domingo, 1 de abril de 2012

LA BÓVEDA DE LA ISLA

            Trascurría el año 2008, cuando todavía no llegaba la crisis global y mi soltería me brindaba la posibilidad de tener una pequeña cuenta de ahorros, misma que se vaciaba cada vez que había algún buen concierto en alguna ciudad a no más de dos mil quinientos veinticinco kilómetros de distancia de mi natal Culiacán.
            El primer semestre de ese año mi agenda rocanrolera estaba completamente vacía, y mi tarjeta de millas de conocida aerolínea destruyerrascacielos rebosaba en puntos. Aunado a esto, mi primo Luis Manuel se encontraba viviendo en una pequeña y linda ciudad de nombre Dammarie-lès-Lys ubicada en las afueras de París.
            Una vez conjugados todos estos elementos y venciendo mis ímpetus hogareños, tomé la decisión de pasar una relajada Semana de Pascua consintiendo a mi primo Luisín en París. Fue con él que visité Le Caveau de l’Isle, uno de los mejores restaurantes en los que he comido alrededor del orbe.
            Él era maestro de español en una preparatoria de aquella linda comuna a orillas del río Sena, y compartía su departamento con una jovencita alemana de nombre Anja que a su vez daba clases de alemán a los post-pubertos de la misma institución. Su relación de roomies era como la de un viejo matrimonio: ligeros pleitos eventuales y sin goce de mieles.
            Aquella fue una semana muy divertida. Recordé viejos sitios (tomando en cuenta que casi todos los sitios de París son viejos), y deambulé sólo todas las mañanas debido a que mi primo solamente estaba disponible por las tardes. Entre los planes de la semana visitaría dos museos que no conocía, una ópera en el Teatro de Ópera Garnier, y tenía en mente una cena de lujo en algún sitio caro. Mi primera intención era reservar en el restaurante Jules Verne ubicado en la parte más alta de la torre Eiffel, que aunque no es distinguido por su arte culinario, tiene un caché y una vista envidiable. El primer día de espacio disponible para reservar era después de mi fecha de partida, de tal modo que acudí a los especialistas en la materia para que me recomendaran entonces no el más bello sino el mejor restaurante de París. Entre la lista que me dieron apareció un sitio ubicado en la isla de Saint-Louis en donde jamás había puesto un pie, razón por la cual decidí reservar en ese lugar.
            Le Caveau de l’Isle es un restaurante de alta cocina tradicional francesa situado al sur de la isla de San Luis, en el corazón de París. Y como sucede con los mejores sitios europeos que son pequeños, elegantes y sobrios, este no es la excepción. De entrada pedí un foie gras en salsa picante de higo, con unos enormes granos de sal de mar encima, que nomás de recordarlo se me pone la piel de gallina de la emoción. Como plato fuerte pedí un filete de pato en salsa de miel que además de estar delicioso, como guarnición tenía el mejor ratatouille que he probado jamás. De postre me sirvieron un crème brulée al limón cuyo sonido al insertar la primera cucharada en su gruesa capa es música para mis oídos. Y de tomar nos sirvieron un vino beaujolais de la casa de muy buena calidad.
            El restaurante en sí es caro pero no intocable. No como la cerveza Carlsberg que en ese mismo viaje pedí en el bar La Vue del hotel Concodre La Fayette cuyo precio de 19 Euros terminaron con mis ganas de seguir bebiendo, no sé por qué. Tal vez por hacer caso omiso a mi filosofía viajera de “el que convierte no se divierte”.
            Es evidente que recomiendo ampliamente el restaurante Le Caveau de l’Isle cuando tengan oportunidad de estar por la ciudad de París. Aquella ocasión tuve el agrado de ir con mi queridísimo primer primo varón de familia materna, cuya compañía siempre es grata, enriquecedora y divertida. Dios mediante espero estar ahí de vuelta muy pronto pero ahora con el amor de mi vida, mi amada esposa.

Roberto Rojo Alvarez

jueves, 1 de diciembre de 2011

UNA NAVIDAD DE LA BURGER

            Llegamos al tan esperado momento del año en el que el mundo (occidental) por entero se viste de blanco y rojo, llenan de escarcha ventanas de casas y oficinas, adornan con renos y trineos los espacios al aire libre, saturan las tarjetas de juguetes que hacen alusión a un mundo lleno de nieve, y cuando sale uno a las calles de nuestro bello Sinaloa estamos a por lo menos treinta y cinco grados centígrados.
            Ese es el primer shock en el cual incurrimos en nuestra temporada navideña. Otro es uno con el que venimos cargando desde la infancia, debido a la lucha cuerpo a cuerpo y cara a cara que nuestros abuelos enfrentan contra la fortísima mercadotecnia norteamericana: El Niño Dios vs. Santa Claus.
            Llega incluso un momento de nuestra niñez en el que nuestra confusión es grande. Ya no sabemos si el Niño Dios entra por la chimenea, o en qué parte de la pastorela va a salir Santa. Si dirigimos la carta a un recién nacido que difícilmente sabrá leer o a un viejo barbón que con sus lentes muestra un poco más de intelecto. Si el pino de Navidad es parte del Nacimiento (el Belén, en España) o si uno de los Reyes Magos viene montado en Rodolfo el Reno y no llegará con nuestros regalos sino hasta enero. Y pensar que a nosotros lo único que nos importa son los juguetes esos que nos anunció Chabelo cada domingo desde septiembre en su programa En Familia.
            Cómo y donde quiera que sea, estas son fechas óptimas para pasar al lado de la familia, muchas veces fingiendo que hace frío cuando en realidad terminamos despojándonos de todas aquellas lindas prendas invernales que adquirimos para usar escasas tres veces en la vida: Cuando nos las medimos, cuando las presumimos, y cuando las llevamos a un sitio en el que invariablemente las habremos de extraviar dejándolas colgadas en algún perchero porque, aunque nos cueste creerlo, este año tampoco hará frío en nuestra tierra.
            Hay gente que corre con una suerte distinta a la de las mayorías, no sé si mejor o peor que la nuestra, pero que tienen la capacidad de decidir a qué lugar del mundo trasladarse para pasar sus vacaciones decembrinas. Para estos fines no hay un mejor lugar y que reúna más clichés alusivos a la Navidad que la hermosa ciudad estadounidense de Nueva York.
            En la isla de Manhattan están los iconos navideños más famosos del mundo. Tenemos el famoso pino de Navidad del Rockefeller Center con su pista de patinaje debajo, el nevado Central Park con sus lagos congelados donde también se patina sobre hielo, el Madison Square Garden con “algo” On Ice, la inigualable decoración navideña de la mundialmente famosa Quinta Avenida, y las múltiples caras de Times Square que es a donde acuden miles de personas el último día de diciembre para despedir la Navidad y dar la bienvenida al año nuevo.
            Pues este artículo será útil precisamente para todas aquellas personas que tendrán la fortuna de andar por allá en esta Navidad. Existe un pequeño sitio que está ranqueado como el restorán con la segunda mejor hamburguesa del mundo, y según nos comenta el propietario la razón por la que no lo nombran como el primero es porque el otro sitio le debe su respeto a la firma McDonald’s que es la cadena de restaurantes más famosa del mundo.
            Este fabuloso sitio es Joint Burger, y por nada del mundo se lo pueden perder. Es un diminuto local escondido (y no es sentido figurado) dentro del hotel Le Parker Meridien ubicado en el número 119  de la West 56th Street, a escasas dos cuadras de Central Park. A un lado de las salas del lobby del hotel y detrás de unas enormes cortinas color rojo que bajan desde su techo de triple altura, está la entrada a este restaurante donde comer una hamburguesa con papas se vuelve lo menos cotidiano del mundo y se convierte en una experiencia que jamás en la vida olvidarás. Y no exagero al decirles que una de las razones por las que a pesar de su escondite mucha gente da con su paradero es porque las filas para realizar el pedido algunas veces salen hasta las puertas del exclusivo hotel.
            Si van a New York City esta Navidad, es obligado ir a tomarse una linda fotografía en cada uno de los sitios antes mencionados. Mi recomendación es que no dejen de ir a probar una hamburguesa del Joint Burger, porque en sí misma vale la pena el viaje completo a Nueva York.

Roberto Rojo Alvarez

martes, 1 de noviembre de 2011

QUÉ NICE WOK

            En el año de 1996 tuve la fortuna de vivir en una de las ciudades más pujantes de nuestro país, que 15 años después se encuentra desafortunadamente en una crisis de gobernabilidad capaz de alertar a toda una nación. Este maravilloso lugar es la famosa Sultana del Norte.
            Fue un año en el que aprendí a conocer a su gente y su estilo de vida que es una delicada mezcla entre el trabajo arduo y la apariencia social, entre su acentuada religiosidad y sus apetitos banales. Esto da como resultado una sociedad unida de gente trabajadora que ha llevado a la ciudad de Monterrey a estar entre las más hermosas y desarrolladas de nuestro país.
            Entre esta gran ciudad y nuestro bello estado no hay muchos vínculos. Ellos son meramente industriales mientras nosotros nos dedicamos casi por entero a la agricultura y la ganadería. Pero existe en el ámbito académico un vínculo de fuerte tradición que es la enorme cantidad de estudiantes sinaloenses que cada año, como lo hice yo en aquel entonces, se trasladan a estudiar al Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey.
            A muy pocas cuadras de esta institución educativa sobre la calle Junco de la Vega 411 está la Plaza Altavista, donde se encuentra un delicioso sitio para comer, como su slogan lo indica, fresca y saludable comida oriental. Su nombre es Nice Wok y cualquier cosa que prueben en este pequeño restaurante es una delicia.
            Es admirable que a pesar de los infortunios por los que pasan los regiomontanos hoy en día, existan jóvenes emprendedores que estén dispuestos a abrir mercado con negocios de calidad como Nice Wok. Es el caso de este par de hermanos, Claudia y Rodolfo, quienes se lanzaron a competir con la seguridad de tener un producto de la más alta calidad, a un precio accesible y un establecimiento decorado con muy buen gusto. Ella es poseedora de una belleza e inteligencia fuera de serie, él cuenta con la destreza y el don de gentes. Juntos han logrado crear un concepto que tiene todo el potencial para ser una gran franquicia en un corto plazo.
            Lo primero que debes hacer al llegar es seleccionar el tamaño de tu wok, escoges algún tipo de noodle como base ya sea de huevo, trigo, arroz o vegetales. Luego tienes para escoger carne de pollo, res y/o camarón. Seleccionas tus verduras, y viene el toque final que son estas deliciosas salsas de teriyaki, kung pao, pad thai, horange teri, agridulce, o teriyaki chipotle, que hacen de Nice Wok una experiencia única.
            Si vas en viaje de negocios o de placer a la ciudad de Monterrey y te encuentras cerca de la Zona Tec, te recomiendo ampliamente visitar Nice Wok. Si estudias por allá y tienes la suerte de escaparte de una clase, ve inmediatamente a deleitarte. Y si eres una de las personas más afortunadas del mundo y tienes la dicha de ser atendido por alguno de sus propietarios, como lo fue en mi caso, no dejes de felicitarlos por este magnífico negocio que acaba de nacer. Te aseguro que una vez que termines de degustar tu platillo sólo podrás exclamar ¡Qué nice wok!
            A la distancia me pregunto ¿qué hacía un músico, escritor, locutor, empresario y actual funcionario público estudiando Ingeniería Civil en el ITESM? Simplemente fue la manera en que Dios me puso en la ciudad de Monterrey para estar cerca de mi tía Nena en ese que fue su último año de vida terrenal.

Roberto Rojo Alvarez

sábado, 1 de octubre de 2011

BURRITOS DE REGRESO DE NUEVA YORK

            Era el año 2008, y mi más grande preocupación vigente en ese entonces era acudir a la Final Season del Yankees Stadium. El emblemático estadio sería derrumbado para albergar el estacionamiento de la nueva casa de los Yankees que se encuentra hoy simplemente al cruzar la calle. Por tal motivo, Estrellita procedió a comprar 16 boletos de gayola por el módico precio de USD$120.00 sin contemplar que nuestra nuca estaría a escaso medio metro de la techumbre más alta del estadio. Por supuesto, valió la pena.
            Acto seguido, llenamos tres camionetas Suburban y tomamos camino rumbo al norte. Dos de los vehículos llevaban personas mayores, mujeres y niños. El último, bajo mi comando, iba lleno de jóvenes del género masculino cuya testosterona se desbordaba por las ventanas. A causa de este pequeñísimo detalle, fuimos objeto de revisión en absolutamente todos los retenes y aduanas que cruzamos de ida y vuelta, mientras los otros dos automóviles nos esperaban delante burlándose y sin haber sido molestados. A la postre fuimos los de “la camioneta de los malandros”.
            El primer tramo fue desde Culiacán hasta Phoenix. Llegamos muy cansados a un lindo hotel cuya única importancia era que estaba ubicado cerca del aeropuerto del cual saldríamos rumbo a la ciudad de Nueva York al siguiente día muy de mañana. Nos distribuimos cómodamente en alrededor de entre 6 y 7 habitaciones y nos dispusimos a pasar una descansada y placentera noche para estar en buenas condiciones al día siguiente. Pero aproximadamente a las dos de la mañana se activó la alarma contra incendios del hotel en cuestión. Si hubiésemos estado en un hotel nacional, habríamos gritado “cácaro” y recostados esperaríamos a que alguien apagara la maldita alarma. Pero estábamos en los Estados Unidos y por tanto, ahí nos tienen a todos en pijamas parados en el estacionamiento del hotel esperando a que llegaran los bomberos en su inmenso camión únicamente para después de dos horas verificar que había sido una falla humana, es decir, que alguien activó sin querer queriendo la alarma contra incendios. Al día siguiente estábamos todos en el aeropuerto convertidos en piltrafas humanas. El mal ya estaba hecho.
            Finalmente llegamos a New York City, no sin antes sobrevolar alrededor de un lago durante dos horas debido a que el aeropuerto JFK al parecer estaba saturado. No obstante esos pequeños contratiempos, fueron unos días maravillosos en compañía de gente con una alegría y una franqueza que hacen de cualquier viaje, ya sea a la Gran Manzana o a Palmitas, una verdadera delicia. Luego de varios días, algunos museos, turibuses, diversas caminatas y un par de musicales de Broadway, nuestro cometido se llevó a cabo y pasamos una espléndida tarde en el antiguo estadio de los Yankees. Del resultado del partido no me acuerdo, pero de mi memoria jamás se borrará el haber escuchado a todo volumen al final del juego el gran éxito del difunto Frank Sinatra a la voz de “Start spreading the news…”. Un sueño más se había cumplido.
            De regreso estuvimos un par de días en Phoenix para hacer las compras finales. Las absurdas compras finales que puedan llegar a hacer que alguien compre un palo de golf sin haber jugado jamás un solo par. Una vez satisfechas las adquisiciones de nuestras necesidades básicas y uno que otro regalito, tomamos camino de regreso hasta llegar a dormir a Hermosillo. Al día siguiente nos levantamos muy temprano para llegar a desayunar a Cd. Obregón a un lugar que les prometí sería inolvidable. Créanme que no me quedo corto si les digo que gracias a ese desayuno nuestro viaje cerró con broche de oro.
            En la calle Allende No. 413 del Centro de Ciudad Obregón, Sonora, se encuentra un establecimiento donde venden los mejores tacos de cabeza del mundo. A ese delicioso lugar llegamos precisamente a quitarnos de la boca el sabor a hamburguesa y adentrarnos en lo mejor del arte culinario nacional con esos deliciosos tacos acompañados por un sinfín de salsas estilo casero y tortillas recién hechas. Los Tacos y Burritos Allende son muy famosos y no es para menos. No necesariamente tienen qué hacer el viaje hasta NYC para llegar de regreso a desayunar en esa taquería. Igual si van de pasadita también los atienden. Lo que sí les digo es que ir acompañado de la gran familia Aguilar, no tiene desperdicio.
            Es poco probable que vuelva a estar en la Final Season del nuevo Yankees Stadium. También se ve remota la posibilidad de otro viaje grupal tan entrañable y divertido. Lo que sí pueden tener por seguro es que a los Tacos y Burritos Allende habré de volver una y otra vez. Fue en agosto cuando emprendimos ese viaje, pero es a Julio a quien debo mi agradecimiento.

Roberto Rojo Alvarez

jueves, 1 de septiembre de 2011

EL BBQ AL ESTILO CULEBRO

            Había vivido engañado. Toda una vida pensando que en los Estados Unidos de América no se podía vivir sino mal, que el enorme estado de Texas solamente había pertenecido a México, que la ciudad de Houston estaba asentada sobre un árido desierto, y que el Barbecue era una salsa café más bien malita que poco se vende en los supermercados transnacionales que hay en mi país. La familia Culebro y su infinita hospitalidad se encargaron de sacarme del error.
            Desde la infancia recuerdo a mi familia haciendo críticas en contra de la república imperial. Tenían la idea de que su juventud era drogadicta y carente de valores, su sociedad enteramente materialista y sus creencias religiosas minadas en su totalidad. Confieso que en el transcurso de los años mis dudas sobre estas críticas disminuyeron únicamente de manera parcial y que sigo pensando que en cierta medida la razón los asiste. Para mi fortuna tuve el gusto de convivir con los Culebro. Ellos formaron una familia unida, sentada en las más sólidas bases religiosas, con valores y raíces muy arraigadas, con unos maravillosos hijos ya profesionistas, y todo esto lo lograron en los Estados Unidos.
            Al estado de Texas nos lo han pintado siempre como si se lo hubieran traído íntegro desde el desierto del Sahara y se lo hubieran robado a México después de una cruenta guerra, y hoy me entero de que el territorio de Tejas en su momento fue reclamado por al menos seis países. De ahí deriva el término “seis banderas de Texas”. Yo además pensaba que los Estados Unidos para hacerlo propio solamente le habían agregado algunas torres de esas que sacan harto petróleo, esporádicas cactáceas adornando el panorama, y le pusieron a unos rancheros güeros muy gritones. Y resulta que en su enormidad existe desierto, pero también hay bastos bosques y lindas playas. La ciudad de Houston se encuentra justo entre estos dos hermosos escenarios, y confieso que me pareció un sitio perfecto para vivir. Es una ciudad que ofrece muchas oportunidades a la gente de bien que trabaja con energía por su familia y su comunidad.
            Sin embargo, mi mayor sorpresa vino cuando me hablaron del Barbecue. La traducción que más se aproxima a esta palabra es “parrillada”, aunque en México es más común que la asociemos con la tradicional barbacoa. Para mí solo existían dos tipos de barbacoa: la que se sirve en las bodas populares sinaloenses acompañada de frijoles puercos y sopa fría (la combinación de la sopa fría en ese platillo es algo que jamás comprenderé, pero esa es otra historia), y la delicia que se prepara en el estado de Hidalgo, sobre todo en casa de mi amigo Fernandote en la maravillosa comunidad de Mangas, pueblo cuyas llaves merezco y todavía no me han dado.
Todo cambió cuando en compañía de la familia Culebro fuimos al restaurante Carl’s BBQ de Cypress, Texas, cuyo lema es “The Best Bar-B-Que In The Business!”. En este sitio se preparan asados de todo tipo de carnes y se come reviviendo nuestros más básicos instintos depredadores, es decir, a mano limpia. El barbecue en Houston es una tradición, y si se tiene la oportunidad de pasar por estas tierras no deben de perdérselo. Yo de manera particular les recomiendo mucho este sitio que además de un decorado totalmente ad hoc, muy buen servicio y precios accesibles, tiene unos panecillos de elote fabulosos y un ambiente al más puro estilo tejano.
De Texas conocía el sombrero Stetson Paradise 20X de mi padre, un par de aeropuertos, el puñado de cuentos hollywoodenses, una histórica frase alusiva a un problema en el espacio sideral, y la inverosímil crónica de un magnicidio ejecutado por un asesino solitario. Los Culebro me sacaron de mi engaño y me dieron la oportunidad conocer la hermosa ciudad de Houston, sus alrededores, y además de deleitarme con su inigualable Barbecue.
Muchos tendrán la suerte de ir a Houston, pero pocos tenemos la fortuna de ser atendidos por la familia Culebro. Para curar ese pesar, vayan a Carl’s BBQ.

Roberto Rojo Alvarez

lunes, 1 de agosto de 2011

PARECE QUE FUE AYER

           De eso hace ya veinte años. Fue el verano de 1991 cuando emprendimos aquel inolvidable viaje familiar que culminara en la Muy Noble Ciudad de Zacatecas, como la llamó Don Felipe II de España, y que cerrara con broche de oro en ese sencillo pero delicioso restaurante de comida típica de la región de nombre “El Mesón de la Mina”.
La excusa vino por parte de la familia Covarrubias ya que tendría lugar el histórico eclipse total de sol del 11 de julio de aquel año y éste pasaría por su hermoso pueblo natal nayarita Valle de Banderas.
            Llegamos a casa de Doña Elena, madre del anfitrión. No con mucho agrado pero sí con bastante ahínco nos recibió el tío Jorge, intelectual y maestro de la Universidad de Jalisco en Puerto Vallarta, quien con unas copitas encima esperó el momento justo en que cruzáramos el umbral de aquella residencia para hacer sonar a todo volumen la canción La Aristocracia del Barrio de su disco de acetato de Joan Manuel Serrat. Por razones concerniente a sus particulares ideas y/o complejos nos espetó esta canción por no menos de diez veces, al tiempo que nos mandaba “con todo respeto” a freír espárragos (por decirlo bajito). Con todo y la refrescada, en menos de quince minutos estábamos mi padre, Jorge y yo sentados en una mesa compartiendo unas Coronitas, escuchando el resto del disco de Serrat, y en un diálogo enriquecedor que recuerdo con mucho gusto. Encontré con Jorge muchos puntos de confluencia y me dijo una frase a manera de consejo que al día de hoy recuerdo textualmente: “No estudies por dinero. Estudia por el placer del conocimiento.”. A mi padre, hombre pragmático de mitad del siglo XX, no le hizo mucha gracia su consejo, sobre todo considerando la posibilidad de que su hijo se quedara únicamente con las primeras dos palabras de la frase.
            Después del impresionante eclipse total de sol, que desobedeciendo todos los cánones sociales y advertencias de la ciencia vimos directamente y sin protección ocular sin quedar ciego alguno de los 17 invitados, nos fuimos unos días a Puerto Vallarta a casa del tío Pilón, quien poseía para sus días de desenfado una envidiable mansión empotrada en un hermoso acantilado cubierto por la selva tropical de aquella zona. Este señor nos contó un cúmulo de historias fascinantes de su vida. La que más recuerdo es de cuando de la mano de su hija y con una mochila en el hombro recorrió en una semana media república mexicana de aventón, simplemente estirando el brazo a ver quién se detenía, y dejándose llevar al destino que su conductor se dirigiera. ¡Qué imposible resulta en estas épocas imaginar siquiera una aventura de esta naturaleza!
Después de ahí pasamos por Manzanillo, Cd. Guzmán con los Melo, Guadalajara y Michoacán. En Uruapan pernoctamos un día antes de mi cumpleaños, y por la noche salimos a caminar mi hermana y yo. Probamos un abominable atole color azul que se vendía en la calle como pan caliente. Creo que ni ella ni yo pudimos sorber más de un trago, pero entró al quite mi señor padre que acabó con los dos vasos en un santiamén.
El día de mi cumpleaños número 16 terminó la angustia con la que venía cargando en aquel viaje. Resulta ser que a principios de aquel año escolar que culminaba, en un arranque de ira mi padre decidió inscribirme “de castigo” en una escuela pública. Sin ánimo alguno de criticar su decisión, le salió el tiro por la culata. Después de haber estudiado durante 12 años en colegio de monjas me pusieron en una preparatoria popular. Al fin pude probar las mieles de la libertad. Además de riñas, aventuras, novias y rock & roll, hice grandes amigos que conservo hasta el día de hoy. De esa preparatoria me expulsaron en un año la poco despreciable cantidad de 5 veces, cuatro de las cuales a causa de las influencias políticas que mi padre ostentaba en aquellos momentos, los Directivos de la institución se habían visto obligados a aceptar mi reincorporación inmediata. No lo fue así la quinta y última vez cuando el Director me citó para tener una plática frontal donde al puro estilo de Vito Corleone me hizo una oferta que no podía rechazar. Me solicitó, “de hombre a hombre”, considerar su oferta. Él no me volvería a expulsar a cambio de que yo me las arreglara con mi señor padre para no volver al año siguiente… Tuve qué aceptar.
Con esta angustia transcurría mi viaje, esperando el momento apropiado para proponerle a mi progenitor un cambio de institución educativa. Pero Dios que es bueno y misericordioso iluminó a mi padre y justo el día de mi cumpleaños, de su ronco pecho salió la propuesta de cambiar mi preparatoria para el siguiente ciclo.
Con un vagón de tren menos sobre mi espalda, el viaje continuó rumbo a Guanajuato, Aguascalientes y finalmente a Zacatecas, donde una vez liberada la razón de mi angustia culminamos con una deliciosa comida típica en el restaurante “El Mesón de la Mina”. Un sitio ubicado en la calle Juárez número 15, en el centro de la histórica capital. Es Zacatecas una ciudad que ningún mexicano puede dejar de visitar. Además de sus atractivos turísticos tales como el cerro de la Bufa y el museo de Guadalupe, tiene una Catedral de estilo barroco churrigueresco digna de cualquier ciudad europea. No dejen de considerarla, incluso como mi amigo Catemen, hasta para una luna de miel. Y si ya andan por ahí, no dejen de ir a comer una deliciosa comida a “El Mesón de la Mina”. Lo que se come ahí es la comida típica de cualquier hogar mexicano, y recuerdo haber probado un delicioso consomé de pollo, un buenísimo arroz típico, y una milanesa que solamente en la Lombardía podrían igualar.
Ya no están en esta tierra mi padre, ni Doña Elena, ni el tío Pilón, ni mi perra Blacky. Pero está todo ese mar de bellos recuerdos y esas pinceladas de aprendizaje que atesoro para beneficio de mi vida. Parece que fue ayer, pero de eso hace ya veinte años.

Roberto Rojo Alvarez

viernes, 1 de julio de 2011

CANGREJO (Y CUENTA) GIGANTE

            La vida transcurría y yo con ella. Hasta ese momento lo único deseable era tener un poco de salud para andar de pata de perro, ser lo atractivo suficiente tan solo para tener una chica a quién llamar de vez en vez, y unas monedas en la bolsa para comprar chocolate caliente y churros azucarados en Coyoacán. El resto se conseguía con un poco de ingenio y lo que no, existía únicamente en un mundo paralelo que poco importaba. Lo mismo me daba alimentarme con queso Oaxaca, tortillas azules y champiñones naturales de algún tianguis móvil, que una invitación a casa del Guaymitas cuando su mamá le enviaba carne de Sonora que él cocinaba siempre a la pimienta.
Igual de sencillo resultaba conseguir una invitación para asistir a alguna exposición de arte del Osho y sus compañeros de La Esmeralda que entrar gratis a cualquier función de ópera en Bellas Artes. Hasta que un buen día por un abuso de ingenio, cierto exceso de confianza y la muy poca vergüenza al posible escenario adverso, a Pilar y a mí nos corrieron del mismísimo Teatro de Bellas Artes. Lo tomamos por el lado amable, y una vez estando a escasos quince metros de la puerta desde donde los guardias de seguridad se cercioraban de que nos alejáramos del recinto, nos dimos la media vuelta, les gritamos “de mejores lugares nos han corrido”, y nos tiramos de risa.
Pero la semilla del orgullo había sido ya sembrada en nuestras almas, y en silencio comenzamos a envidiar a la gente pudiente a la que jamás corren de lugar alguno y mucho menos batallan para pagar sus cuentas. No como nosotros que íbamos a una taquería y a media cena de reojo contábamos moneditas en el bolsillo para después de un vago cálculo mental saber si nos encontrábamos en posibilidades de pedir un taco más, o si tendríamos qué compartir un solo refresco.
            Un buen día, ya con la plantita del orgullo mostrando sus primeros brotes y después de ver un programa en el Discovery Channel donde mencionaban los oficios más peligrosos del mundo entre los cuales aparecía la pesca del cangrejo gigante en Alaska, se nos ocurrió una magnífica idea. Nos preguntamos qué necesitaríamos hacer en nuestra condición de estudiantes foráneos para ahorrar lo suficiente y darnos un festín de esa envergadura. El cálculo nos arrojó datos poco alentadores pero que bien valían la pena: Cuatro meses de ahorro y un guardadito extra, por si acaso.
            Nos percatamos que en tres meses y medio a partir de esa fecha sería el vigésimo octavo aniversario del día de mi nacimiento y marcamos esa fecha como el Día D. Ahorramos pacientemente en un cochinito de madera al que jamás pusimos un nombre pero del cual nos encariñamos tanto que nos parecía digno de aparecer en la portada de un disco de Pink Floyd. Se llegó la fecha tan esperada y hoy les anuncio que este mes se cumplen ocho años de esa inolvidable comida en la que con conocimiento de causa y el convencimiento propio de un ser humano recién redimido, pronuncié una frase que me marcaría por el resto de mi vida: ¡Quiero ser rico!
            El ritual tuvo lugar en el prestigiado restaurante Fishers de Polanco, cuyo lema “Excelencia en mariscos” resulta cierto siempre y cuando tu presupuesto sea holgado.  En esa ocasión comenzamos pidiendo un cocktail de mariscos de nombre Vuelve a la Vida acompañado de un par de cervezas. Los mariscos estaban frescos y de buen sabor, aunque las porciones dejaban mucho qué desear.  Después entramos en materia y cumplimos la promesa de comer como si fuésemos un par de millonarios entregados a la gula. Como platillo fuerte Pilar ordenó un King Crab Chicago y una Langosta San Lucas, y yo un King Crab al Natural y una Langosta Rockefeller, para sentirme por un instante parte de la dinastía familiar estadounidense. Como postre es muy recomendable el Flan de Coco Horneado y las siempre infalibles Crepas de Cajeta.
            No importa que usted buen lector sea un costeñito pata salada y piense que en materia de alimentos del mar lo sabe todo. No pierda la oportunidad de visitar alguno de los restaurantes Fishers que existen en el centro de nuestra República. Probará un alimento preparado de una manera que posiblemente antes no conocía, y de ninguna manera se arrepentirá. Sólo espero que no se encuentre como yo en la necesidad de ahorrar durante tanto tiempo para darse ese gustito.
            De esa comida me queda el recuerdo de haber conquistado una meta que valió tanto la pena que hasta el día de hoy sigue estando ranqueada en el número uno de las mejores comidas de mi vida. Agradezco sobremanera a la alcahueta de Pilar que a punto estuvo de convencerme de llegar con las talegas de monedas a la puerta del restaurante, pero que no contaba con mi astucia de ir a feriarlas al banco unos días antes. Y gracias también a aquella circunstancia, hoy tengo la firme vocación por conocer los mejores sitios de comida alrededor del mundo.
            Pilar sigue haciendo sus pinturas y sus travesuras de este y del otro lado del planeta. Yo sigo en mi tierra luchando día a día por ser un hombre próspero y poder tener dentro de mi canasta básica un congelador repleto de langostas y cangrejos gigantes de Alaska. ¡Qué hermoso y frívolo deseo! Por mientras y para muy esporádicas ocasiones, existe el Fishers.

Roberto Rojo Alvarez