domingo, 1 de mayo de 2011

THAI IN AUSTRALIA

            Y que un buen día parpadeo y me encuentro trepado en un inmenso avión para cuyo boleto ahorré por diez y ocho meses con puras monedas doradas de diez pesos mexicanos en la alcancía de Barney que me regaló mi hermanita y que en tan solo diez y seis horas y media llegaría a su destino final: Sydney, Australia.
            El pretexto, la esperadísima boda del Guaymitas con la eminente ciudadana de Brisbane, Kate Brown. La misión, enamorar durante ese lapso a todas las australianas que nos fuera posible… Y, ¡ah, qué mal nos fue!
            Por razones atribuibles a la distancia, todos los invitados del novio tuvimos a bien apartar de nuestra agenda dos semanas, para poder así realizar holgadamente el viaje. La primer semana la dedicamos a las actividades propias del enlace nupcial. La segunda, cada quién agarró su rumbo.
Mi amigo Proto y yo decidimos acompañar a la pareja de esposos durante los primeros tres días de su Honey Moon, para después de eso tomar nuestro camino y entonces sí lanzarnos a la yugular de cuanta australiana malparada se nos atravesara en el andar.
            Al principio todo iba bien, con excepción del jet lag que de las dos semanas que estuve por allá, a mí me tomó aproximadamente 9 días en superarlo. Fuera de eso, gozamos sobremanera los festejos que durante 4 días se llevaron a cabo en torno al enlace de los novios. Tuve además el honor de tocar la guitarra y cantar acompañado por un grupo versátil la primer canción que bailaron como esposos: Wonderful Tonight, de Eric Clapton.
            Hasta ese momento yo era el mexicano artista con la voz melodiosa, pero la única que eventualmente me echaba ojitos era la mamá de la novia. Opté por pensar que las australianas son muy tímidas y que era cuestión de que fuera avanzando la noche para que las chicas se abalanzaran sobre mi indefensa humanidad.
Pasaron algunas horas y el grupo versátil australiano comenzó a tocar salsa, merengue y cumbia. Tomé inmediatamente del brazo a mi amiga la Hayek que es costeñita y bailadora, y dimos todo un espectáculo del buen arte del taconazo. Minutos después tenía yo literalmente a una fila de damas australianas en espera de que las enseñara a bailar. Entre ellas estaba una hermosura auténtica del quinto continente, cuyo nombre griego es el de una banda de rock mexicano, y a quien por sus grandes y bellas proporciones cariñosamente apodamos como la Tonka.
Enseñar a bailar rumba a una australiana es como intentar dormir a un búho arrullándolo. Pero eso poco importaba. Lo único que merecía mi atención en esos momentos era seguir recibiendo el cúmulo de piropos que la Tonka me propinaba entre vuelta y vuelta. Era una rubia despampanante de casi seis pies de altura, con unos ojos azules profundos, un hermoso rostro, un cuerpo espectacular y una tierna y bella sonrisa. Pero tenía un gran defecto: Un novio que medía como un metro más que ella y que además parecía modelo de Calvin Klein. Como era de esperarse, la breve sesión de baile llegó a su fin, la Tonka volvió a la mesa con su novio, y yo volví a buscar la mirada incesante de la suegra del Guaymitas que de momento era mi único aliciente.
Pasaron los festejos y llegó el momento en que Proto y yo, los en aquel entonces codiciados solteros culichis, nos dispusimos a seguir viajando solos por Australia y entonces sí, ¡sálvese quien pueda! El codiciado es un término que en automático se le agrega a un soltero, pero en realidad a nosotros dos en aquel viaje no nos codició ni el virus de la influenza australiana. Dicho en otras palabras, no agarramos ni gripa.
Pensamos que tal vez el problema era la locación y fue por eso que decidimos encaminarnos hacia la playa Bondi. Ahí sí veríamos cómo las australianas en bikini se preguntarían quién era ese par de latinos y de qué misteriosas tierras lejanas habrían llegado. Nos tiramos en la arena a ver pasar gente de todo tipo, porque en Australia surfean desde los niños hasta los viejitos. Para variar, me quedé dormido sobre una mochila en cosa de unos pocos minutos y curiosamente nada sucedió.
Decidimos entonces que deberíamos de irnos a otro sitio en donde no intimidásemos tanto a las chicas de aquellos lares y pudieran ver un lado más casual de nosotros. Fue entonces que nos metimos en el billard del Hotel Bondi y rentamos una mesa. Nuestra mente comenzó a imaginar cómo en breve llegarían dos australianas en un diminuto short de mezclilla a hacer con nosotros sus pininos en el arte de las carambolas. Pero pasó el tiempo, yo perdí todas las partidas, Proto perdió todas sus monedas en esa mesa de pool, y las australianas jamás llegaron.
            Fue hasta ese momento en que nos resignamos y tomamos la decisión más inteligente del viaje: Invertir nuestras últimas horas en Australia en buscar un buen restaurante y gozar de las delicias gastronómicas que era lo único que estaba en nuestras manos, y afortunadamente en nuestros bolsillos. Cabe mencionar que la comida de ese día está entre una de las mejores de mi vida.
            Comimos en un restaurante de nombre Mu Shu cuya especialidad era la comida tailandesa. Es un lindo sitio ubicado sobre la calle Campbell Parade que hace las veces de malecón en la famosa playa. Pedimos unas Money Bags, ensalada de salmón, pato rostizado al curry y un arroz frito de cangrejo. Degustamos de estos platillos con un buen vino mientras charlábamos sobre los acontecimientos del viaje, y mutuamente nos preguntábamos cual de nosotros dos sería el que traía la mala fortuna por el tan extraño hecho de no haber conocido en todo el viaje a nadie más que a los congéneres de los ahora esposos.
            Para darles respuesta queridos lectores a esta interrogante, sobra decirles que Proto se quedó un día más que yo en Australia, y precisamente en ese día se encontró caminando por la playa a la Tonka y a unas amigas suyas con quienes pasó el día y la noche siguiente.
            Si algún día andan por aquellos rumbos puedo anticiparles que la carne de canguro es muy mala, pero que el marisco es casi tan delicioso como el nuestro. Y que además del Mu Shu existen muchos restaurantes de cocina thai que no se pueden perder. Yo recordaré por siempre ese viaje, ese repele de mujeres que a Dios gracias no se ha vuelto a repetir, y esa comida que fue una de las exquisiteces que la vida me ha regalado junto a mi gran amigo el Proto, a quien podré invitar una y mil veces a comer, pero nunca jamás a ligar.

Roberto Rojo Alvarez

viernes, 1 de abril de 2011

EN DURANGO ME COMÍ LA TORTA

            Era mi amigo de toda la vida. Con él había compartido incontables horas de la infancia y la adolescencia. Desde pasar días enteros en el club, la primera vez que cruzamos el boulevard, estrenar el mundo de juguetes que le había amanecido en Navidad, hasta los primeros coches y las primeras novias.
            Con él conocí de arriba a abajo mi segunda tierra, Durango Capital. La recorrimos a pie, en bicicleta, en moto mientras yo me quedaba dormido manejando, y finalmente en un par de automóviles que no contaban con la tan mala suerte de ser nuestra escuelita particular de manejo.
            Tuvimos una amistad envidiable. Pocas veces hubo desacuerdos entre nosotros, nos gustaban niñas distintas, y su familia me acogió tan bien que la mía me nombró como “Roberto Godínez”, apellido de Pepito y no mío.
Sólo había un detalle suyo que me molestaba sobremanera, y era que cada vez que íbamos a comer a algún sitio yo terminaba en aproximadamente la quinta parte de tiempo que él. Es verdad que jamás he sido lento para comer, pero cuando lo hacía frente a él ponía mi máximo esfuerzo por no terminar tan pronto para evitar estar tanto tiempo esperándolo a que deglutiera sus alimentos. En esa edad uno vive muy deprisa y esos minutos de tedio mientras lo esperaba me parecían eternos.
Tengo hasta el día de hoy un lugar predilecto para comer en la ciudad de Durango: “La Rica Torta”. Es un negocio pequeño ubicado sobre la calle Laureano Roncal a media cuadra de la Avenida 20 de Noviembre, calle principal de la hermosa capital. Ahí venden, para no ser exagerado, las mejores tortas de pierna del mundo. Además de unos burritos de carne deshebrada que difícilmente tienen competencia.
Un buen día estando en ese invaluable lugar, como era costumbre terminé de engullir mis bocadillos y él, para no variar, iba a penas comenzando. Decidí no hacer corajes y emplear mi valioso tiempo en discernir la causa de su lenta velocidad de alimentación, por llamarle de algún modo. Sin decir nada, lo observé discretamente y fui descartando posibilidades una a una.
Mi primera hipótesis fue que tal vez el tamaño de sus bocados podría ser muy chico. Entonces esperé con la paciencia de un pescador a que diera su siguiente mordida a la deliciosa torta de pierna. Para mi sorpresa, la porción fue generosa y su boca no era precisamente chica, por lo tanto descarté esa primera posibilidad.
La segunda idea que me vino a la mente fue que mientras comía se pudiera distraer observando el panorama, bobeando, o leyendo algún texto que tuviera a la mano, puesto que era de esas personas que cuando van al baño entran con revista en mano. No fue así. Él estaba concentrado en esa riquísima torta de pierna sin igual que solamente en ese sitio son capaces de producir.
La tercera teoría estaba fundamentada en la posibilidad de que perdiera mucho tiempo entre terminar un bocado y comenzar el siguiente. Por lo tanto esperé a que terminara de triturar ese inigualable trozo de la mejor torta de pierna que existe, para ver si me sacaba algo de plática o simplemente reposaba un poco en el inter. Nada pasó. A mí ni me peló y tan pronto terminó ese bocado procedió a comenzar el siguiente.
Mis posibilidades y mi paciencia se estaban agotando cuando de repente vino a mi recuerdo uno de esos consejos que se leen en revistas como el Reader Digest el cual sugería que cada bocado debía masticarse cuando menos por 30 veces, esto para facilitarle al organismo el proceso de digestión. Pensé que la probabilidad de estar ante ese caso sería muy baja pero no teniendo de momento otra idea al respecto decidí esperar a que comenzara su siguiente bocado para comenzar a contar.
Este fue el reto más complicado puesto que implicaba la observancia ininterrumpida de su función masticatoria para poder contar si efectivamente su costumbre era llegar a repetir esta acción por la para mí infinita cantidad de treinta veces. Pero con el sigilo que me caracteriza y ayudado por el arraigado hábito que tengo desde pequeño de ser tan metiche, pude emprender esta tarea.
Esperé una vez más por unos minutos en lo que él se preparaba para tomar un nuevo trozo de esa torta que merece un altar en Catedral y una calle con su nombre. Con una precisión cronométrica empecé a contar sus masticadas desde la número uno, hasta que no pude más contener mi risa y él se vio forzado a tragar subrepticiamente lo que le quedaba en su boca de La Rica Torta para preguntarme un poco desconcertado: ¿De qué te ríes, pendejo? Mi respuesta fue: De que haz masticado ese bocado ni más ni menos que noventa veces.
            Cuando vayan a Durango no busquen a Pepe porque difícilmente lo van a encontrar, pero por favor visiten ese maravilloso y humilde lugar de nombre “La Rica Torta”. Una vez sentados ahí comprenderán por qué es tan difícil dejar de saborear esa exquisitez.
            Era mi amigo de toda la vida. Y digo era porque ya no lo es más. La esquizofrenia nos lo robó. De él afortunadamente me queda un mundo de buenos recuerdos, y por supuesto “La Rica Torta”.

Roberto Rojo Alvarez

martes, 1 de marzo de 2011

CENAMOS CON MI ESPOSITO

            Esta excursión fue hermosa y divertida, como la novia de aquella época con quien pasé un espléndido fin de semana en el bello puerto de Mazatlán. Sus familiares tuvieron a bien ofrecernos por tres días una casa en un condominio de playa donde para fortuna de ambos fue posible llevar hasta nuestros perros Piri y Carmelo.
            Mi novia había pasado por el infortunio de un divorcio, cosa que en lo absoluto había mermado su alegría ni sus ganas por bien vivir la vida. Pero esta particular situación aunada a mi ignorancia provocaron que en cierto momento le hiciera yo un chantaje sentimental de proporciones inconmensurables.
            Como buena arquitecta y mujer de mundo que es, tenía la costumbre de revisar sus e-mails con cierta frecuencia. Una de estas veces lo hizo en mi computadora y tuvo el descuido de dejar abierta su bandeja de entrada. Mi sagaz sentido de la vista me llevó a observar en el “Asunto” de uno de sus correos claramente la palabra “Esposito”. Mi mente no esperó un instante para armar una historia en la que ella a su exmarido lo llamaba cariñosamente de esta manera, lo cual a mí me desconcertaba bastante porque ni siquiera tenían un hijo en común que propiciara la continuidad en la comunicación entre ella y su exesposo.
            Prudentemente y con toda hombría callé mi hallazgo, apoyado sobre todo en la confianza que siempre tuve en ella. Hasta que un buen día mi pecho no soportó más el peso de la duda y con toda indignación reclamé me fuera aclarada semejante situación que me estaba carcomiendo por dentro. Esto fue motivo para que una vez más mis oídos tuvieran la fortuna de escuchar la música de su siempre deleitable carcajada.
            Esposito es el apellido de Franco, chef italiano propietario del Ristorante Villa Italia en Mazatlán y tío político de aquella novia con quien compartí una deliciosa cena en este lugar. Gracias a sus vínculos consanguíneos tuve el agrado de conocer a este amable señor, además del valor agregado que significa recibir la atención personalizada del dueño del establecimiento.
            Recuerdo que cenamos una pizza Margherita a la leña que es lo más cercano que he probado en México al original platillo italiano. También pedimos pasta con camarones y de postre un Tiramisú. Todo esto lo acompañamos con un delicioso vino tinto de la Toscana que Franco nos obsequió. Lo que sí les puedo decir es que todo estaba a pedir de boca.
            Villa Italia es un restaurante en el cual no se tropicalizan los platillos, sino que guardan su esencia original para que tu paladar pueda degustar el sazón de la genuina cocina italiana. Si andan por ahí cerca no duden en entrar, postrarse en una mesa, preguntar por Don Franco Esposito y solicitarle que les recomiende la especialidad del día. Pasarán los años y seguramente recordarán la experiencia de manera tan nítida como yo, este exnovio de su sobrina que espera tener el agrado de volver a ser atendido por él.

Roberto Rojo Alvarez

viernes, 26 de marzo de 2010

SEMANA SANTA


            La Semana Santa es, en estricto sentido, la conmemoración cristiana anual de la Pasión, Muerte y Resurrección de a quien históricamente conocemos como “Jesús de Nazaret”. Y es un período de una intensa actividad litúrgica por parte de las iglesias cristianas alrededor de todo el mundo.
            Ahora, ¿qué es para el pueblo mexicano la Semana Santa? Les leo textualmente la definición del agudo y acertado escritor Roberto Rojo: Es la obligatoriedad irrestricta autoimpuesta de una persona por trasladarse desde su lugar de residencia a otro sitio, que en la inmensa mayoría de los casos, debe forzosamente de haber agua, ya sea de naturaleza dulce o salada.
            A decir verdad yo no tengo la capacidad intelectual para encontrar la relación entre una definición y la otra. Lo que sí me quedó clarísimo a una muy temprana edad es que los tumultos que se suscitan en los lugares vacacionales de interés en estas fechas, no son en absoluto de mi agrado.
            Si vas a una de las hermosas playas de nuestro estado, ya sea en plan de camping o de Gran Turismo, te encontrarás con un mundo de calamidades que son propias y exclusivas de Semana Santa.
            Por ejemplo: Para acampar en una playa, sea esta cual sea, necesitas apersonarte y apartar tu lugar con gran anticipación, de lo contrario, encontrarás un espacio disponible a aproximadamente 7 kilómetros de la entrada más cercana de la playa en cuestión. Independientemente de la ubicación del sitio de instalación, estarás a aproximadamente 30 centímetros de la casa de campaña contigua de tu lado derecho, y a 40 centímetros de la del lado izquierdo. Carpas en las cuales invariablemente habrá gente escuchando música las 24 horas del día, las dos con distintos estilos musicales que muy probablemente no serán en lo absoluto de tu agrado.
            En el otro extremo, si se trata de un hermoso hotel de cinco estrellas, en Semana Santa tiende a bajar su categoría como mínimo a la de una estrella y media. En ninguna otra fecha del año encontrarás un servicio tan deficiente, una comida tan insípida, una alberca tan sucia, además de la ausencia casi total de toallas, mesas, sillas y camastros. A esto le agregamos que alrededor de las 4 ó 5 de la tarde, aproximadamente el 95% de las señoritas hospedadas en estos hoteles deciden al mismo tiempo encender sus secadoras debido a que tienen qué irse a hacer fila en los antros desde las 6 ó 7 de la tarde para poder lograr entrar entre 10 y 11 de la noche. Esta sobrecarga de energía provoca irremediablemente un corte del suministro eléctrico, o en otras palabras, se va la luz.
            Si tus deseos son los de disfrutar de las bellas y limpias playas mientras tomas un baño de sol, encontrar un sitio en dónde postrar tu silueta no será tarea fácil. Y deberás de estar psicológicamente preparado para soportar que cada 9 segundos llegue un distinto vendedor ambulante, te veas obligado a abrir los ojos, inclinar un poco tu cabeza, y recetarte su letanía para finalmente decir una y mil veces: No, gracias.
            Pero en fin, en gustos se rompen géneros. Yo los invitaría a romper con estas obligatoriedades y disfrutar de la tranquilidad de su ciudad, pero de antemano sé que me enviarán directito a freír espárragos. Entonces solo me resta invitarlos a que sean muy responsables con su diversión y hagan lo posible por no contaminar. Hasta la próxima.

Roberto Rojo Alvarez

domingo, 1 de febrero de 2009

NO TE ESCONDAS VIDA MÍA


NO TE ESCONDAS, VIDA MÍA

Hay quien ha venido al mundo para enamorarse de una sola mujer y, consecuentemente, no es probable que tropiece con ella”, José Ortega y Gasset

Ante una soltería empedernida y prolongada, nada fácil me resulta escribir un artículo acerca del mes de San Valentín. Sobre todo cuando tengo ya algunos meses fungiendo como el “Grinch del Amor” frente a la desbandada de amigos y compañeros que se están casando cual si fuera esto un simple paseo por el parque, un fin de semana sí y el otro también. Largas horas he invertido en discursos persuasivos sobre un tema que en verdad desconozco absolutamente, tal como lo es el matrimonio. Pero el sentido común más el testimonio de todos los hombres casados en el mundo con quienes por alguna razón he tocado ese tema, sin excepción me recomiendan ampliamente que, si me pudo esperar un poco más, tanto mejor.
Decir o pensar que el matrimonio es el único camino socialmente respetable hacia la vida adulta, es propio de generaciones retrógradas que lo único que quieren es sacar su frustración debido a su actual status quo de casados. Es un acto típico de gente que, como dice mi amigo el Zavaleta, no está buscando quién la hizo sino quién la paga. Y no me estoy refiriendo precisamente a otro tipo de sociedades de convivencia en las que participan personas homosexuales, también muy válidas (como diría Jerry Seinfeld: Not there is anything wrong with that), sino que creo que las sociedades actuales estamos llegando a un momento en el que es perfectamente válido optar por la unión libre. Tan vilipendiada en épocas pasadas, y tan bonito que ha de saber.
No me cabe duda que el matrimonio es una perfecta forma y proyecto de vida, en el que a título personal considero se debe de atender de manera primordial la lealtad y el constante cultivo del amor hacia la pareja, para poder sacar adelante los hijos que consideren viable educar y preparar para la vida, en la manera de lo material y espiritualmente posible. Sin embargo existen muchas parejas que se casan y no tienen ni la menor idea del berenjenal en el que se están metiendo. A estos muchachos es a los que quisiera persuadir no de que se lo piensen dos veces, sino tres… tres mil veces.
Ahora que si de plano resulta que se enamoraron de una de esas mujeres que son como “Cindy La Regia” (magnífico descubrimiento) en cuya cajuela traen permanentemente listo el vestido de novia, y como sucede en la totalidad de los casos la mujer termina saliéndose con la suya, les recomiendo encarecidamente que se dejen llevar por la intuición, las corazonadas y el inescrutable sentido común… No el suyo, sino el de su mujer, por supuesto.
Me viene a la memoria mi temprana infancia en la hermosa ciudad de Durango, cuando le prometía a mi abuela que me casaría muy pronto para darle bisnietos. A ella le hacía mucha gracia que un niño de escasos 7 años estuviera pensando en esas cosas. Afortunadamente mi hermana la mayor logró esa gran hazaña, y yo a mis 33 años sigo sin darle seguimiento a esa promesa que algún día habré de cumplir, aunque mi amada abuela goce de sus futuros bisnietos desde su descanso eterno. Yo desde este extraño paraíso que es la vida en la tierra le mando a ella un mensaje: Abuela, si tan solo una hija mía tiene la fortuna de ser tan amorosa y fuerte como tú, habrá valido la pena la espera.
Así pues señores termino este artículo escribiendo una verdad tan difícil de aceptar, pero que para estos momentos tal vez ya todos ustedes la sepan, y es que absolutamente todas mis palabras son más bien obra de la envidia que me produce ver a esas parejas enamoradas que tienen la fortuna de haberse encontrado y el valor de darse en cuerpo y alma a un proyecto de toda una vida juntos. Lo digo de corazón, siendo yo un hombre que desde los 7 años se muere por encontrar al amor de su vida. ¿Estará escondida por ahí?

Roberto Rojo Alvarez

lunes, 1 de diciembre de 2008

NAVIDAD CON SU MISMO


NAVIDAD CON SU MISMO…

“El recuerdo, como una vela, brilla más en Navidad”
Charles Dickens

            Tenía tan solo seis años de edad cuando mi poco experimentada lógica me decía de forma muy clara que no existe tal cosa llamada Santa Claus. Estaba claro que los regalos, pocos o muchos, de mi agrado o no, eran costeados económicamente por mis padres, abuelos y tíos.
            Trataré en principio las inconsistencias sobre el personaje de Santa Claus. Primero, la casa de mis navidades a pesar de estar situada en la gélida ciudad de Durango, no contaba con una chimenea por donde entrara un viejo panzón cargado de regalos para nueve nietos. Segundo, era muy curioso que Santa comprara el papel de envolturas en la misma mercería que mi mamá. Tercero, la camioneta de mi tío Juan siempre permanecía llena de bultos tapados con bolsas negras, y estos bultos desaparecían justo a la mañana del día 25 de diciembre. Cuarto, las historias de niños que atestiguaban haber visto personalmente a este Señor de barbas blancas eran verdaderamente inverosímiles.
            Sobre el Niño Dios. ¿Por qué si la Segunda Persona de la Santísima Trinidad en su versión de párvulo tenía para con nosotros los niños como función primordial proveernos de juguetes cada Navidad no existía ni una sola imagen suya cargado de regalos? ¿Cómo el Niño Dios, siempre simbolizado como bebé, era capaz de cargar con cajas tan aparatosas como las de los juguetes para niñas que juegan a ser grandes? A esto le sumamos el nunca faltante comentario de alguno de nuestros familiares, todos educados en la religión católica, que llegaba la mañana del 25 de diciembre con dos juguetes en la mano y nos decía: Éste te lo trajo el Niño Dios, y este otro es de parte mía. Por supuesto el más barato era con cargo al hijo de María la virgen, y el más caro siempre mérito de nuestro familiar. Obvio especificar que los dos regalos estaban invariablemente forrados justo con el mismo papel de regalo. ¿Qué creen que uno no se da cuenta?
            Los Tres Reyes Magos. Alguna vez leí un artículo de un prestigiado escritor culichi cuyo título era “Ni eran Reyes, ni eran Magos, ni eran Tres”. En este concienzudo ensayo podrán ustedes leer sobre todos los tecnicismos que desmienten a esta famosa historia (si gustan se los mando por e-mail, puesto que lo escribí yo), pero de momento me remito al análisis sobre el tema desde mi punto de vista cuando era un niño. Si viajar por todo el mundo en una sola noche con sus 24 horas aun en un absurdo trineo volador jalado por renos que a pesar de volar movían sus patas cual si caminaran era una historia bastante poco creíble, ¿imagínense ustedes hacerlo sobre tres animales de carga tales como un caballo, un camello y un elefante? A esto añadimos la curiosa coincidencia de que los Reyes Magos solamente aparecieron por mi casa en dos ocasiones en las que coincidentemente estaba mi abuela presente. En nada ayudó esto a acrecentar mi fe.
Cuando era niño vivía queriendo demostrarle a los mayores cuan inteligente y precoz yo era (hoy también lo intento pero ya nadie me cree), y en una memorable plática con mis familiares, precisamente a la edad de seis años, les hice saber mi conocimiento de la verdad sobre Santa, el Niño Dios, los Reyes Magos, o cualquier personaje a quien le quisieran endilgar los regalos navideños. Esto para mí era un acto heroico, una muestra de brillantez, una carta de presentación del personaje que se gestaba en la familia, y una advertencia de “a mí no me hacen tarugo”… Pocos años pasaron para darme cuenta de que cometí el acto más estúpido de mi niñez.
A partir de ese año me cancelé toda posibilidad de pedirle a Santa cualquier juguete que me apeteciera. Yo, sabiendo que este hecho mermaría directamente en el bolsillo de mis progenitores, me veía obligado a esperar lo que fuera la voluntad de mis familiares que por tratarse de un niño sensato optaban por regalarme, háganme el canijo favor, ROPA. Eso sí, mientras mis hermanas y primos escribían sus cartas inmensas solicitando lo que les venía en gana. La envidia y la desesperación me llevó en algunas ocasiones a querer desenmascararlos a todos y así burlarme también de los suéter tejidos que solo a mí me propinaban. Pero el espíritu navideño obraba bien en mí, y de esta manera fui esperando pacientemente año con año a que cada niño en mi familia, como debe de ser, de manera natural con el transcurso del tiempo fuera perdiendo su inocencia.
Algún tiempo ha pasado ya de aquellos traumas, y difícilmente recuerdo un año en el que la situación de estabilidad económica haya sido tan crítica como ahora. Bien haríamos pues en ser mesurados en estos tiempos difíciles y evitar por algunos meses cualquier gasto innecesario, al fin que a nuestros niños podemos explicarles que tanto a Santa Claus como al Niño Dios y los Reyes Magos también les llegó la recesión.
Nunca mejor citado el popular chiste que nos cuenta que éste será “El Año del Consumismo”, porque esta Navidad todo el mundo estará con su mismo abrigo, con su mismo vestido, con su mismo coche, con su mismo televisor, con su mismo radio, y si bien les va, con su mismo trabajo.
Este año regalen besos y abrazos. Muchos. O hagan algo que no les cueste, como es el caso de mi madre y hermana que al parecer tienen escondido en algún recóndito lugar una copia de los escritos de Nostradamus, porque sabían que se vendría la crisis y tienen ya más de seis meses tejiendo regalos diversos para toda la familia. Nada que unas bolas de estambre y la creatividad humana no puedan resolver.
Busquemos este año el mayor gozo, el de las cosas que no cuestan dinero sino otro tipos de esfuerzos, y hagamos lo posible por reencontrarnos con nuestros seres queridos. No hay mejor regalo que un abrazo de los nuestros.
De todo corazón les mando mucha buena vibra envuelta en papel con esferitas, y les deseo el mejor de los futuros. Que esta revista y sus amables lectores nos duren por muchísimos años más. Muy Feliz Navidad.

Roberto Rojo Alvarez

miércoles, 30 de julio de 2008

OPINIÓN CIUDADANA


            Al mexicano le gusta opinar. Esta es una realidad nuestra que nadie puede negar. Para nosotros es algo muy común puesto que convivimos con el hecho todos los días de nuestra vida. Pero habrá qué darle también la oportunidad de comprobarlo a todos aquellos extranjeros que tienen la buena costumbre de escuchar este noticiero. Mis muy estimados señores foráneos que nos escuchan más allá de los confines de nuestro bello estado, basta con que ustedes hagan una pregunta a cualquier mexicano, sin importar raza, religión, filiación política, estatus social, estado civil, preferencia sexual, complexión física, etc. Tampoco tiene alguna importancia la pregunta que hagan, sobre lo que sea, aún cuando esta sea meramente ficticia. La única condición es tener a un mexicano al alcance y hacerle una pregunta… Me corto las uñas si alguno les contesta: No sé.
            También hay qué poner especial atención si es el mexicano quien formula la pregunta, porque generalmente ya trae implícita su respuesta. Este entrenamiento comienza desde la infancia, cuando nuestra madre nos solicita ofrecer de nuestras golosinas al niño adjunto, e inmediatamente sale de nuestra boca una pregunta formulada de alguna de las siguientes dos maneras: La cortés, ¿No quieres?, o la informal ¿Verdad que no quieres?; Luego en la adolescencia ponemos en práctica algunos trucos amañados cuando estamos con una persona con un considerable menor coeficiente intelectual que nosotros, por ejemplo, cuando jugamos un volado y decimos al compañero: “Si cae águila, yo gano, y si cae sol, tú pierdes”, el torpe responderá inmediatamente: “¡SALE!”.
Ya en la vida adulta y contando con cierto coto de poder, estas prácticas se convierte en la formulación de Consultas Energéticas y otras demagogias, como el circo que acaban de presenciar los habitantes de la Ciudad de México y pueblos circunvecinos. Les recomiendo que la próxima vez que vuelvan a gastar ese mundo de dinero en supuestos ejercicios democráticos hagan la siguiente pregunta: ¿Cree Usted o No que somos idiotas?
            El caso es que el mexicano no se queda callado jamás. Le gusta opinar y es abundante siempre entre nosotros la figura de “El Enterado”. Ese quien para todo tiene una opinión, sin importar el tema a tratar, y que cuenta con un grupo de seguidores para el cual tiene una gran autoridad moral. Es él a quien recurren a pedir consejo, no porque hagan caso de las instrucciones que éste les dé, sino porque resultan ser personas con una plática muy entretenida. Sin duda alguna, no hay personaje más simpático que “El Enterado”.
Así somos los mexicanos. Siempre sabemos sobre el tema que se está tocando, o hacemos como que sabemos y nos dedicamos a parar oreja para ocasiones posteriores, o tenemos algún relativo cercano que es una chucha cuerera en la materia. Por eso también tendemos en cada reunión social o familiar a resolver los problemas de la Selección Nacional de Fútbol, la economía nacional, los conflictos bélicos mundiales, encontramos alternativas energéticas para frenar los cambios climáticos, y cuando de plano andamos muy inspirados, hasta reinventamos nuestra religión.
En estos momentos difíciles de nuestra vida nacional, bien haríamos en dejar a los expertos que opinen sobre lo suyo, y optar nosotros los de a pie por dar la respuesta más humilde que de un mexicano puede salir: “No estoy muy familiarizado con el tema”.
Al fin que “poco saben los burros de merengues”. ¿No es cierto?

Roberto Rojo Alvarez