatoria de aquella linda comuna a orillas del río Sena, y compartía su departamento con una jovencita alemana de nombre Anja que a su vez daba clases de alemán a los post-pubertos de la misma institución. Su relación de roomies era como la de un viejo matrimonio: ligeros pleitos eventuales y sin goce de mieles.
            Aquella fue una semana muy divertida. Recordé viejos sitios (tomando en cuenta que casi todos los sitios de París son viejos), y deambulé sólo todas las mañanas debido a que mi primo solamente estaba disponible por las tardes. Entre los planes de la semana visitaría dos museos que no conocía, una ópera en el Teatro de Ópera Garnier, y tenía en mente una cena de lujo en algún sitio caro. Mi primera intención era reservar en el restaurante Jules Verne ubicado en la parte más alta de la torre Eiffel, que aunque no es distinguido por su arte culinario, tiene un caché y una vista envidiable. El primer día de espacio disponible para reservar era después de mi fecha de partida, de tal modo que acudí a los especialistas en la materia para que me recomendaran entonces no el más bello sino el mejor restaurante de París. Entre la lista que me dieron apareció un sitio ubicado en la isla de Saint-Louis en donde jamás había puesto un pie, razón por la cual decidí reservar en ese lugar.
            Le Caveau de l’Isle es un restaurante de alta cocina tradicional francesa situado al sur de la isla de San Luis, en el corazón de París. Y como sucede con los mejores sitios europeos que son pequeños, elegantes y sobrios, este no es la excepción. De entrada pedí un foie gras en salsa picante de higo, con unos enormes granos de sal de mar encima, que nomás de recordarlo se me pone la piel de gallina de la emoción. Como plato fuerte pedí un filete de pato en salsa de miel que además de estar delicioso, como guarnición tenía el mejor ratatouille que he probado jamás. De postre me sirvieron un crème brulée al limón cuyo sonido al insertar la primera cucharada en su gruesa capa es música para mis oídos. Y de tomar nos sirvieron un vino beaujolais de la casa de muy buena calidad.
            El restaurante en sí es caro pero no intocable. No como la cerveza Carlsberg que en ese mismo viaje pedí en el bar La Vue del hotel Concodre La Fayette cuyo precio de 19 Euros terminaron con mis ganas de seguir bebiendo, no sé por qué. Tal vez por hacer caso omiso a mi filosofía viajera de “el que convierte no se divierte”.
            Es evidente que recomiendo ampliamente el restaurante Le Caveau de l’Isle cuando tengan oportunidad de estar por la ciudad de París. Aquella ocasión tuve el agrado de ir con mi queridísimo primer primo varón de familia materna, cuya compañía siempre es grata, enriquecedora y divertida. Dios mediante espero estar ahí de vuelta muy pronto pero ahora con el amor de mi vida, mi amada esposa.

Roberto Rojo Alvarez

jueves, 1 de diciembre de 2011

UNA NAVIDAD DE LA BURGER

            Llegamos al tan esperado momento del año en el que el mundo (occidental) por entero se viste de blanco y rojo, llenan de escarcha ventanas de casas y oficinas, adornan con renos y trineos los espacios al aire libre, saturan las tarjetas de juguetes que hacen alusión a un mundo lleno de nieve, y cuando sale uno a las calles de nuestro bello Sinaloa estamos a por lo menos treinta y cinco grados centígrados.
            Ese es el primer shock en el cual incurrimos en nuestra temporada navideña. Otro es uno con el que venimos cargando desde la infancia, debido a la lucha cuerpo a cuerpo y cara a cara que nuestros abuelos enfrentan contra la fortísima mercadotecnia norteamericana: El Niño Dios vs. Santa Claus.
            Llega incluso un momento de nuestra niñez en el que nuestra confusión es grande. Ya no sabemos si el Niño Dios entra por la chimenea, o en qué parte de la pastorela va a salir Santa. Si dirigimos la carta a un recién nacido que difícilmente sabrá leer o a un viejo barbón que con sus lentes muestra un poco más de intelecto. Si el pino de Navidad es parte del Nacimiento (el Belén, en España) o si uno de los Reyes Magos viene montado en Rodolfo el Reno y no llegará con nuestros regalos sino hasta enero. Y pensar que a nosotros lo único que nos importa son los juguetes esos que nos anunció Chabelo cada domingo desde septiembre en su programa En Familia.
            Cómo y donde quiera que sea, estas son fechas óptimas para pasar al lado de la familia, muchas veces fingiendo que hace frío cuando en realidad terminamos despojándonos de todas aquellas lindas prendas invernales que adquirimos para usar escasas tres veces en la vida: Cuando nos las medimos, cuando las presumimos, y cuando las llevamos a un sitio en el que invariablemente las habremos de extraviar dejándolas colgadas en algún perchero porque, aunque nos cueste creerlo, este año tampoco hará frío en nuestra tierra.
            Hay gente que corre con una suerte distinta a la de las mayorías, no sé si mejor o peor que la nuestra, pero que tienen la capacidad de decidir a qué lugar del mundo trasladarse para pasar sus vacaciones decembrinas. Para estos fines no hay un mejor lugar y que reúna más clichés alusivos a la Navidad que la hermosa ciudad estadounidense de Nueva York.
            En la isla de Manhattan están los iconos navideños más famosos del mundo. Tenemos el famoso pino de Navidad del Rockefeller Center con su pista de patinaje debajo, el nevado Central Park con sus lagos congelados donde también se patina sobre hielo, el Madison Square Garden con “algo” On Ice, la inigualable decoración navideña de la mundialmente famosa Quinta Avenida, y las múltiples caras de Times Square que es a donde acuden miles de personas el último día de diciembre para despedir la Navidad y dar la bienvenida al año nuevo.
            Pues este artículo será útil precisamente para todas aquellas personas que tendrán la fortuna de andar por allá en esta Navidad. Existe un pequeño sitio que está ranqueado como el restorán con la segunda mejor hamburguesa del mundo, y según nos comenta el propietario la razón por la que no lo nombran como el primero es porque el otro sitio le debe su respeto a la firma McDonald’s que es la cadena de restaurantes más famosa del mundo.
            Este fabuloso sitio es Joint Burger, y por nada del mundo se lo pueden perder. Es un diminuto local escondido (y no es sentido figurado) dentro del hotel Le Parker Meridien ubicado en el número 119  de la West 56th Street, a escasas dos cuadras de Central Park. A un lado de las salas del lobby del hotel y detrás de unas enormes cortinas color rojo que bajan desde su techo de triple altura, está la entrada a este restaurante donde comer una hamburguesa con papas se vuelve lo menos cotidiano del mundo y se convierte en una experiencia que jamás en la vida olvidarás. Y no exagero al decirles que una de las razones por las que a pesar de su escondite mucha gente da con su paradero es porque las filas para realizar el pedido algunas veces salen hasta las puertas del exclusivo hotel.
            Si van a New York City esta Navidad, es obligado ir a tomarse una linda fotografía en cada uno de los sitios antes mencionados. Mi recomendación es que no dejen de ir a probar una hamburguesa del Joint Burger, porque en sí misma vale la pena el viaje completo a Nueva York.

Roberto Rojo Alvarez

martes, 1 de noviembre de 2011

QUÉ NICE WOK

            En el año de 1996 tuve la fortuna de vivir en una de las ciudades más pujantes de nuestro país, que 15 años después se encuentra desafortunadamente en una crisis de gobernabilidad capaz de alertar a toda una nación. Este maravilloso lugar es la famosa Sultana del Norte.
            Fue un año en el que aprendí a conocer a su gente y su estilo de vida que es una delicada mezcla entre el trabajo arduo y la apariencia social, entre su acentuada religiosidad y sus apetitos banales. Esto da como resultado una sociedad unida de gente trabajadora que ha llevado a la ciudad de Monterrey a estar entre las más hermosas y desarrolladas de nuestro país.
            Entre esta gran ciudad y nuestro bello estado no hay muchos vínculos. Ellos son meramente industriales mientras nosotros nos dedicamos casi por entero a la agricultura y la ganadería. Pero existe en el ámbito académico un vínculo de fuerte tradición que es la enorme cantidad de estudiantes sinaloenses que cada año, como lo hice yo en aquel entonces, se trasladan a estudiar al Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey.
            A muy pocas cuadras de esta institución educativa sobre la calle Junco de la Vega 411 está la Plaza Altavista, donde se encuentra un delicioso sitio para comer, como su slogan lo indica, fresca y saludable comida oriental. Su nombre es Nice Wok y cualquier cosa que prueben en este pequeño restaurante es una delicia.
            Es admirable que a pesar de los infortunios por los que pasan los regiomontanos hoy en día, existan jóvenes emprendedores que estén dispuestos a abrir mercado con negocios de calidad como Nice Wok. Es el caso de este par de hermanos, Claudia y Rodolfo, quienes se lanzaron a competir con la seguridad de tener un producto de la más alta calidad, a un precio accesible y un establecimiento decorado con muy buen gusto. Ella es poseedora de una belleza e inteligencia fuera de serie, él cuenta con la destreza y el don de gentes. Juntos han logrado crear un concepto que tiene todo el potencial para ser una gran franquicia en un corto plazo.
            Lo primero que debes hacer al llegar es seleccionar el tamaño de tu wok, escoges algún tipo de noodle como base ya sea de huevo, trigo, arroz o vegetales. Luego tienes para escoger carne de pollo, res y/o camarón. Seleccionas tus verduras, y viene el toque final que son estas deliciosas salsas de teriyaki, kung pao, pad thai, horange teri, agridulce, o teriyaki chipotle, que hacen de Nice Wok una experiencia única.
            Si vas en viaje de negocios o de placer a la ciudad de Monterrey y te encuentras cerca de la Zona Tec, te recomiendo ampliamente visitar Nice Wok. Si estudias por allá y tienes la suerte de escaparte de una clase, ve inmediatamente a deleitarte. Y si eres una de las personas más afortunadas del mundo y tienes la dicha de ser atendido por alguno de sus propietarios, como lo fue en mi caso, no dejes de felicitarlos por este magnífico negocio que acaba de nacer. Te aseguro que una vez que termines de degustar tu platillo sólo podrás exclamar ¡Qué nice wok!
            A la distancia me pregunto ¿qué hacía un músico, escritor, locutor, empresario y actual funcionario público estudiando Ingeniería Civil en el ITESM? Simplemente fue la manera en que Dios me puso en la ciudad de Monterrey para estar cerca de mi tía Nena en ese que fue su último año de vida terrenal.

Roberto Rojo Alvarez

sábado, 1 de octubre de 2011

BURRITOS DE REGRESO DE NUEVA YORK

            Era el año 2008, y mi más grande preocupación vigente en ese entonces era acudir a la Final Season del Yankees Stadium. El emblemático estadio sería derrumbado para albergar el estacionamiento de la nueva casa de los Yankees que se encuentra hoy simplemente al cruzar la calle. Por tal motivo, Estrellita procedió a comprar 16 boletos de gayola por el módico precio de USD$120.00 sin contemplar que nuestra nuca estaría a escaso medio metro de la techumbre más alta del estadio. Por supuesto, valió la pena.
            Acto seguido, llenamos tres camionetas Suburban y tomamos camino rumbo al norte. Dos de los vehículos llevaban personas mayores, mujeres y niños. El último, bajo mi comando, iba lleno de jóvenes del género masculino cuya testosterona se desbordaba por las ventanas. A causa de este pequeñísimo detalle, fuimos objeto de revisión en absolutamente todos los retenes y aduanas que cruzamos de ida y vuelta, mientras los otros dos automóviles nos esperaban delante burlándose y sin haber sido molestados. A la postre fuimos los de “la camioneta de los malandros”.
            El primer tramo fue desde Culiacán hasta Phoenix. Llegamos muy cansados a un lindo hotel cuya única importancia era que estaba ubicado cerca del aeropuerto del cual saldríamos rumbo a la ciudad de Nueva York al siguiente día muy de mañana. Nos distribuimos cómodamente en alrededor de entre 6 y 7 habitaciones y nos dispusimos a pasar una descansada y placentera noche para estar en buenas condiciones al día siguiente. Pero aproximadamente a las dos de la mañana se activó la alarma contra incendios del hotel en cuestión. Si hubiésemos estado en un hotel nacional, habríamos gritado “cácaro” y recostados esperaríamos a que alguien apagara la maldita alarma. Pero estábamos en los Estados Unidos y por tanto, ahí nos tienen a todos en pijamas parados en el estacionamiento del hotel esperando a que llegaran los bomberos en su inmenso camión únicamente para después de dos horas verificar que había sido una falla humana, es decir, que alguien activó sin querer queriendo la alarma contra incendios. Al día siguiente estábamos todos en el aeropuerto convertidos en piltrafas humanas. El mal ya estaba hecho.
            Finalmente llegamos a New York City, no sin antes sobrevolar alrededor de un lago durante dos horas debido a que el aeropuerto JFK al parecer estaba saturado. No obstante esos pequeños contratiempos, fueron unos días maravillosos en compañía de gente con una alegría y una franqueza que hacen de cualquier viaje, ya sea a la Gran Manzana o a Palmitas, una verdadera delicia. Luego de varios días, algunos museos, turibuses, diversas caminatas y un par de musicales de Broadway, nuestro cometido se llevó a cabo y pasamos una espléndida tarde en el antiguo estadio de los Yankees. Del resultado del partido no me acuerdo, pero de mi memoria jamás se borrará el haber escuchado a todo volumen al final del juego el gran éxito del difunto Frank Sinatra a la voz de “Start spreading the news…”. Un sueño más se había cumplido.
            De regreso estuvimos un par de días en Phoenix para hacer las compras finales. Las absurdas compras finales que puedan llegar a hacer que alguien compre un palo de golf sin haber jugado jamás un solo par. Una vez satisfechas las adquisiciones de nuestras necesidades básicas y uno que otro regalito, tomamos camino de regreso hasta llegar a dormir a Hermosillo. Al día siguiente nos levantamos muy temprano para llegar a desayunar a Cd. Obregón a un lugar que les prometí sería inolvidable. Créanme que no me quedo corto si les digo que gracias a ese desayuno nuestro viaje cerró con broche de oro.
            En la calle Allende No. 413 del Centro de Ciudad Obregón, Sonora, se encuentra un establecimiento donde venden los mejores tacos de cabeza del mundo. A ese delicioso lugar llegamos precisamente a quitarnos de la boca el sabor a hamburguesa y adentrarnos en lo mejor del arte culinario nacional con esos deliciosos tacos acompañados por un sinfín de salsas estilo casero y tortillas recién hechas. Los Tacos y Burritos Allende son muy famosos y no es para menos. No necesariamente tienen qué hacer el viaje hasta NYC para llegar de regreso a desayunar en esa taquería. Igual si van de pasadita también los atienden. Lo que sí les digo es que ir acompañado de la gran familia Aguilar, no tiene desperdicio.
            Es poco probable que vuelva a estar en la Final Season del nuevo Yankees Stadium. También se ve remota la posibilidad de otro viaje grupal tan entrañable y divertido. Lo que sí pueden tener por seguro es que a los Tacos y Burritos Allende habré de volver una y otra vez. Fue en agosto cuando emprendimos ese viaje, pero es a Julio a quien debo mi agradecimiento.

Roberto Rojo Alvarez

jueves, 1 de septiembre de 2011

EL BBQ AL ESTILO CULEBRO

            Había vivido engañado. Toda una vida pensando que en los Estados Unidos de América no se podía vivir sino mal, que el enorme estado de Texas solamente había pertenecido a México, que la ciudad de Houston estaba asentada sobre un árido desierto, y que el Barbecue era una salsa café más bien malita que poco se vende en los supermercados transnacionales que hay en mi país. La familia Culebro y su infinita hospitalidad se encargaron de sacarme del error.
            Desde la infancia recuerdo a mi familia haciendo críticas en contra de la república imperial. Tenían la idea de que su juventud era drogadicta y carente de valores, su sociedad enteramente materialista y sus creencias religiosas minadas en su totalidad. Confieso que en el transcurso de los años mis dudas sobre estas críticas disminuyeron únicamente de manera parcial y que sigo pensando que en cierta medida la razón los asiste. Para mi fortuna tuve el gusto de convivir con los Culebro. Ellos formaron una familia unida, sentada en las más sólidas bases religiosas, con valores y raíces muy arraigadas, con unos maravillosos hijos ya profesionistas, y todo esto lo lograron en los Estados Unidos.
            Al estado de Texas nos lo han pintado siempre como si se lo hubieran traído íntegro desde el desierto del Sahara y se lo hubieran robado a México después de una cruenta guerra, y hoy me entero de que el territorio de Tejas en su momento fue reclamado por al menos seis países. De ahí deriva el término “seis banderas de Texas”. Yo además pensaba que los Estados Unidos para hacerlo propio solamente le habían agregado algunas torres de esas que sacan harto petróleo, esporádicas cactáceas adornando el panorama, y le pusieron a unos rancheros güeros muy gritones. Y resulta que en su enormidad existe desierto, pero también hay bastos bosques y lindas playas. La ciudad de Houston se encuentra justo entre estos dos hermosos escenarios, y confieso que me pareció un sitio perfecto para vivir. Es una ciudad que ofrece muchas oportunidades a la gente de bien que trabaja con energía por su familia y su comunidad.
            Sin embargo, mi mayor sorpresa vino cuando me hablaron del Barbecue. La traducción que más se aproxima a esta palabra es “parrillada”, aunque en México es más común que la asociemos con la tradicional barbacoa. Para mí solo existían dos tipos de barbacoa: la que se sirve en las bodas populares sinaloenses acompañada de frijoles puercos y sopa fría (la combinación de la sopa fría en ese platillo es algo que jamás comprenderé, pero esa es otra historia), y la delicia que se prepara en el estado de Hidalgo, sobre todo en casa de mi amigo Fernandote en la maravillosa comunidad de Mangas, pueblo cuyas llaves merezco y todavía no me han dado.
Todo cambió cuando en compañía de la familia Culebro fuimos al restaurante Carl’s BBQ de Cypress, Texas, cuyo lema es “The Best Bar-B-Que In The Business!”. En este sitio se preparan asados de todo tipo de carnes y se come reviviendo nuestros más básicos instintos depredadores, es decir, a mano limpia. El barbecue en Houston es una tradición, y si se tiene la oportunidad de pasar por estas tierras no deben de perdérselo. Yo de manera particular les recomiendo mucho este sitio que además de un decorado totalmente ad hoc, muy buen servicio y precios accesibles, tiene unos panecillos de elote fabulosos y un ambiente al más puro estilo tejano.
De Texas conocía el sombrero Stetson Paradise 20X de mi padre, un par de aeropuertos, el puñado de cuentos hollywoodenses, una histórica frase alusiva a un problema en el espacio sideral, y la inverosímil crónica de un magnicidio ejecutado por un asesino solitario. Los Culebro me sacaron de mi engaño y me dieron la oportunidad conocer la hermosa ciudad de Houston, sus alrededores, y además de deleitarme con su inigualable Barbecue.
Muchos tendrán la suerte de ir a Houston, pero pocos tenemos la fortuna de ser atendidos por la familia Culebro. Para curar ese pesar, vayan a Carl’s BBQ.

Roberto Rojo Alvarez