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jueves, 1 de noviembre de 2012

LA LUNA DE FLORENCIA


            En mis más mozas juventudes, por la edad de 22 años, tuve la oportunidad de visitar en distintos momentos dos sitios que me hicieron sentir inmensas ganas de habitar en ellos: El primero, un peculiar pueblo en el estado de Morelos de nombre Tepoztlán. El segundo, la hermosa ciudad italiana de Florencia.
            Cinco años después, tras un largo camino de aprendizaje y una vida cómoda en una residencia en la cual viví con la crema y flor, vino el buen consejo de un amigo que con toda certeza me dijo: “A ti lo que te hace falta son noches a la intemperie”. Al poco tiempo, me llegó una oportunidad laboral que me cumplió con creces este ajeno deseo y me trasladé a vivir a Florencia, la ciudad de las flores.
            Cuando uno va a Italia, tiene la fortuna de descubrir un exquisito platillo de sabores inigualables que produce una sensación única en el paladar. Un alimento que no tiene comparación con ningún otro que se pueda probar alrededor del orbe. Comida que uno cree conocer de toda la vida, hasta que finalmente se tiene esa maravillosa tabla con un milagro de la creación humana encima: la pizza.
            Tal como lo leen. La pizza italiana es un “bocado de Cardenales” que nada tiene qué ver con el platillo homónimo que hemos comido durante tantos años. Es como si un ciudadano norteamericano asumiera que conoce la comida mexicana porque fue a Taco Bell. Lo mismo sucede con este delicioso manjar que una vez que se prueba nada vuelve a ser igual. Hago estas odiosas comparaciones para ser lo más gráfico posible con quienes no han estado en situación de comprobar mi teoría, con la única intención de animarlos a brincar el charco para descubrir por boca propia lo que les cuento. Para estos fines, la “Pizzeria La Luna” de Florencia es el mejor sitio.
            En su momento, Italia me permitió descubrir el famoso y rico platillo, y muchas otras mieles que te brinda el poder vivir en aquel hermoso país durante una o varias temporadas. Pero ese año en particular, Florencia me dio la gran oportunidad de conocer de manera muy estrecha a una maravillosa persona y extraordinaria mujer: mi querida hermana menor.
            Aprovechando la coyuntura de mi lugar de residencia, la Katinka se fue a vivir conmigo durante dos meses a la ciudad en cuyo escudo se encuentra plasmada una flor de lis. Fueron dos meses que exprimimos hasta la última gota paseando de lo lindo y tratándonos todo lo que en los últimos ocho años por cuestiones de distancia no habíamos podido hacer. La vida y Dios me regalaron la oportunidad de conocer a mi hermana, la menor, como nunca antes había tenido oportunidad. Por esto les estoy a ambos eternamente agradecido.
            Precisamente en su compañía visité por última vez aquella pequeña pizzería situada en una zona florentina alejada del bullicio de los turistas que en todas las épocas del año colapsan la hermosa e histórica ciudad. Este peculiar sitio que ahora recomiendo es precisamente “Pizzeria La Luna”, que se encuentra ubicada en la calle Vincenzo Gioberti número 93/R. Es un pequeño restaurante sin pretensiones donde preparan la pizza original con un sazón exquisito. Sin ser un experto en el arte culinario italiano pero con la seguridad que me da ser una persona considerablemente vaga, puedo afirmarles que es de las mejores pizzas de Italia.
            Florencia tiene una oferta cultural y arquitectónica fuera de serie. En el corazón de esta ciudad se construyó una iglesia que es posiblemente la más bella del mundo, la Basílica de Santa María de las Flores, también conocida como “Il Duomo” debido a la grandiosa cúpula de Brunelleschi de 45 metros de diámetro que tiene una altura de 114 metros, y es una obra maestra del arte gótico. Además destaca de este templo su impresionante fachada que es un hermoso rompecabezas de mosaicos formando motivos religiosos. Tal como la vida misma, que es un gran rompecabezas que se va armando con las piezas que tenemos a la mano y con los espacios que en el camino vamos viendo que podemos ocupar.
            Los italianos, que de pizzas y rompecabezas saben un rato largo más que yo, en algún momento me recomendaron cuando visitara un restaurante nuevo para saber si la cocina del sitio es de valer la pena, ordenara la pizza más sencilla: la Margherita. Esta pizza, que hasta la fecha sigue siendo mi favorita, tiene para variar también el nombre de una flor. Por lo tanto, les recomiendo ampliamente si en algún momento se encuentran extraviados por la ciudad de Florencia, acudir a la “Pizzeria La Luna” y ordenar una pizza Margherita, créanme que es en el paladar un milagro convertido en alimento.
            Florencia me regaló un racimo de flores varias que atesoro en lo más profundo de mi corazón: la flor de lis en su escudo, Santa María de las flores en su Iglesia, la margarita en su pizza, y esa hermosa rosa mexicana en la persona de mi hermana. De Florencia esas flores atesoro y un ramo con todas ellas a la vida le habré de regresar: rosas, lirios, margaritas… y no te olvides de los geranios.

Roberto Rojo Alvarez
@rojoroberto

viernes, 1 de junio de 2012

CARNITAS Y BOTANAS "EL SAUCE"

            “Desde Navolato vengo”, canta la primera frase del que históricamente ha sido el segundo himno de mis congéneres y posiblemente una de las canciones más populares de México: El Sinaloense. Que como dato curioso les cuento que esta canción, cuando en el año de 1998 tuve la fortuna de trabajar con el mariachi “Aguilas de Plata” en la Ciudad de México, fue la única pieza que pidieron en la totalidad de los eventos para los cuales fuimos contratados.
            Por esta razón de origen geográfico y folclórico, Navolato ha sido una población con la que he estado en contacto desde mi primera infancia, y lo mismo supongo que le sucede a la mayoría de los culiacanenses de mi generación que cuando de niños acudíamos a la bahía de Altata, a falta del actual libramiento teníamos qué cruzar la ciudad entera por la calle Almada, desde el Ingenio hasta la salida al Limoncito.
            Pasó el tiempo, y mis sutiles vínculos con Navolato continuaron en la preparatoria donde coincidí con varios compañeros que venían a estudiar a la ciudad de Culiacán. Pero mi vida tomó otros rumbos cuando después de haber estado durante años dando tumbos con mi eterno historial de mal estudiante, decidí trasladarme al Distrito Federal a “estudiar” al Conservatorio Nacional de Música del Instituto Nacional de Bellas Artes.
            Todavía recuerdo esa nublada mañana de verano del 96 cuando con mi mochila cargada de ilusiones y pentagramas me encaminé al histórico recinto creación del arquitecto Mario Pani, a hacer fila para obtener una ficha de inscripción en un año en el que por razones más políticas que artísticas, de novecientos solicitantes únicamente ingresamos trece. Cuando llegué a aquel gran edificio donde habría de estudiar por los siguientes siete años de mi vida rodeado de grandes artistas y profesores que bajo su tutela estuvieron figuras como el maestro Plácido Domingo, a la primera persona que conocí justo en el umbral de la reja blanca de la entrada ubicada en la calle Presidente Masaryk, fue ni más ni menos que a José Manuel Chu de Navolato, Sinaloa.
            Unos meses después de haber llegado a la Ciudad de México y haber vivido en casa de unos queridos tíos, tuve la oportunidad de solicitar mi ingreso a una residencia con capacidad para noventa estudiantes donde habría de habitar por los siguientes cinco años y tres meses de mi vida. Esta fue la Residencia Universitaria Panamericana, cuya administración y tutela estuvo a cargo del Opus Dei durante poco más de cincuenta años, en cuyas habitaciones vivieron en su época estudiantil figuras de la política como el señor César Nava y el hoy candidato presidencial Enrique Peña Nieto. Tristemente la Residencia este año cierra sus puertas para migrar a un edificio con menos de la mitad de su capacidad.
            En aquel momento iba con toda la emoción que le da a un joven tener la oportunidad de convivir con estudiantes de todo el país, además de extranjeros de cuando menos tres continentes. Para mi sorpresa había un dato curioso en la Residencia, y es que su mayoría de habitantes per capita la conformaba un par de estudiantes con quienes hasta el día de hoy mantengo comunicación: el exitoso basquetbolista del Club Caballeros, Froylán verdugo, y el Director General de las preparatorias Cedros en la Ciudad de México, Vicente Amador. Ambos, por supuesto, del mismísimo Navolato, Sinaloa.
            Tiempo después la vida me dio la oportunidad de irme a trabajar por un tiempo al viejo continente el año 2003, específicamente en la bella ciudad de Florencia. Ahí conocí a mucha gente, sobre todo estudiantes de arquitectura de toda Italia y el mundo que por tradición se trasladan a beber su cultura y su inigualable belleza arquitectónica, además de la enorme comunidad de mexicanos que no los evitas mientras estés en cualquier punto del orbe. Como tenía cada semana algunos días libres y solvencia económica suficiente para echar modestos viajecitos de vez en vez, en una ocasión decidí apartarme de lo mundano y cotidiano que me resultaba Florencia para ese momento, y decidí viajar a París. Me sentía como en otro planeta caminando con mi chamarra larga (de cinco euros) por los hermosos Campos Elíseos y sentía que mis pies no tocaban el suelo. Pero por algo recita el verso popular “el mundo es un pañuelo”. No había terminado de caminar por la acera norte de aquella famosa avenida ni mis pies terminaban de llegar al suelo, y estando a escasos trescientos metros del Arco del Triunfo, de pronto vi de frente en los mismísimos Champs Elysees en vivo y a todo color ni más ni menos que al Humberto Plata, por supuesto, de Navolato, Sinaloa.
            La vida me trajo de vuelta a mi natal Culiacán, y del año 2006 al 2010 tuve las riendas de un grupo de jóvenes talentosos en un proyecto radiofónico que ya es historia, pero dejó grandes amigos y proyectos. Ahí conocí a la mejor voz, la mejor amiga, la mejor madre y la mejor esposa: la mía. Ella es Amparo García y es, por supuesto, de Navolato, Sinaloa.
            Fue gracias a ella y a la que hoy es mi adorada familia política que tuve la fortuna de conocer un lugar donde se comen las mejores carnitas del noroeste del estado. Las “Carnitas y Botanas El Sauce”, propiedad del Sr. Everardo Godoy, es un sitio donde vale la pena hacer escala si se va de paso a las playas de Isla Cortés o a la bahía de Altata. El establecimiento se encuentra ubicado en la carretera Navolato – Altata, justo a la salida de la cabecera municipal, y es atendido amablemente por sus hijos y demás trabajadores locales. Estas carnitas en caldo al puro estilo navolatense son de la mejor calidad, y acompañadas de sus tortillas recién hechas y su bebida bien fría, valen la pena el viaje a Navolato.
            Tómenlo muy en cuenta si una mañana se encuentran sufriendo por los estragos de la resaca del champagne y van rumbo a las costas de nuestro hermoso estado. Hagan una escala en Carnitas y Botanas “El Sauce” y curen todos sus males y los males del corazón, que siempre con pan son menos.
            A mí el destino irremediablemente me trajo (una y otra vez) hasta estas tierras, y no me queda más que disfrutar y cantar “Desde Navolato vengo…” y por el resto de mi vida, a Navolato iré.

Roberto Rojo Alvarez
@rojoroberto

martes, 1 de mayo de 2012

TRATTORIA DELLA CASA NUOVA

            Como seguramente a muchos de ustedes les sucederá incontables veces por motivos de trabajo o de esparcimiento, estaba en ese entonces de pasadita por la majestuosa y siempre rica Ciudad de México. Cabe mencionar que en esta gran metrópoli siempre se está de pasadita, ya sea cuando se va por unas horas como cuando se vive ahí por siete años como lo fue en una bella etapa de la vida de su amable escritor.
            Se conjugaron dos factores que concluyeron en la visita a uno de los mejores restaurantes de México. El primero fue que en esa ocasión iba yo acompañado de una señora que merece todos los lujos y placeres que el ser humano ha sido capaz de inventar, mi sacrosanta madre. El segundo fue que nos dirigíamos rumbo a la ciudad de Cuernavaca a intentar resolver una situación familiar que a la postre nos ha dado incontables lecciones de vida.
            Por tales motivos, decidí acudir a un sitio en el sur de la ciudad al que solía asistir en mis épocas de estudiante en el Distrito Federal que en aquel entonces llevaba por nombre Le Petit Cluny.  Este fabuloso sitio de elegancia sobria y exquisito sazón ahora lleva el nombre de Trattoria della Casa Nuova, y su visita es obligada.
            Recuerdo que en esa que fue mi primera visita al nuevo establecimiento, a tan sólo unos metros de su restaurante antecesor, a pesar de cierta carga emocional que nos acompañaba por aquellas  fechas, tuvimos la oportunidad de deleitarnos con un delicioso desayuno que nos hizo recordar por qué la comida es uno de los más grandes placeres de la vida.
            La Trattoria della Casa Nuova se encuentra por la Avenida de La Paz No. 40, en San Ángel, y ahí puedes degustar deliciosos alimentos al puro estilo italiano, en un ambiente casual, además de su deliciosa tienda delicatessen ubicada justo en la entrada del restaurante. Es simplemente el mejor lugar para desayunar en el sur de la Ciudad de México. Les recomiendo mucho el desayuno Petit Cluny, su pan dulce que es algo caro pero vale cada centavo, su chocolate caliente, y si van en un horario cercano al mediodía, no dejen de probar su deliciosa pizza de alcachofa con aceitunas negras, además de sus postres que no tienen desperdicio.
            No fue la única vez que he visitado la Trattoria della Casa Nuova, pero sí la más importante sin duda alguna. Iba acompañado de mi madre, que cuando no me acompaña físicamente me acompaña en mi pensamiento y en mi corazón. En este mes de mayo aprovechen para llevar a su señora madre a este delicioso lugar. Me lo van a agradecer, pero más se los va a agradecer ella a ustedes.
            Este artículo sirva para hacer una entera recomendación de la Trattoria della Casa Nuova en la Ciudad de México, y un muy merecido homenaje a mi madre en este el mes en que se celebra su día y el de todas las madres de México y el mundo.
Roberto Rojo Alvarez
@rojoroberto

domingo, 1 de abril de 2012

LA BÓVEDA DE LA ISLA

            Trascurría el año 2008, cuando todavía no llegaba la crisis global y mi soltería me brindaba la posibilidad de tener una pequeña cuenta de ahorros, misma que se vaciaba cada vez que había algún buen concierto en alguna ciudad a no más de dos mil quinientos veinticinco kilómetros de distancia de mi natal Culiacán.
            El primer semestre de ese año mi agenda rocanrolera estaba completamente vacía, y mi tarjeta de millas de conocida aerolínea destruyerrascacielos rebosaba en puntos. Aunado a esto, mi primo Luis Manuel se encontraba viviendo en una pequeña y linda ciudad de nombre Dammarie-lès-Lys ubicada en las afueras de París.
            Una vez conjugados todos estos elementos y venciendo mis ímpetus hogareños, tomé la decisión de pasar una relajada Semana de Pascua consintiendo a mi primo Luisín en París. Fue con él que visité Le Caveau de l’Isle, uno de los mejores restaurantes en los que he comido alrededor del orbe.
            Él era maestro de español en una preparatoria de aquella linda comuna a orillas del río Sena, y compartía su departamento con una jovencita alemana de nombre Anja que a su vez daba clases de alemán a los post-pubertos de la misma institución. Su relación de roomies era como la de un viejo matrimonio: ligeros pleitos eventuales y sin goce de mieles.
            Aquella fue una semana muy divertida. Recordé viejos sitios (tomando en cuenta que casi todos los sitios de París son viejos), y deambulé sólo todas las mañanas debido a que mi primo solamente estaba disponible por las tardes. Entre los planes de la semana visitaría dos museos que no conocía, una ópera en el Teatro de Ópera Garnier, y tenía en mente una cena de lujo en algún sitio caro. Mi primera intención era reservar en el restaurante Jules Verne ubicado en la parte más alta de la torre Eiffel, que aunque no es distinguido por su arte culinario, tiene un caché y una vista envidiable. El primer día de espacio disponible para reservar era después de mi fecha de partida, de tal modo que acudí a los especialistas en la materia para que me recomendaran entonces no el más bello sino el mejor restaurante de París. Entre la lista que me dieron apareció un sitio ubicado en la isla de Saint-Louis en donde jamás había puesto un pie, razón por la cual decidí reservar en ese lugar.
            Le Caveau de l’Isle es un restaurante de alta cocina tradicional francesa situado al sur de la isla de San Luis, en el corazón de París. Y como sucede con los mejores sitios europeos que son pequeños, elegantes y sobrios, este no es la excepción. De entrada pedí un foie gras en salsa picante de higo, con unos enormes granos de sal de mar encima, que nomás de recordarlo se me pone la piel de gallina de la emoción. Como plato fuerte pedí un filete de pato en salsa de miel que además de estar delicioso, como guarnición tenía el mejor ratatouille que he probado jamás. De postre me sirvieron un crème brulée al limón cuyo sonido al insertar la primera cucharada en su gruesa capa es música para mis oídos. Y de tomar nos sirvieron un vino beaujolais de la casa de muy buena calidad.
            El restaurante en sí es caro pero no intocable. No como la cerveza Carlsberg que en ese mismo viaje pedí en el bar La Vue del hotel Concodre La Fayette cuyo precio de 19 Euros terminaron con mis ganas de seguir bebiendo, no sé por qué. Tal vez por hacer caso omiso a mi filosofía viajera de “el que convierte no se divierte”.
            Es evidente que recomiendo ampliamente el restaurante Le Caveau de l’Isle cuando tengan oportunidad de estar por la ciudad de París. Aquella ocasión tuve el agrado de ir con mi queridísimo primer primo varón de familia materna, cuya compañía siempre es grata, enriquecedora y divertida. Dios mediante espero estar ahí de vuelta muy pronto pero ahora con el amor de mi vida, mi amada esposa.

Roberto Rojo Alvarez

jueves, 1 de diciembre de 2011

UNA NAVIDAD DE LA BURGER

            Llegamos al tan esperado momento del año en el que el mundo (occidental) por entero se viste de blanco y rojo, llenan de escarcha ventanas de casas y oficinas, adornan con renos y trineos los espacios al aire libre, saturan las tarjetas de juguetes que hacen alusión a un mundo lleno de nieve, y cuando sale uno a las calles de nuestro bello Sinaloa estamos a por lo menos treinta y cinco grados centígrados.
            Ese es el primer shock en el cual incurrimos en nuestra temporada navideña. Otro es uno con el que venimos cargando desde la infancia, debido a la lucha cuerpo a cuerpo y cara a cara que nuestros abuelos enfrentan contra la fortísima mercadotecnia norteamericana: El Niño Dios vs. Santa Claus.
            Llega incluso un momento de nuestra niñez en el que nuestra confusión es grande. Ya no sabemos si el Niño Dios entra por la chimenea, o en qué parte de la pastorela va a salir Santa. Si dirigimos la carta a un recién nacido que difícilmente sabrá leer o a un viejo barbón que con sus lentes muestra un poco más de intelecto. Si el pino de Navidad es parte del Nacimiento (el Belén, en España) o si uno de los Reyes Magos viene montado en Rodolfo el Reno y no llegará con nuestros regalos sino hasta enero. Y pensar que a nosotros lo único que nos importa son los juguetes esos que nos anunció Chabelo cada domingo desde septiembre en su programa En Familia.
            Cómo y donde quiera que sea, estas son fechas óptimas para pasar al lado de la familia, muchas veces fingiendo que hace frío cuando en realidad terminamos despojándonos de todas aquellas lindas prendas invernales que adquirimos para usar escasas tres veces en la vida: Cuando nos las medimos, cuando las presumimos, y cuando las llevamos a un sitio en el que invariablemente las habremos de extraviar dejándolas colgadas en algún perchero porque, aunque nos cueste creerlo, este año tampoco hará frío en nuestra tierra.
            Hay gente que corre con una suerte distinta a la de las mayorías, no sé si mejor o peor que la nuestra, pero que tienen la capacidad de decidir a qué lugar del mundo trasladarse para pasar sus vacaciones decembrinas. Para estos fines no hay un mejor lugar y que reúna más clichés alusivos a la Navidad que la hermosa ciudad estadounidense de Nueva York.
            En la isla de Manhattan están los iconos navideños más famosos del mundo. Tenemos el famoso pino de Navidad del Rockefeller Center con su pista de patinaje debajo, el nevado Central Park con sus lagos congelados donde también se patina sobre hielo, el Madison Square Garden con “algo” On Ice, la inigualable decoración navideña de la mundialmente famosa Quinta Avenida, y las múltiples caras de Times Square que es a donde acuden miles de personas el último día de diciembre para despedir la Navidad y dar la bienvenida al año nuevo.
            Pues este artículo será útil precisamente para todas aquellas personas que tendrán la fortuna de andar por allá en esta Navidad. Existe un pequeño sitio que está ranqueado como el restorán con la segunda mejor hamburguesa del mundo, y según nos comenta el propietario la razón por la que no lo nombran como el primero es porque el otro sitio le debe su respeto a la firma McDonald’s que es la cadena de restaurantes más famosa del mundo.
            Este fabuloso sitio es Joint Burger, y por nada del mundo se lo pueden perder. Es un diminuto local escondido (y no es sentido figurado) dentro del hotel Le Parker Meridien ubicado en el número 119  de la West 56th Street, a escasas dos cuadras de Central Park. A un lado de las salas del lobby del hotel y detrás de unas enormes cortinas color rojo que bajan desde su techo de triple altura, está la entrada a este restaurante donde comer una hamburguesa con papas se vuelve lo menos cotidiano del mundo y se convierte en una experiencia que jamás en la vida olvidarás. Y no exagero al decirles que una de las razones por las que a pesar de su escondite mucha gente da con su paradero es porque las filas para realizar el pedido algunas veces salen hasta las puertas del exclusivo hotel.
            Si van a New York City esta Navidad, es obligado ir a tomarse una linda fotografía en cada uno de los sitios antes mencionados. Mi recomendación es que no dejen de ir a probar una hamburguesa del Joint Burger, porque en sí misma vale la pena el viaje completo a Nueva York.

Roberto Rojo Alvarez

martes, 1 de noviembre de 2011

QUÉ NICE WOK

            En el año de 1996 tuve la fortuna de vivir en una de las ciudades más pujantes de nuestro país, que 15 años después se encuentra desafortunadamente en una crisis de gobernabilidad capaz de alertar a toda una nación. Este maravilloso lugar es la famosa Sultana del Norte.
            Fue un año en el que aprendí a conocer a su gente y su estilo de vida que es una delicada mezcla entre el trabajo arduo y la apariencia social, entre su acentuada religiosidad y sus apetitos banales. Esto da como resultado una sociedad unida de gente trabajadora que ha llevado a la ciudad de Monterrey a estar entre las más hermosas y desarrolladas de nuestro país.
            Entre esta gran ciudad y nuestro bello estado no hay muchos vínculos. Ellos son meramente industriales mientras nosotros nos dedicamos casi por entero a la agricultura y la ganadería. Pero existe en el ámbito académico un vínculo de fuerte tradición que es la enorme cantidad de estudiantes sinaloenses que cada año, como lo hice yo en aquel entonces, se trasladan a estudiar al Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey.
            A muy pocas cuadras de esta institución educativa sobre la calle Junco de la Vega 411 está la Plaza Altavista, donde se encuentra un delicioso sitio para comer, como su slogan lo indica, fresca y saludable comida oriental. Su nombre es Nice Wok y cualquier cosa que prueben en este pequeño restaurante es una delicia.
            Es admirable que a pesar de los infortunios por los que pasan los regiomontanos hoy en día, existan jóvenes emprendedores que estén dispuestos a abrir mercado con negocios de calidad como Nice Wok. Es el caso de este par de hermanos, Claudia y Rodolfo, quienes se lanzaron a competir con la seguridad de tener un producto de la más alta calidad, a un precio accesible y un establecimiento decorado con muy buen gusto. Ella es poseedora de una belleza e inteligencia fuera de serie, él cuenta con la destreza y el don de gentes. Juntos han logrado crear un concepto que tiene todo el potencial para ser una gran franquicia en un corto plazo.
            Lo primero que debes hacer al llegar es seleccionar el tamaño de tu wok, escoges algún tipo de noodle como base ya sea de huevo, trigo, arroz o vegetales. Luego tienes para escoger carne de pollo, res y/o camarón. Seleccionas tus verduras, y viene el toque final que son estas deliciosas salsas de teriyaki, kung pao, pad thai, horange teri, agridulce, o teriyaki chipotle, que hacen de Nice Wok una experiencia única.
            Si vas en viaje de negocios o de placer a la ciudad de Monterrey y te encuentras cerca de la Zona Tec, te recomiendo ampliamente visitar Nice Wok. Si estudias por allá y tienes la suerte de escaparte de una clase, ve inmediatamente a deleitarte. Y si eres una de las personas más afortunadas del mundo y tienes la dicha de ser atendido por alguno de sus propietarios, como lo fue en mi caso, no dejes de felicitarlos por este magnífico negocio que acaba de nacer. Te aseguro que una vez que termines de degustar tu platillo sólo podrás exclamar ¡Qué nice wok!
            A la distancia me pregunto ¿qué hacía un músico, escritor, locutor, empresario y actual funcionario público estudiando Ingeniería Civil en el ITESM? Simplemente fue la manera en que Dios me puso en la ciudad de Monterrey para estar cerca de mi tía Nena en ese que fue su último año de vida terrenal.

Roberto Rojo Alvarez

sábado, 1 de octubre de 2011

BURRITOS DE REGRESO DE NUEVA YORK

            Era el año 2008, y mi más grande preocupación vigente en ese entonces era acudir a la Final Season del Yankees Stadium. El emblemático estadio sería derrumbado para albergar el estacionamiento de la nueva casa de los Yankees que se encuentra hoy simplemente al cruzar la calle. Por tal motivo, Estrellita procedió a comprar 16 boletos de gayola por el módico precio de USD$120.00 sin contemplar que nuestra nuca estaría a escaso medio metro de la techumbre más alta del estadio. Por supuesto, valió la pena.
            Acto seguido, llenamos tres camionetas Suburban y tomamos camino rumbo al norte. Dos de los vehículos llevaban personas mayores, mujeres y niños. El último, bajo mi comando, iba lleno de jóvenes del género masculino cuya testosterona se desbordaba por las ventanas. A causa de este pequeñísimo detalle, fuimos objeto de revisión en absolutamente todos los retenes y aduanas que cruzamos de ida y vuelta, mientras los otros dos automóviles nos esperaban delante burlándose y sin haber sido molestados. A la postre fuimos los de “la camioneta de los malandros”.
            El primer tramo fue desde Culiacán hasta Phoenix. Llegamos muy cansados a un lindo hotel cuya única importancia era que estaba ubicado cerca del aeropuerto del cual saldríamos rumbo a la ciudad de Nueva York al siguiente día muy de mañana. Nos distribuimos cómodamente en alrededor de entre 6 y 7 habitaciones y nos dispusimos a pasar una descansada y placentera noche para estar en buenas condiciones al día siguiente. Pero aproximadamente a las dos de la mañana se activó la alarma contra incendios del hotel en cuestión. Si hubiésemos estado en un hotel nacional, habríamos gritado “cácaro” y recostados esperaríamos a que alguien apagara la maldita alarma. Pero estábamos en los Estados Unidos y por tanto, ahí nos tienen a todos en pijamas parados en el estacionamiento del hotel esperando a que llegaran los bomberos en su inmenso camión únicamente para después de dos horas verificar que había sido una falla humana, es decir, que alguien activó sin querer queriendo la alarma contra incendios. Al día siguiente estábamos todos en el aeropuerto convertidos en piltrafas humanas. El mal ya estaba hecho.
            Finalmente llegamos a New York City, no sin antes sobrevolar alrededor de un lago durante dos horas debido a que el aeropuerto JFK al parecer estaba saturado. No obstante esos pequeños contratiempos, fueron unos días maravillosos en compañía de gente con una alegría y una franqueza que hacen de cualquier viaje, ya sea a la Gran Manzana o a Palmitas, una verdadera delicia. Luego de varios días, algunos museos, turibuses, diversas caminatas y un par de musicales de Broadway, nuestro cometido se llevó a cabo y pasamos una espléndida tarde en el antiguo estadio de los Yankees. Del resultado del partido no me acuerdo, pero de mi memoria jamás se borrará el haber escuchado a todo volumen al final del juego el gran éxito del difunto Frank Sinatra a la voz de “Start spreading the news…”. Un sueño más se había cumplido.
            De regreso estuvimos un par de días en Phoenix para hacer las compras finales. Las absurdas compras finales que puedan llegar a hacer que alguien compre un palo de golf sin haber jugado jamás un solo par. Una vez satisfechas las adquisiciones de nuestras necesidades básicas y uno que otro regalito, tomamos camino de regreso hasta llegar a dormir a Hermosillo. Al día siguiente nos levantamos muy temprano para llegar a desayunar a Cd. Obregón a un lugar que les prometí sería inolvidable. Créanme que no me quedo corto si les digo que gracias a ese desayuno nuestro viaje cerró con broche de oro.
            En la calle Allende No. 413 del Centro de Ciudad Obregón, Sonora, se encuentra un establecimiento donde venden los mejores tacos de cabeza del mundo. A ese delicioso lugar llegamos precisamente a quitarnos de la boca el sabor a hamburguesa y adentrarnos en lo mejor del arte culinario nacional con esos deliciosos tacos acompañados por un sinfín de salsas estilo casero y tortillas recién hechas. Los Tacos y Burritos Allende son muy famosos y no es para menos. No necesariamente tienen qué hacer el viaje hasta NYC para llegar de regreso a desayunar en esa taquería. Igual si van de pasadita también los atienden. Lo que sí les digo es que ir acompañado de la gran familia Aguilar, no tiene desperdicio.
            Es poco probable que vuelva a estar en la Final Season del nuevo Yankees Stadium. También se ve remota la posibilidad de otro viaje grupal tan entrañable y divertido. Lo que sí pueden tener por seguro es que a los Tacos y Burritos Allende habré de volver una y otra vez. Fue en agosto cuando emprendimos ese viaje, pero es a Julio a quien debo mi agradecimiento.

Roberto Rojo Alvarez

jueves, 1 de septiembre de 2011

EL BBQ AL ESTILO CULEBRO

            Había vivido engañado. Toda una vida pensando que en los Estados Unidos de América no se podía vivir sino mal, que el enorme estado de Texas solamente había pertenecido a México, que la ciudad de Houston estaba asentada sobre un árido desierto, y que el Barbecue era una salsa café más bien malita que poco se vende en los supermercados transnacionales que hay en mi país. La familia Culebro y su infinita hospitalidad se encargaron de sacarme del error.
            Desde la infancia recuerdo a mi familia haciendo críticas en contra de la república imperial. Tenían la idea de que su juventud era drogadicta y carente de valores, su sociedad enteramente materialista y sus creencias religiosas minadas en su totalidad. Confieso que en el transcurso de los años mis dudas sobre estas críticas disminuyeron únicamente de manera parcial y que sigo pensando que en cierta medida la razón los asiste. Para mi fortuna tuve el gusto de convivir con los Culebro. Ellos formaron una familia unida, sentada en las más sólidas bases religiosas, con valores y raíces muy arraigadas, con unos maravillosos hijos ya profesionistas, y todo esto lo lograron en los Estados Unidos.
            Al estado de Texas nos lo han pintado siempre como si se lo hubieran traído íntegro desde el desierto del Sahara y se lo hubieran robado a México después de una cruenta guerra, y hoy me entero de que el territorio de Tejas en su momento fue reclamado por al menos seis países. De ahí deriva el término “seis banderas de Texas”. Yo además pensaba que los Estados Unidos para hacerlo propio solamente le habían agregado algunas torres de esas que sacan harto petróleo, esporádicas cactáceas adornando el panorama, y le pusieron a unos rancheros güeros muy gritones. Y resulta que en su enormidad existe desierto, pero también hay bastos bosques y lindas playas. La ciudad de Houston se encuentra justo entre estos dos hermosos escenarios, y confieso que me pareció un sitio perfecto para vivir. Es una ciudad que ofrece muchas oportunidades a la gente de bien que trabaja con energía por su familia y su comunidad.
            Sin embargo, mi mayor sorpresa vino cuando me hablaron del Barbecue. La traducción que más se aproxima a esta palabra es “parrillada”, aunque en México es más común que la asociemos con la tradicional barbacoa. Para mí solo existían dos tipos de barbacoa: la que se sirve en las bodas populares sinaloenses acompañada de frijoles puercos y sopa fría (la combinación de la sopa fría en ese platillo es algo que jamás comprenderé, pero esa es otra historia), y la delicia que se prepara en el estado de Hidalgo, sobre todo en casa de mi amigo Fernandote en la maravillosa comunidad de Mangas, pueblo cuyas llaves merezco y todavía no me han dado.
Todo cambió cuando en compañía de la familia Culebro fuimos al restaurante Carl’s BBQ de Cypress, Texas, cuyo lema es “The Best Bar-B-Que In The Business!”. En este sitio se preparan asados de todo tipo de carnes y se come reviviendo nuestros más básicos instintos depredadores, es decir, a mano limpia. El barbecue en Houston es una tradición, y si se tiene la oportunidad de pasar por estas tierras no deben de perdérselo. Yo de manera particular les recomiendo mucho este sitio que además de un decorado totalmente ad hoc, muy buen servicio y precios accesibles, tiene unos panecillos de elote fabulosos y un ambiente al más puro estilo tejano.
De Texas conocía el sombrero Stetson Paradise 20X de mi padre, un par de aeropuertos, el puñado de cuentos hollywoodenses, una histórica frase alusiva a un problema en el espacio sideral, y la inverosímil crónica de un magnicidio ejecutado por un asesino solitario. Los Culebro me sacaron de mi engaño y me dieron la oportunidad conocer la hermosa ciudad de Houston, sus alrededores, y además de deleitarme con su inigualable Barbecue.
Muchos tendrán la suerte de ir a Houston, pero pocos tenemos la fortuna de ser atendidos por la familia Culebro. Para curar ese pesar, vayan a Carl’s BBQ.

Roberto Rojo Alvarez

lunes, 1 de agosto de 2011

PARECE QUE FUE AYER

           De eso hace ya veinte años. Fue el verano de 1991 cuando emprendimos aquel inolvidable viaje familiar que culminara en la Muy Noble Ciudad de Zacatecas, como la llamó Don Felipe II de España, y que cerrara con broche de oro en ese sencillo pero delicioso restaurante de comida típica de la región de nombre “El Mesón de la Mina”.
La excusa vino por parte de la familia Covarrubias ya que tendría lugar el histórico eclipse total de sol del 11 de julio de aquel año y éste pasaría por su hermoso pueblo natal nayarita Valle de Banderas.
            Llegamos a casa de Doña Elena, madre del anfitrión. No con mucho agrado pero sí con bastante ahínco nos recibió el tío Jorge, intelectual y maestro de la Universidad de Jalisco en Puerto Vallarta, quien con unas copitas encima esperó el momento justo en que cruzáramos el umbral de aquella residencia para hacer sonar a todo volumen la canción La Aristocracia del Barrio de su disco de acetato de Joan Manuel Serrat. Por razones concerniente a sus particulares ideas y/o complejos nos espetó esta canción por no menos de diez veces, al tiempo que nos mandaba “con todo respeto” a freír espárragos (por decirlo bajito). Con todo y la refrescada, en menos de quince minutos estábamos mi padre, Jorge y yo sentados en una mesa compartiendo unas Coronitas, escuchando el resto del disco de Serrat, y en un diálogo enriquecedor que recuerdo con mucho gusto. Encontré con Jorge muchos puntos de confluencia y me dijo una frase a manera de consejo que al día de hoy recuerdo textualmente: “No estudies por dinero. Estudia por el placer del conocimiento.”. A mi padre, hombre pragmático de mitad del siglo XX, no le hizo mucha gracia su consejo, sobre todo considerando la posibilidad de que su hijo se quedara únicamente con las primeras dos palabras de la frase.
            Después del impresionante eclipse total de sol, que desobedeciendo todos los cánones sociales y advertencias de la ciencia vimos directamente y sin protección ocular sin quedar ciego alguno de los 17 invitados, nos fuimos unos días a Puerto Vallarta a casa del tío Pilón, quien poseía para sus días de desenfado una envidiable mansión empotrada en un hermoso acantilado cubierto por la selva tropical de aquella zona. Este señor nos contó un cúmulo de historias fascinantes de su vida. La que más recuerdo es de cuando de la mano de su hija y con una mochila en el hombro recorrió en una semana media república mexicana de aventón, simplemente estirando el brazo a ver quién se detenía, y dejándose llevar al destino que su conductor se dirigiera. ¡Qué imposible resulta en estas épocas imaginar siquiera una aventura de esta naturaleza!
Después de ahí pasamos por Manzanillo, Cd. Guzmán con los Melo, Guadalajara y Michoacán. En Uruapan pernoctamos un día antes de mi cumpleaños, y por la noche salimos a caminar mi hermana y yo. Probamos un abominable atole color azul que se vendía en la calle como pan caliente. Creo que ni ella ni yo pudimos sorber más de un trago, pero entró al quite mi señor padre que acabó con los dos vasos en un santiamén.
El día de mi cumpleaños número 16 terminó la angustia con la que venía cargando en aquel viaje. Resulta ser que a principios de aquel año escolar que culminaba, en un arranque de ira mi padre decidió inscribirme “de castigo” en una escuela pública. Sin ánimo alguno de criticar su decisión, le salió el tiro por la culata. Después de haber estudiado durante 12 años en colegio de monjas me pusieron en una preparatoria popular. Al fin pude probar las mieles de la libertad. Además de riñas, aventuras, novias y rock & roll, hice grandes amigos que conservo hasta el día de hoy. De esa preparatoria me expulsaron en un año la poco despreciable cantidad de 5 veces, cuatro de las cuales a causa de las influencias políticas que mi padre ostentaba en aquellos momentos, los Directivos de la institución se habían visto obligados a aceptar mi reincorporación inmediata. No lo fue así la quinta y última vez cuando el Director me citó para tener una plática frontal donde al puro estilo de Vito Corleone me hizo una oferta que no podía rechazar. Me solicitó, “de hombre a hombre”, considerar su oferta. Él no me volvería a expulsar a cambio de que yo me las arreglara con mi señor padre para no volver al año siguiente… Tuve qué aceptar.
Con esta angustia transcurría mi viaje, esperando el momento apropiado para proponerle a mi progenitor un cambio de institución educativa. Pero Dios que es bueno y misericordioso iluminó a mi padre y justo el día de mi cumpleaños, de su ronco pecho salió la propuesta de cambiar mi preparatoria para el siguiente ciclo.
Con un vagón de tren menos sobre mi espalda, el viaje continuó rumbo a Guanajuato, Aguascalientes y finalmente a Zacatecas, donde una vez liberada la razón de mi angustia culminamos con una deliciosa comida típica en el restaurante “El Mesón de la Mina”. Un sitio ubicado en la calle Juárez número 15, en el centro de la histórica capital. Es Zacatecas una ciudad que ningún mexicano puede dejar de visitar. Además de sus atractivos turísticos tales como el cerro de la Bufa y el museo de Guadalupe, tiene una Catedral de estilo barroco churrigueresco digna de cualquier ciudad europea. No dejen de considerarla, incluso como mi amigo Catemen, hasta para una luna de miel. Y si ya andan por ahí, no dejen de ir a comer una deliciosa comida a “El Mesón de la Mina”. Lo que se come ahí es la comida típica de cualquier hogar mexicano, y recuerdo haber probado un delicioso consomé de pollo, un buenísimo arroz típico, y una milanesa que solamente en la Lombardía podrían igualar.
Ya no están en esta tierra mi padre, ni Doña Elena, ni el tío Pilón, ni mi perra Blacky. Pero está todo ese mar de bellos recuerdos y esas pinceladas de aprendizaje que atesoro para beneficio de mi vida. Parece que fue ayer, pero de eso hace ya veinte años.

Roberto Rojo Alvarez

viernes, 1 de julio de 2011

CANGREJO (Y CUENTA) GIGANTE

            La vida transcurría y yo con ella. Hasta ese momento lo único deseable era tener un poco de salud para andar de pata de perro, ser lo atractivo suficiente tan solo para tener una chica a quién llamar de vez en vez, y unas monedas en la bolsa para comprar chocolate caliente y churros azucarados en Coyoacán. El resto se conseguía con un poco de ingenio y lo que no, existía únicamente en un mundo paralelo que poco importaba. Lo mismo me daba alimentarme con queso Oaxaca, tortillas azules y champiñones naturales de algún tianguis móvil, que una invitación a casa del Guaymitas cuando su mamá le enviaba carne de Sonora que él cocinaba siempre a la pimienta.
Igual de sencillo resultaba conseguir una invitación para asistir a alguna exposición de arte del Osho y sus compañeros de La Esmeralda que entrar gratis a cualquier función de ópera en Bellas Artes. Hasta que un buen día por un abuso de ingenio, cierto exceso de confianza y la muy poca vergüenza al posible escenario adverso, a Pilar y a mí nos corrieron del mismísimo Teatro de Bellas Artes. Lo tomamos por el lado amable, y una vez estando a escasos quince metros de la puerta desde donde los guardias de seguridad se cercioraban de que nos alejáramos del recinto, nos dimos la media vuelta, les gritamos “de mejores lugares nos han corrido”, y nos tiramos de risa.
Pero la semilla del orgullo había sido ya sembrada en nuestras almas, y en silencio comenzamos a envidiar a la gente pudiente a la que jamás corren de lugar alguno y mucho menos batallan para pagar sus cuentas. No como nosotros que íbamos a una taquería y a media cena de reojo contábamos moneditas en el bolsillo para después de un vago cálculo mental saber si nos encontrábamos en posibilidades de pedir un taco más, o si tendríamos qué compartir un solo refresco.
            Un buen día, ya con la plantita del orgullo mostrando sus primeros brotes y después de ver un programa en el Discovery Channel donde mencionaban los oficios más peligrosos del mundo entre los cuales aparecía la pesca del cangrejo gigante en Alaska, se nos ocurrió una magnífica idea. Nos preguntamos qué necesitaríamos hacer en nuestra condición de estudiantes foráneos para ahorrar lo suficiente y darnos un festín de esa envergadura. El cálculo nos arrojó datos poco alentadores pero que bien valían la pena: Cuatro meses de ahorro y un guardadito extra, por si acaso.
            Nos percatamos que en tres meses y medio a partir de esa fecha sería el vigésimo octavo aniversario del día de mi nacimiento y marcamos esa fecha como el Día D. Ahorramos pacientemente en un cochinito de madera al que jamás pusimos un nombre pero del cual nos encariñamos tanto que nos parecía digno de aparecer en la portada de un disco de Pink Floyd. Se llegó la fecha tan esperada y hoy les anuncio que este mes se cumplen ocho años de esa inolvidable comida en la que con conocimiento de causa y el convencimiento propio de un ser humano recién redimido, pronuncié una frase que me marcaría por el resto de mi vida: ¡Quiero ser rico!
            El ritual tuvo lugar en el prestigiado restaurante Fishers de Polanco, cuyo lema “Excelencia en mariscos” resulta cierto siempre y cuando tu presupuesto sea holgado.  En esa ocasión comenzamos pidiendo un cocktail de mariscos de nombre Vuelve a la Vida acompañado de un par de cervezas. Los mariscos estaban frescos y de buen sabor, aunque las porciones dejaban mucho qué desear.  Después entramos en materia y cumplimos la promesa de comer como si fuésemos un par de millonarios entregados a la gula. Como platillo fuerte Pilar ordenó un King Crab Chicago y una Langosta San Lucas, y yo un King Crab al Natural y una Langosta Rockefeller, para sentirme por un instante parte de la dinastía familiar estadounidense. Como postre es muy recomendable el Flan de Coco Horneado y las siempre infalibles Crepas de Cajeta.
            No importa que usted buen lector sea un costeñito pata salada y piense que en materia de alimentos del mar lo sabe todo. No pierda la oportunidad de visitar alguno de los restaurantes Fishers que existen en el centro de nuestra República. Probará un alimento preparado de una manera que posiblemente antes no conocía, y de ninguna manera se arrepentirá. Sólo espero que no se encuentre como yo en la necesidad de ahorrar durante tanto tiempo para darse ese gustito.
            De esa comida me queda el recuerdo de haber conquistado una meta que valió tanto la pena que hasta el día de hoy sigue estando ranqueada en el número uno de las mejores comidas de mi vida. Agradezco sobremanera a la alcahueta de Pilar que a punto estuvo de convencerme de llegar con las talegas de monedas a la puerta del restaurante, pero que no contaba con mi astucia de ir a feriarlas al banco unos días antes. Y gracias también a aquella circunstancia, hoy tengo la firme vocación por conocer los mejores sitios de comida alrededor del mundo.
            Pilar sigue haciendo sus pinturas y sus travesuras de este y del otro lado del planeta. Yo sigo en mi tierra luchando día a día por ser un hombre próspero y poder tener dentro de mi canasta básica un congelador repleto de langostas y cangrejos gigantes de Alaska. ¡Qué hermoso y frívolo deseo! Por mientras y para muy esporádicas ocasiones, existe el Fishers.

Roberto Rojo Alvarez

miércoles, 1 de junio de 2011

SAZONES DEL MAYAB

            Los caminos de la vida no son como yo pensaba, recita la sufrida letra del músico colombiano Omar Geles quien no obstante de ser un exitoso compositor de vallenato reconocido por todos los rincones del mundo, fue capaz de concebir esta famosa letra llena de dolor y del sentir del pueblo. Yo en lo particular sólo me quedo con la primera estrofa porque mi empatía es únicamente parcial.
            Resulta que soy un hombre con suerte, y la vida me llevó en un tiempo a tener la fortuna de ser parte del cuerpo directivo de una estación de radio pública que en su momento llegó a ser revolucionaria en el gremio a nivel nacional y la segunda en audiencia en la ciudad de Culiacán. Este cargo me dio la posibilidad de viajar y asistir a eventos culturales de toda índole gracias a mis habilidades para sonsacar a quien entonces era mi jefa inmediata, que en cuestiones de aumentar el acervo cultural y culinario es más fácil que la tabla del dos.
            Sin duda (muletilla de moda) los eventos más importantes en los que estuve fueron dos conciertos que ofreció el tenor español Plácido Domingo. Uno fue en el sitio arqueológico Chichén Itzá, y el otro en el Teatro del Pueblo en Durango. Fueron en fechas distintas, con distinta compañía, aunque en los dos coincidió un aguacero que a punto estuvo de cancelar ambos conciertos.
            Pero en este momento sólo me concierne ocuparme del primer evento. Quiero informarle a usted que si piensa que no existe un mejor pretexto para viajar a la ciudad de Mérida y el hermoso estado de Yucatán que asistir a un concierto de Plácido Domingo en Chichén Itzá con la pirámide Kukulcán de fondo, está enormemente equivocado.
            La mejor excusa para apersonarse en aquellas tierras está ubicada ni más ni menos que en el kilómetro 12.5 de la carretera Mérida-Cancún y se llama Hacienda Teya. No piense usted que es un simple lugar que sirve para hacer lindas fotografías. No. Es un espléndido sitio en donde se va y se come como un señor.
            Amanda fue mi pequeña jefa y es ahora mi gran amiga. Con ella fue con quien emprendí el viaje a la Blanca Mérida, cuyo adjetivo en mi infinita ignorancia pensé siempre que se debía a la predominancia de su color, y no. La llaman blanca por ser una ciudad que dentro de los confines mayas fue hecha para que sólo gente de raza blanca habitara en ella.
El pretexto para este viaje fue El Concierto de las Mil Columnas en el que cantó Plácido Domingo acompañado por la Orquesta Sinfónica de Yucatán y en cierto momento del recital también se hizo acompañar al piano por el maestro Armando Manzanero. En el concierto a mi derecha se encontraba Amanda, a mi izquierda y no tan cerca Rebeca De Alba, y frente a nosotros la representación de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. Detalles de poca relevancia.
            La cúspide del viaje fue esa visita a Hacienda Teya Restaurante, en donde tuve el gusto de conocer platillos que antes sólo le había escuchado saborearse a Carlos Loret De Mola, y créanme que ahora comprendo esas caras de borrego enamorado que pone cada vez que menciona las delicias de la cocina yucateca. Para comenzar pedimos una sopa de lima, que suena como a una simpleza pero que muestra el mismísimo paraíso a cada sorbo, y un arroz con plátano frito de rechupete. Después pedimos unos deliciosos papadzules que sabían a gloria, y un Poc-Chuc que ya no tengo sinónimos alusivos al cielo con qué describirlos. De postre pedimos un Manjar Blanco, que no es yucateco sino español pero que estaba preparado como Dios manda.
Además de todo, el lugar es por de más hermoso. Fuera de unos aplausos poco propios de los comensales cuando entró al restaurante el maestro Manzanero, y un mequetrefe uniformado de edecán que quiso realizar con nosotros un concurso para regalarnos una cerveza y al que corrimos inmediatamente de nuestra presencia con pulcra elegancia, todo fue muy agradable.
            Si algún día tienen la oportunidad de estar por tierras yucatecas, no pierdan la oportunidad de hacer una visita a Hacienda Teya. Es un bello sitio preparado para bodas, banquetes, congresos, convenciones y eventos sociales, que cuenta con un muy elegante y sobrio salón de fiestas, bellos jardines, y hasta una linda tienda de recuerdos regionales. Además de que se come como en pocos sitios del mundo.
            Tuve la fortuna de estar en esos lugares y en esos momentos acompañado de una persona que es fiel testigo del don de mi buena suerte. Aunque bien lo dijo Isaac Asimov citando a Louis Pasteur: “La suerte favorece sólo a la mente preparada.", y mi infinito agradecimiento me basta para afirmar que tan solo ese viaje es suficiente para decirle al señor Omar Geles: En efecto, maestro, los caminos de la vida tampoco son como yo pensaba. ¡Son mejores!

Roberto Rojo Alvarez

domingo, 1 de mayo de 2011

THAI IN AUSTRALIA

            Y que un buen día parpadeo y me encuentro trepado en un inmenso avión para cuyo boleto ahorré por diez y ocho meses con puras monedas doradas de diez pesos mexicanos en la alcancía de Barney que me regaló mi hermanita y que en tan solo diez y seis horas y media llegaría a su destino final: Sydney, Australia.
            El pretexto, la esperadísima boda del Guaymitas con la eminente ciudadana de Brisbane, Kate Brown. La misión, enamorar durante ese lapso a todas las australianas que nos fuera posible… Y, ¡ah, qué mal nos fue!
            Por razones atribuibles a la distancia, todos los invitados del novio tuvimos a bien apartar de nuestra agenda dos semanas, para poder así realizar holgadamente el viaje. La primer semana la dedicamos a las actividades propias del enlace nupcial. La segunda, cada quién agarró su rumbo.
Mi amigo Proto y yo decidimos acompañar a la pareja de esposos durante los primeros tres días de su Honey Moon, para después de eso tomar nuestro camino y entonces sí lanzarnos a la yugular de cuanta australiana malparada se nos atravesara en el andar.
            Al principio todo iba bien, con excepción del jet lag que de las dos semanas que estuve por allá, a mí me tomó aproximadamente 9 días en superarlo. Fuera de eso, gozamos sobremanera los festejos que durante 4 días se llevaron a cabo en torno al enlace de los novios. Tuve además el honor de tocar la guitarra y cantar acompañado por un grupo versátil la primer canción que bailaron como esposos: Wonderful Tonight, de Eric Clapton.
            Hasta ese momento yo era el mexicano artista con la voz melodiosa, pero la única que eventualmente me echaba ojitos era la mamá de la novia. Opté por pensar que las australianas son muy tímidas y que era cuestión de que fuera avanzando la noche para que las chicas se abalanzaran sobre mi indefensa humanidad.
Pasaron algunas horas y el grupo versátil australiano comenzó a tocar salsa, merengue y cumbia. Tomé inmediatamente del brazo a mi amiga la Hayek que es costeñita y bailadora, y dimos todo un espectáculo del buen arte del taconazo. Minutos después tenía yo literalmente a una fila de damas australianas en espera de que las enseñara a bailar. Entre ellas estaba una hermosura auténtica del quinto continente, cuyo nombre griego es el de una banda de rock mexicano, y a quien por sus grandes y bellas proporciones cariñosamente apodamos como la Tonka.
Enseñar a bailar rumba a una australiana es como intentar dormir a un búho arrullándolo. Pero eso poco importaba. Lo único que merecía mi atención en esos momentos era seguir recibiendo el cúmulo de piropos que la Tonka me propinaba entre vuelta y vuelta. Era una rubia despampanante de casi seis pies de altura, con unos ojos azules profundos, un hermoso rostro, un cuerpo espectacular y una tierna y bella sonrisa. Pero tenía un gran defecto: Un novio que medía como un metro más que ella y que además parecía modelo de Calvin Klein. Como era de esperarse, la breve sesión de baile llegó a su fin, la Tonka volvió a la mesa con su novio, y yo volví a buscar la mirada incesante de la suegra del Guaymitas que de momento era mi único aliciente.
Pasaron los festejos y llegó el momento en que Proto y yo, los en aquel entonces codiciados solteros culichis, nos dispusimos a seguir viajando solos por Australia y entonces sí, ¡sálvese quien pueda! El codiciado es un término que en automático se le agrega a un soltero, pero en realidad a nosotros dos en aquel viaje no nos codició ni el virus de la influenza australiana. Dicho en otras palabras, no agarramos ni gripa.
Pensamos que tal vez el problema era la locación y fue por eso que decidimos encaminarnos hacia la playa Bondi. Ahí sí veríamos cómo las australianas en bikini se preguntarían quién era ese par de latinos y de qué misteriosas tierras lejanas habrían llegado. Nos tiramos en la arena a ver pasar gente de todo tipo, porque en Australia surfean desde los niños hasta los viejitos. Para variar, me quedé dormido sobre una mochila en cosa de unos pocos minutos y curiosamente nada sucedió.
Decidimos entonces que deberíamos de irnos a otro sitio en donde no intimidásemos tanto a las chicas de aquellos lares y pudieran ver un lado más casual de nosotros. Fue entonces que nos metimos en el billard del Hotel Bondi y rentamos una mesa. Nuestra mente comenzó a imaginar cómo en breve llegarían dos australianas en un diminuto short de mezclilla a hacer con nosotros sus pininos en el arte de las carambolas. Pero pasó el tiempo, yo perdí todas las partidas, Proto perdió todas sus monedas en esa mesa de pool, y las australianas jamás llegaron.
            Fue hasta ese momento en que nos resignamos y tomamos la decisión más inteligente del viaje: Invertir nuestras últimas horas en Australia en buscar un buen restaurante y gozar de las delicias gastronómicas que era lo único que estaba en nuestras manos, y afortunadamente en nuestros bolsillos. Cabe mencionar que la comida de ese día está entre una de las mejores de mi vida.
            Comimos en un restaurante de nombre Mu Shu cuya especialidad era la comida tailandesa. Es un lindo sitio ubicado sobre la calle Campbell Parade que hace las veces de malecón en la famosa playa. Pedimos unas Money Bags, ensalada de salmón, pato rostizado al curry y un arroz frito de cangrejo. Degustamos de estos platillos con un buen vino mientras charlábamos sobre los acontecimientos del viaje, y mutuamente nos preguntábamos cual de nosotros dos sería el que traía la mala fortuna por el tan extraño hecho de no haber conocido en todo el viaje a nadie más que a los congéneres de los ahora esposos.
            Para darles respuesta queridos lectores a esta interrogante, sobra decirles que Proto se quedó un día más que yo en Australia, y precisamente en ese día se encontró caminando por la playa a la Tonka y a unas amigas suyas con quienes pasó el día y la noche siguiente.
            Si algún día andan por aquellos rumbos puedo anticiparles que la carne de canguro es muy mala, pero que el marisco es casi tan delicioso como el nuestro. Y que además del Mu Shu existen muchos restaurantes de cocina thai que no se pueden perder. Yo recordaré por siempre ese viaje, ese repele de mujeres que a Dios gracias no se ha vuelto a repetir, y esa comida que fue una de las exquisiteces que la vida me ha regalado junto a mi gran amigo el Proto, a quien podré invitar una y mil veces a comer, pero nunca jamás a ligar.

Roberto Rojo Alvarez

viernes, 1 de abril de 2011

EN DURANGO ME COMÍ LA TORTA

            Era mi amigo de toda la vida. Con él había compartido incontables horas de la infancia y la adolescencia. Desde pasar días enteros en el club, la primera vez que cruzamos el boulevard, estrenar el mundo de juguetes que le había amanecido en Navidad, hasta los primeros coches y las primeras novias.
            Con él conocí de arriba a abajo mi segunda tierra, Durango Capital. La recorrimos a pie, en bicicleta, en moto mientras yo me quedaba dormido manejando, y finalmente en un par de automóviles que no contaban con la tan mala suerte de ser nuestra escuelita particular de manejo.
            Tuvimos una amistad envidiable. Pocas veces hubo desacuerdos entre nosotros, nos gustaban niñas distintas, y su familia me acogió tan bien que la mía me nombró como “Roberto Godínez”, apellido de Pepito y no mío.
Sólo había un detalle suyo que me molestaba sobremanera, y era que cada vez que íbamos a comer a algún sitio yo terminaba en aproximadamente la quinta parte de tiempo que él. Es verdad que jamás he sido lento para comer, pero cuando lo hacía frente a él ponía mi máximo esfuerzo por no terminar tan pronto para evitar estar tanto tiempo esperándolo a que deglutiera sus alimentos. En esa edad uno vive muy deprisa y esos minutos de tedio mientras lo esperaba me parecían eternos.
Tengo hasta el día de hoy un lugar predilecto para comer en la ciudad de Durango: “La Rica Torta”. Es un negocio pequeño ubicado sobre la calle Laureano Roncal a media cuadra de la Avenida 20 de Noviembre, calle principal de la hermosa capital. Ahí venden, para no ser exagerado, las mejores tortas de pierna del mundo. Además de unos burritos de carne deshebrada que difícilmente tienen competencia.
Un buen día estando en ese invaluable lugar, como era costumbre terminé de engullir mis bocadillos y él, para no variar, iba a penas comenzando. Decidí no hacer corajes y emplear mi valioso tiempo en discernir la causa de su lenta velocidad de alimentación, por llamarle de algún modo. Sin decir nada, lo observé discretamente y fui descartando posibilidades una a una.
Mi primera hipótesis fue que tal vez el tamaño de sus bocados podría ser muy chico. Entonces esperé con la paciencia de un pescador a que diera su siguiente mordida a la deliciosa torta de pierna. Para mi sorpresa, la porción fue generosa y su boca no era precisamente chica, por lo tanto descarté esa primera posibilidad.
La segunda idea que me vino a la mente fue que mientras comía se pudiera distraer observando el panorama, bobeando, o leyendo algún texto que tuviera a la mano, puesto que era de esas personas que cuando van al baño entran con revista en mano. No fue así. Él estaba concentrado en esa riquísima torta de pierna sin igual que solamente en ese sitio son capaces de producir.
La tercera teoría estaba fundamentada en la posibilidad de que perdiera mucho tiempo entre terminar un bocado y comenzar el siguiente. Por lo tanto esperé a que terminara de triturar ese inigualable trozo de la mejor torta de pierna que existe, para ver si me sacaba algo de plática o simplemente reposaba un poco en el inter. Nada pasó. A mí ni me peló y tan pronto terminó ese bocado procedió a comenzar el siguiente.
Mis posibilidades y mi paciencia se estaban agotando cuando de repente vino a mi recuerdo uno de esos consejos que se leen en revistas como el Reader Digest el cual sugería que cada bocado debía masticarse cuando menos por 30 veces, esto para facilitarle al organismo el proceso de digestión. Pensé que la probabilidad de estar ante ese caso sería muy baja pero no teniendo de momento otra idea al respecto decidí esperar a que comenzara su siguiente bocado para comenzar a contar.
Este fue el reto más complicado puesto que implicaba la observancia ininterrumpida de su función masticatoria para poder contar si efectivamente su costumbre era llegar a repetir esta acción por la para mí infinita cantidad de treinta veces. Pero con el sigilo que me caracteriza y ayudado por el arraigado hábito que tengo desde pequeño de ser tan metiche, pude emprender esta tarea.
Esperé una vez más por unos minutos en lo que él se preparaba para tomar un nuevo trozo de esa torta que merece un altar en Catedral y una calle con su nombre. Con una precisión cronométrica empecé a contar sus masticadas desde la número uno, hasta que no pude más contener mi risa y él se vio forzado a tragar subrepticiamente lo que le quedaba en su boca de La Rica Torta para preguntarme un poco desconcertado: ¿De qué te ríes, pendejo? Mi respuesta fue: De que haz masticado ese bocado ni más ni menos que noventa veces.
            Cuando vayan a Durango no busquen a Pepe porque difícilmente lo van a encontrar, pero por favor visiten ese maravilloso y humilde lugar de nombre “La Rica Torta”. Una vez sentados ahí comprenderán por qué es tan difícil dejar de saborear esa exquisitez.
            Era mi amigo de toda la vida. Y digo era porque ya no lo es más. La esquizofrenia nos lo robó. De él afortunadamente me queda un mundo de buenos recuerdos, y por supuesto “La Rica Torta”.

Roberto Rojo Alvarez

martes, 1 de marzo de 2011

CENAMOS CON MI ESPOSITO

            Esta excursión fue hermosa y divertida, como la novia de aquella época con quien pasé un espléndido fin de semana en el bello puerto de Mazatlán. Sus familiares tuvieron a bien ofrecernos por tres días una casa en un condominio de playa donde para fortuna de ambos fue posible llevar hasta nuestros perros Piri y Carmelo.
            Mi novia había pasado por el infortunio de un divorcio, cosa que en lo absoluto había mermado su alegría ni sus ganas por bien vivir la vida. Pero esta particular situación aunada a mi ignorancia provocaron que en cierto momento le hiciera yo un chantaje sentimental de proporciones inconmensurables.
            Como buena arquitecta y mujer de mundo que es, tenía la costumbre de revisar sus e-mails con cierta frecuencia. Una de estas veces lo hizo en mi computadora y tuvo el descuido de dejar abierta su bandeja de entrada. Mi sagaz sentido de la vista me llevó a observar en el “Asunto” de uno de sus correos claramente la palabra “Esposito”. Mi mente no esperó un instante para armar una historia en la que ella a su exmarido lo llamaba cariñosamente de esta manera, lo cual a mí me desconcertaba bastante porque ni siquiera tenían un hijo en común que propiciara la continuidad en la comunicación entre ella y su exesposo.
            Prudentemente y con toda hombría callé mi hallazgo, apoyado sobre todo en la confianza que siempre tuve en ella. Hasta que un buen día mi pecho no soportó más el peso de la duda y con toda indignación reclamé me fuera aclarada semejante situación que me estaba carcomiendo por dentro. Esto fue motivo para que una vez más mis oídos tuvieran la fortuna de escuchar la música de su siempre deleitable carcajada.
            Esposito es el apellido de Franco, chef italiano propietario del Ristorante Villa Italia en Mazatlán y tío político de aquella novia con quien compartí una deliciosa cena en este lugar. Gracias a sus vínculos consanguíneos tuve el agrado de conocer a este amable señor, además del valor agregado que significa recibir la atención personalizada del dueño del establecimiento.
            Recuerdo que cenamos una pizza Margherita a la leña que es lo más cercano que he probado en México al original platillo italiano. También pedimos pasta con camarones y de postre un Tiramisú. Todo esto lo acompañamos con un delicioso vino tinto de la Toscana que Franco nos obsequió. Lo que sí les puedo decir es que todo estaba a pedir de boca.
            Villa Italia es un restaurante en el cual no se tropicalizan los platillos, sino que guardan su esencia original para que tu paladar pueda degustar el sazón de la genuina cocina italiana. Si andan por ahí cerca no duden en entrar, postrarse en una mesa, preguntar por Don Franco Esposito y solicitarle que les recomiende la especialidad del día. Pasarán los años y seguramente recordarán la experiencia de manera tan nítida como yo, este exnovio de su sobrina que espera tener el agrado de volver a ser atendido por él.

Roberto Rojo Alvarez