lunes, 1 de agosto de 2011

PARECE QUE FUE AYER

           De eso hace ya veinte años. Fue el verano de 1991 cuando emprendimos aquel inolvidable viaje familiar que culminara en la Muy Noble Ciudad de Zacatecas, como la llamó Don Felipe II de España, y que cerrara con broche de oro en ese sencillo pero delicioso restaurante de comida típica de la región de nombre “El Mesón de la Mina”.
La excusa vino por parte de la familia Covarrubias ya que tendría lugar el histórico eclipse total de sol del 11 de julio de aquel año y éste pasaría por su hermoso pueblo natal nayarita Valle de Banderas.
            Llegamos a casa de Doña Elena, madre del anfitrión. No con mucho agrado pero sí con bastante ahínco nos recibió el tío Jorge, intelectual y maestro de la Universidad de Jalisco en Puerto Vallarta, quien con unas copitas encima esperó el momento justo en que cruzáramos el umbral de aquella residencia para hacer sonar a todo volumen la canción La Aristocracia del Barrio de su disco de acetato de Joan Manuel Serrat. Por razones concerniente a sus particulares ideas y/o complejos nos espetó esta canción por no menos de diez veces, al tiempo que nos mandaba “con todo respeto” a freír espárragos (por decirlo bajito). Con todo y la refrescada, en menos de quince minutos estábamos mi padre, Jorge y yo sentados en una mesa compartiendo unas Coronitas, escuchando el resto del disco de Serrat, y en un diálogo enriquecedor que recuerdo con mucho gusto. Encontré con Jorge muchos puntos de confluencia y me dijo una frase a manera de consejo que al día de hoy recuerdo textualmente: “No estudies por dinero. Estudia por el placer del conocimiento.”. A mi padre, hombre pragmático de mitad del siglo XX, no le hizo mucha gracia su consejo, sobre todo considerando la posibilidad de que su hijo se quedara únicamente con las primeras dos palabras de la frase.
            Después del impresionante eclipse total de sol, que desobedeciendo todos los cánones sociales y advertencias de la ciencia vimos directamente y sin protección ocular sin quedar ciego alguno de los 17 invitados, nos fuimos unos días a Puerto Vallarta a casa del tío Pilón, quien poseía para sus días de desenfado una envidiable mansión empotrada en un hermoso acantilado cubierto por la selva tropical de aquella zona. Este señor nos contó un cúmulo de historias fascinantes de su vida. La que más recuerdo es de cuando de la mano de su hija y con una mochila en el hombro recorrió en una semana media república mexicana de aventón, simplemente estirando el brazo a ver quién se detenía, y dejándose llevar al destino que su conductor se dirigiera. ¡Qué imposible resulta en estas épocas imaginar siquiera una aventura de esta naturaleza!
Después de ahí pasamos por Manzanillo, Cd. Guzmán con los Melo, Guadalajara y Michoacán. En Uruapan pernoctamos un día antes de mi cumpleaños, y por la noche salimos a caminar mi hermana y yo. Probamos un abominable atole color azul que se vendía en la calle como pan caliente. Creo que ni ella ni yo pudimos sorber más de un trago, pero entró al quite mi señor padre que acabó con los dos vasos en un santiamén.
El día de mi cumpleaños número 16 terminó la angustia con la que venía cargando en aquel viaje. Resulta ser que a principios de aquel año escolar que culminaba, en un arranque de ira mi padre decidió inscribirme “de castigo” en una escuela pública. Sin ánimo alguno de criticar su decisión, le salió el tiro por la culata. Después de haber estudiado durante 12 años en colegio de monjas me pusieron en una preparatoria popular. Al fin pude probar las mieles de la libertad. Además de riñas, aventuras, novias y rock & roll, hice grandes amigos que conservo hasta el día de hoy. De esa preparatoria me expulsaron en un año la poco despreciable cantidad de 5 veces, cuatro de las cuales a causa de las influencias políticas que mi padre ostentaba en aquellos momentos, los Directivos de la institución se habían visto obligados a aceptar mi reincorporación inmediata. No lo fue así la quinta y última vez cuando el Director me citó para tener una plática frontal donde al puro estilo de Vito Corleone me hizo una oferta que no podía rechazar. Me solicitó, “de hombre a hombre”, considerar su oferta. Él no me volvería a expulsar a cambio de que yo me las arreglara con mi señor padre para no volver al año siguiente… Tuve qué aceptar.
Con esta angustia transcurría mi viaje, esperando el momento apropiado para proponerle a mi progenitor un cambio de institución educativa. Pero Dios que es bueno y misericordioso iluminó a mi padre y justo el día de mi cumpleaños, de su ronco pecho salió la propuesta de cambiar mi preparatoria para el siguiente ciclo.
Con un vagón de tren menos sobre mi espalda, el viaje continuó rumbo a Guanajuato, Aguascalientes y finalmente a Zacatecas, donde una vez liberada la razón de mi angustia culminamos con una deliciosa comida típica en el restaurante “El Mesón de la Mina”. Un sitio ubicado en la calle Juárez número 15, en el centro de la histórica capital. Es Zacatecas una ciudad que ningún mexicano puede dejar de visitar. Además de sus atractivos turísticos tales como el cerro de la Bufa y el museo de Guadalupe, tiene una Catedral de estilo barroco churrigueresco digna de cualquier ciudad europea. No dejen de considerarla, incluso como mi amigo Catemen, hasta para una luna de miel. Y si ya andan por ahí, no dejen de ir a comer una deliciosa comida a “El Mesón de la Mina”. Lo que se come ahí es la comida típica de cualquier hogar mexicano, y recuerdo haber probado un delicioso consomé de pollo, un buenísimo arroz típico, y una milanesa que solamente en la Lombardía podrían igualar.
Ya no están en esta tierra mi padre, ni Doña Elena, ni el tío Pilón, ni mi perra Blacky. Pero está todo ese mar de bellos recuerdos y esas pinceladas de aprendizaje que atesoro para beneficio de mi vida. Parece que fue ayer, pero de eso hace ya veinte años.

Roberto Rojo Alvarez

viernes, 1 de julio de 2011

CANGREJO (Y CUENTA) GIGANTE

            La vida transcurría y yo con ella. Hasta ese momento lo único deseable era tener un poco de salud para andar de pata de perro, ser lo atractivo suficiente tan solo para tener una chica a quién llamar de vez en vez, y unas monedas en la bolsa para comprar chocolate caliente y churros azucarados en Coyoacán. El resto se conseguía con un poco de ingenio y lo que no, existía únicamente en un mundo paralelo que poco importaba. Lo mismo me daba alimentarme con queso Oaxaca, tortillas azules y champiñones naturales de algún tianguis móvil, que una invitación a casa del Guaymitas cuando su mamá le enviaba carne de Sonora que él cocinaba siempre a la pimienta.
Igual de sencillo resultaba conseguir una invitación para asistir a alguna exposición de arte del Osho y sus compañeros de La Esmeralda que entrar gratis a cualquier función de ópera en Bellas Artes. Hasta que un buen día por un abuso de ingenio, cierto exceso de confianza y la muy poca vergüenza al posible escenario adverso, a Pilar y a mí nos corrieron del mismísimo Teatro de Bellas Artes. Lo tomamos por el lado amable, y una vez estando a escasos quince metros de la puerta desde donde los guardias de seguridad se cercioraban de que nos alejáramos del recinto, nos dimos la media vuelta, les gritamos “de mejores lugares nos han corrido”, y nos tiramos de risa.
Pero la semilla del orgullo había sido ya sembrada en nuestras almas, y en silencio comenzamos a envidiar a la gente pudiente a la que jamás corren de lugar alguno y mucho menos batallan para pagar sus cuentas. No como nosotros que íbamos a una taquería y a media cena de reojo contábamos moneditas en el bolsillo para después de un vago cálculo mental saber si nos encontrábamos en posibilidades de pedir un taco más, o si tendríamos qué compartir un solo refresco.
            Un buen día, ya con la plantita del orgullo mostrando sus primeros brotes y después de ver un programa en el Discovery Channel donde mencionaban los oficios más peligrosos del mundo entre los cuales aparecía la pesca del cangrejo gigante en Alaska, se nos ocurrió una magnífica idea. Nos preguntamos qué necesitaríamos hacer en nuestra condición de estudiantes foráneos para ahorrar lo suficiente y darnos un festín de esa envergadura. El cálculo nos arrojó datos poco alentadores pero que bien valían la pena: Cuatro meses de ahorro y un guardadito extra, por si acaso.
            Nos percatamos que en tres meses y medio a partir de esa fecha sería el vigésimo octavo aniversario del día de mi nacimiento y marcamos esa fecha como el Día D. Ahorramos pacientemente en un cochinito de madera al que jamás pusimos un nombre pero del cual nos encariñamos tanto que nos parecía digno de aparecer en la portada de un disco de Pink Floyd. Se llegó la fecha tan esperada y hoy les anuncio que este mes se cumplen ocho años de esa inolvidable comida en la que con conocimiento de causa y el convencimiento propio de un ser humano recién redimido, pronuncié una frase que me marcaría por el resto de mi vida: ¡Quiero ser rico!
            El ritual tuvo lugar en el prestigiado restaurante Fishers de Polanco, cuyo lema “Excelencia en mariscos” resulta cierto siempre y cuando tu presupuesto sea holgado.  En esa ocasión comenzamos pidiendo un cocktail de mariscos de nombre Vuelve a la Vida acompañado de un par de cervezas. Los mariscos estaban frescos y de buen sabor, aunque las porciones dejaban mucho qué desear.  Después entramos en materia y cumplimos la promesa de comer como si fuésemos un par de millonarios entregados a la gula. Como platillo fuerte Pilar ordenó un King Crab Chicago y una Langosta San Lucas, y yo un King Crab al Natural y una Langosta Rockefeller, para sentirme por un instante parte de la dinastía familiar estadounidense. Como postre es muy recomendable el Flan de Coco Horneado y las siempre infalibles Crepas de Cajeta.
            No importa que usted buen lector sea un costeñito pata salada y piense que en materia de alimentos del mar lo sabe todo. No pierda la oportunidad de visitar alguno de los restaurantes Fishers que existen en el centro de nuestra República. Probará un alimento preparado de una manera que posiblemente antes no conocía, y de ninguna manera se arrepentirá. Sólo espero que no se encuentre como yo en la necesidad de ahorrar durante tanto tiempo para darse ese gustito.
            De esa comida me queda el recuerdo de haber conquistado una meta que valió tanto la pena que hasta el día de hoy sigue estando ranqueada en el número uno de las mejores comidas de mi vida. Agradezco sobremanera a la alcahueta de Pilar que a punto estuvo de convencerme de llegar con las talegas de monedas a la puerta del restaurante, pero que no contaba con mi astucia de ir a feriarlas al banco unos días antes. Y gracias también a aquella circunstancia, hoy tengo la firme vocación por conocer los mejores sitios de comida alrededor del mundo.
            Pilar sigue haciendo sus pinturas y sus travesuras de este y del otro lado del planeta. Yo sigo en mi tierra luchando día a día por ser un hombre próspero y poder tener dentro de mi canasta básica un congelador repleto de langostas y cangrejos gigantes de Alaska. ¡Qué hermoso y frívolo deseo! Por mientras y para muy esporádicas ocasiones, existe el Fishers.

Roberto Rojo Alvarez

miércoles, 1 de junio de 2011

SAZONES DEL MAYAB

            Los caminos de la vida no son como yo pensaba, recita la sufrida letra del músico colombiano Omar Geles quien no obstante de ser un exitoso compositor de vallenato reconocido por todos los rincones del mundo, fue capaz de concebir esta famosa letra llena de dolor y del sentir del pueblo. Yo en lo particular sólo me quedo con la primera estrofa porque mi empatía es únicamente parcial.
            Resulta que soy un hombre con suerte, y la vida me llevó en un tiempo a tener la fortuna de ser parte del cuerpo directivo de una estación de radio pública que en su momento llegó a ser revolucionaria en el gremio a nivel nacional y la segunda en audiencia en la ciudad de Culiacán. Este cargo me dio la posibilidad de viajar y asistir a eventos culturales de toda índole gracias a mis habilidades para sonsacar a quien entonces era mi jefa inmediata, que en cuestiones de aumentar el acervo cultural y culinario es más fácil que la tabla del dos.
            Sin duda (muletilla de moda) los eventos más importantes en los que estuve fueron dos conciertos que ofreció el tenor español Plácido Domingo. Uno fue en el sitio arqueológico Chichén Itzá, y el otro en el Teatro del Pueblo en Durango. Fueron en fechas distintas, con distinta compañía, aunque en los dos coincidió un aguacero que a punto estuvo de cancelar ambos conciertos.
            Pero en este momento sólo me concierne ocuparme del primer evento. Quiero informarle a usted que si piensa que no existe un mejor pretexto para viajar a la ciudad de Mérida y el hermoso estado de Yucatán que asistir a un concierto de Plácido Domingo en Chichén Itzá con la pirámide Kukulcán de fondo, está enormemente equivocado.
            La mejor excusa para apersonarse en aquellas tierras está ubicada ni más ni menos que en el kilómetro 12.5 de la carretera Mérida-Cancún y se llama Hacienda Teya. No piense usted que es un simple lugar que sirve para hacer lindas fotografías. No. Es un espléndido sitio en donde se va y se come como un señor.
            Amanda fue mi pequeña jefa y es ahora mi gran amiga. Con ella fue con quien emprendí el viaje a la Blanca Mérida, cuyo adjetivo en mi infinita ignorancia pensé siempre que se debía a la predominancia de su color, y no. La llaman blanca por ser una ciudad que dentro de los confines mayas fue hecha para que sólo gente de raza blanca habitara en ella.
El pretexto para este viaje fue El Concierto de las Mil Columnas en el que cantó Plácido Domingo acompañado por la Orquesta Sinfónica de Yucatán y en cierto momento del recital también se hizo acompañar al piano por el maestro Armando Manzanero. En el concierto a mi derecha se encontraba Amanda, a mi izquierda y no tan cerca Rebeca De Alba, y frente a nosotros la representación de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. Detalles de poca relevancia.
            La cúspide del viaje fue esa visita a Hacienda Teya Restaurante, en donde tuve el gusto de conocer platillos que antes sólo le había escuchado saborearse a Carlos Loret De Mola, y créanme que ahora comprendo esas caras de borrego enamorado que pone cada vez que menciona las delicias de la cocina yucateca. Para comenzar pedimos una sopa de lima, que suena como a una simpleza pero que muestra el mismísimo paraíso a cada sorbo, y un arroz con plátano frito de rechupete. Después pedimos unos deliciosos papadzules que sabían a gloria, y un Poc-Chuc que ya no tengo sinónimos alusivos al cielo con qué describirlos. De postre pedimos un Manjar Blanco, que no es yucateco sino español pero que estaba preparado como Dios manda.
Además de todo, el lugar es por de más hermoso. Fuera de unos aplausos poco propios de los comensales cuando entró al restaurante el maestro Manzanero, y un mequetrefe uniformado de edecán que quiso realizar con nosotros un concurso para regalarnos una cerveza y al que corrimos inmediatamente de nuestra presencia con pulcra elegancia, todo fue muy agradable.
            Si algún día tienen la oportunidad de estar por tierras yucatecas, no pierdan la oportunidad de hacer una visita a Hacienda Teya. Es un bello sitio preparado para bodas, banquetes, congresos, convenciones y eventos sociales, que cuenta con un muy elegante y sobrio salón de fiestas, bellos jardines, y hasta una linda tienda de recuerdos regionales. Además de que se come como en pocos sitios del mundo.
            Tuve la fortuna de estar en esos lugares y en esos momentos acompañado de una persona que es fiel testigo del don de mi buena suerte. Aunque bien lo dijo Isaac Asimov citando a Louis Pasteur: “La suerte favorece sólo a la mente preparada.", y mi infinito agradecimiento me basta para afirmar que tan solo ese viaje es suficiente para decirle al señor Omar Geles: En efecto, maestro, los caminos de la vida tampoco son como yo pensaba. ¡Son mejores!

Roberto Rojo Alvarez

domingo, 1 de mayo de 2011

THAI IN AUSTRALIA

            Y que un buen día parpadeo y me encuentro trepado en un inmenso avión para cuyo boleto ahorré por diez y ocho meses con puras monedas doradas de diez pesos mexicanos en la alcancía de Barney que me regaló mi hermanita y que en tan solo diez y seis horas y media llegaría a su destino final: Sydney, Australia.
            El pretexto, la esperadísima boda del Guaymitas con la eminente ciudadana de Brisbane, Kate Brown. La misión, enamorar durante ese lapso a todas las australianas que nos fuera posible… Y, ¡ah, qué mal nos fue!
            Por razones atribuibles a la distancia, todos los invitados del novio tuvimos a bien apartar de nuestra agenda dos semanas, para poder así realizar holgadamente el viaje. La primer semana la dedicamos a las actividades propias del enlace nupcial. La segunda, cada quién agarró su rumbo.
Mi amigo Proto y yo decidimos acompañar a la pareja de esposos durante los primeros tres días de su Honey Moon, para después de eso tomar nuestro camino y entonces sí lanzarnos a la yugular de cuanta australiana malparada se nos atravesara en el andar.
            Al principio todo iba bien, con excepción del jet lag que de las dos semanas que estuve por allá, a mí me tomó aproximadamente 9 días en superarlo. Fuera de eso, gozamos sobremanera los festejos que durante 4 días se llevaron a cabo en torno al enlace de los novios. Tuve además el honor de tocar la guitarra y cantar acompañado por un grupo versátil la primer canción que bailaron como esposos: Wonderful Tonight, de Eric Clapton.
            Hasta ese momento yo era el mexicano artista con la voz melodiosa, pero la única que eventualmente me echaba ojitos era la mamá de la novia. Opté por pensar que las australianas son muy tímidas y que era cuestión de que fuera avanzando la noche para que las chicas se abalanzaran sobre mi indefensa humanidad.
Pasaron algunas horas y el grupo versátil australiano comenzó a tocar salsa, merengue y cumbia. Tomé inmediatamente del brazo a mi amiga la Hayek que es costeñita y bailadora, y dimos todo un espectáculo del buen arte del taconazo. Minutos después tenía yo literalmente a una fila de damas australianas en espera de que las enseñara a bailar. Entre ellas estaba una hermosura auténtica del quinto continente, cuyo nombre griego es el de una banda de rock mexicano, y a quien por sus grandes y bellas proporciones cariñosamente apodamos como la Tonka.
Enseñar a bailar rumba a una australiana es como intentar dormir a un búho arrullándolo. Pero eso poco importaba. Lo único que merecía mi atención en esos momentos era seguir recibiendo el cúmulo de piropos que la Tonka me propinaba entre vuelta y vuelta. Era una rubia despampanante de casi seis pies de altura, con unos ojos azules profundos, un hermoso rostro, un cuerpo espectacular y una tierna y bella sonrisa. Pero tenía un gran defecto: Un novio que medía como un metro más que ella y que además parecía modelo de Calvin Klein. Como era de esperarse, la breve sesión de baile llegó a su fin, la Tonka volvió a la mesa con su novio, y yo volví a buscar la mirada incesante de la suegra del Guaymitas que de momento era mi único aliciente.
Pasaron los festejos y llegó el momento en que Proto y yo, los en aquel entonces codiciados solteros culichis, nos dispusimos a seguir viajando solos por Australia y entonces sí, ¡sálvese quien pueda! El codiciado es un término que en automático se le agrega a un soltero, pero en realidad a nosotros dos en aquel viaje no nos codició ni el virus de la influenza australiana. Dicho en otras palabras, no agarramos ni gripa.
Pensamos que tal vez el problema era la locación y fue por eso que decidimos encaminarnos hacia la playa Bondi. Ahí sí veríamos cómo las australianas en bikini se preguntarían quién era ese par de latinos y de qué misteriosas tierras lejanas habrían llegado. Nos tiramos en la arena a ver pasar gente de todo tipo, porque en Australia surfean desde los niños hasta los viejitos. Para variar, me quedé dormido sobre una mochila en cosa de unos pocos minutos y curiosamente nada sucedió.
Decidimos entonces que deberíamos de irnos a otro sitio en donde no intimidásemos tanto a las chicas de aquellos lares y pudieran ver un lado más casual de nosotros. Fue entonces que nos metimos en el billard del Hotel Bondi y rentamos una mesa. Nuestra mente comenzó a imaginar cómo en breve llegarían dos australianas en un diminuto short de mezclilla a hacer con nosotros sus pininos en el arte de las carambolas. Pero pasó el tiempo, yo perdí todas las partidas, Proto perdió todas sus monedas en esa mesa de pool, y las australianas jamás llegaron.
            Fue hasta ese momento en que nos resignamos y tomamos la decisión más inteligente del viaje: Invertir nuestras últimas horas en Australia en buscar un buen restaurante y gozar de las delicias gastronómicas que era lo único que estaba en nuestras manos, y afortunadamente en nuestros bolsillos. Cabe mencionar que la comida de ese día está entre una de las mejores de mi vida.
            Comimos en un restaurante de nombre Mu Shu cuya especialidad era la comida tailandesa. Es un lindo sitio ubicado sobre la calle Campbell Parade que hace las veces de malecón en la famosa playa. Pedimos unas Money Bags, ensalada de salmón, pato rostizado al curry y un arroz frito de cangrejo. Degustamos de estos platillos con un buen vino mientras charlábamos sobre los acontecimientos del viaje, y mutuamente nos preguntábamos cual de nosotros dos sería el que traía la mala fortuna por el tan extraño hecho de no haber conocido en todo el viaje a nadie más que a los congéneres de los ahora esposos.
            Para darles respuesta queridos lectores a esta interrogante, sobra decirles que Proto se quedó un día más que yo en Australia, y precisamente en ese día se encontró caminando por la playa a la Tonka y a unas amigas suyas con quienes pasó el día y la noche siguiente.
            Si algún día andan por aquellos rumbos puedo anticiparles que la carne de canguro es muy mala, pero que el marisco es casi tan delicioso como el nuestro. Y que además del Mu Shu existen muchos restaurantes de cocina thai que no se pueden perder. Yo recordaré por siempre ese viaje, ese repele de mujeres que a Dios gracias no se ha vuelto a repetir, y esa comida que fue una de las exquisiteces que la vida me ha regalado junto a mi gran amigo el Proto, a quien podré invitar una y mil veces a comer, pero nunca jamás a ligar.

Roberto Rojo Alvarez

viernes, 1 de abril de 2011

EN DURANGO ME COMÍ LA TORTA

            Era mi amigo de toda la vida. Con él había compartido incontables horas de la infancia y la adolescencia. Desde pasar días enteros en el club, la primera vez que cruzamos el boulevard, estrenar el mundo de juguetes que le había amanecido en Navidad, hasta los primeros coches y las primeras novias.
            Con él conocí de arriba a abajo mi segunda tierra, Durango Capital. La recorrimos a pie, en bicicleta, en moto mientras yo me quedaba dormido manejando, y finalmente en un par de automóviles que no contaban con la tan mala suerte de ser nuestra escuelita particular de manejo.
            Tuvimos una amistad envidiable. Pocas veces hubo desacuerdos entre nosotros, nos gustaban niñas distintas, y su familia me acogió tan bien que la mía me nombró como “Roberto Godínez”, apellido de Pepito y no mío.
Sólo había un detalle suyo que me molestaba sobremanera, y era que cada vez que íbamos a comer a algún sitio yo terminaba en aproximadamente la quinta parte de tiempo que él. Es verdad que jamás he sido lento para comer, pero cuando lo hacía frente a él ponía mi máximo esfuerzo por no terminar tan pronto para evitar estar tanto tiempo esperándolo a que deglutiera sus alimentos. En esa edad uno vive muy deprisa y esos minutos de tedio mientras lo esperaba me parecían eternos.
Tengo hasta el día de hoy un lugar predilecto para comer en la ciudad de Durango: “La Rica Torta”. Es un negocio pequeño ubicado sobre la calle Laureano Roncal a media cuadra de la Avenida 20 de Noviembre, calle principal de la hermosa capital. Ahí venden, para no ser exagerado, las mejores tortas de pierna del mundo. Además de unos burritos de carne deshebrada que difícilmente tienen competencia.
Un buen día estando en ese invaluable lugar, como era costumbre terminé de engullir mis bocadillos y él, para no variar, iba a penas comenzando. Decidí no hacer corajes y emplear mi valioso tiempo en discernir la causa de su lenta velocidad de alimentación, por llamarle de algún modo. Sin decir nada, lo observé discretamente y fui descartando posibilidades una a una.
Mi primera hipótesis fue que tal vez el tamaño de sus bocados podría ser muy chico. Entonces esperé con la paciencia de un pescador a que diera su siguiente mordida a la deliciosa torta de pierna. Para mi sorpresa, la porción fue generosa y su boca no era precisamente chica, por lo tanto descarté esa primera posibilidad.
La segunda idea que me vino a la mente fue que mientras comía se pudiera distraer observando el panorama, bobeando, o leyendo algún texto que tuviera a la mano, puesto que era de esas personas que cuando van al baño entran con revista en mano. No fue así. Él estaba concentrado en esa riquísima torta de pierna sin igual que solamente en ese sitio son capaces de producir.
La tercera teoría estaba fundamentada en la posibilidad de que perdiera mucho tiempo entre terminar un bocado y comenzar el siguiente. Por lo tanto esperé a que terminara de triturar ese inigualable trozo de la mejor torta de pierna que existe, para ver si me sacaba algo de plática o simplemente reposaba un poco en el inter. Nada pasó. A mí ni me peló y tan pronto terminó ese bocado procedió a comenzar el siguiente.
Mis posibilidades y mi paciencia se estaban agotando cuando de repente vino a mi recuerdo uno de esos consejos que se leen en revistas como el Reader Digest el cual sugería que cada bocado debía masticarse cuando menos por 30 veces, esto para facilitarle al organismo el proceso de digestión. Pensé que la probabilidad de estar ante ese caso sería muy baja pero no teniendo de momento otra idea al respecto decidí esperar a que comenzara su siguiente bocado para comenzar a contar.
Este fue el reto más complicado puesto que implicaba la observancia ininterrumpida de su función masticatoria para poder contar si efectivamente su costumbre era llegar a repetir esta acción por la para mí infinita cantidad de treinta veces. Pero con el sigilo que me caracteriza y ayudado por el arraigado hábito que tengo desde pequeño de ser tan metiche, pude emprender esta tarea.
Esperé una vez más por unos minutos en lo que él se preparaba para tomar un nuevo trozo de esa torta que merece un altar en Catedral y una calle con su nombre. Con una precisión cronométrica empecé a contar sus masticadas desde la número uno, hasta que no pude más contener mi risa y él se vio forzado a tragar subrepticiamente lo que le quedaba en su boca de La Rica Torta para preguntarme un poco desconcertado: ¿De qué te ríes, pendejo? Mi respuesta fue: De que haz masticado ese bocado ni más ni menos que noventa veces.
            Cuando vayan a Durango no busquen a Pepe porque difícilmente lo van a encontrar, pero por favor visiten ese maravilloso y humilde lugar de nombre “La Rica Torta”. Una vez sentados ahí comprenderán por qué es tan difícil dejar de saborear esa exquisitez.
            Era mi amigo de toda la vida. Y digo era porque ya no lo es más. La esquizofrenia nos lo robó. De él afortunadamente me queda un mundo de buenos recuerdos, y por supuesto “La Rica Torta”.

Roberto Rojo Alvarez

martes, 1 de marzo de 2011

CENAMOS CON MI ESPOSITO

            Esta excursión fue hermosa y divertida, como la novia de aquella época con quien pasé un espléndido fin de semana en el bello puerto de Mazatlán. Sus familiares tuvieron a bien ofrecernos por tres días una casa en un condominio de playa donde para fortuna de ambos fue posible llevar hasta nuestros perros Piri y Carmelo.
            Mi novia había pasado por el infortunio de un divorcio, cosa que en lo absoluto había mermado su alegría ni sus ganas por bien vivir la vida. Pero esta particular situación aunada a mi ignorancia provocaron que en cierto momento le hiciera yo un chantaje sentimental de proporciones inconmensurables.
            Como buena arquitecta y mujer de mundo que es, tenía la costumbre de revisar sus e-mails con cierta frecuencia. Una de estas veces lo hizo en mi computadora y tuvo el descuido de dejar abierta su bandeja de entrada. Mi sagaz sentido de la vista me llevó a observar en el “Asunto” de uno de sus correos claramente la palabra “Esposito”. Mi mente no esperó un instante para armar una historia en la que ella a su exmarido lo llamaba cariñosamente de esta manera, lo cual a mí me desconcertaba bastante porque ni siquiera tenían un hijo en común que propiciara la continuidad en la comunicación entre ella y su exesposo.
            Prudentemente y con toda hombría callé mi hallazgo, apoyado sobre todo en la confianza que siempre tuve en ella. Hasta que un buen día mi pecho no soportó más el peso de la duda y con toda indignación reclamé me fuera aclarada semejante situación que me estaba carcomiendo por dentro. Esto fue motivo para que una vez más mis oídos tuvieran la fortuna de escuchar la música de su siempre deleitable carcajada.
            Esposito es el apellido de Franco, chef italiano propietario del Ristorante Villa Italia en Mazatlán y tío político de aquella novia con quien compartí una deliciosa cena en este lugar. Gracias a sus vínculos consanguíneos tuve el agrado de conocer a este amable señor, además del valor agregado que significa recibir la atención personalizada del dueño del establecimiento.
            Recuerdo que cenamos una pizza Margherita a la leña que es lo más cercano que he probado en México al original platillo italiano. También pedimos pasta con camarones y de postre un Tiramisú. Todo esto lo acompañamos con un delicioso vino tinto de la Toscana que Franco nos obsequió. Lo que sí les puedo decir es que todo estaba a pedir de boca.
            Villa Italia es un restaurante en el cual no se tropicalizan los platillos, sino que guardan su esencia original para que tu paladar pueda degustar el sazón de la genuina cocina italiana. Si andan por ahí cerca no duden en entrar, postrarse en una mesa, preguntar por Don Franco Esposito y solicitarle que les recomiende la especialidad del día. Pasarán los años y seguramente recordarán la experiencia de manera tan nítida como yo, este exnovio de su sobrina que espera tener el agrado de volver a ser atendido por él.

Roberto Rojo Alvarez

viernes, 26 de marzo de 2010

SEMANA SANTA


            La Semana Santa es, en estricto sentido, la conmemoración cristiana anual de la Pasión, Muerte y Resurrección de a quien históricamente conocemos como “Jesús de Nazaret”. Y es un período de una intensa actividad litúrgica por parte de las iglesias cristianas alrededor de todo el mundo.
            Ahora, ¿qué es para el pueblo mexicano la Semana Santa? Les leo textualmente la definición del agudo y acertado escritor Roberto Rojo: Es la obligatoriedad irrestricta autoimpuesta de una persona por trasladarse desde su lugar de residencia a otro sitio, que en la inmensa mayoría de los casos, debe forzosamente de haber agua, ya sea de naturaleza dulce o salada.
            A decir verdad yo no tengo la capacidad intelectual para encontrar la relación entre una definición y la otra. Lo que sí me quedó clarísimo a una muy temprana edad es que los tumultos que se suscitan en los lugares vacacionales de interés en estas fechas, no son en absoluto de mi agrado.
            Si vas a una de las hermosas playas de nuestro estado, ya sea en plan de camping o de Gran Turismo, te encontrarás con un mundo de calamidades que son propias y exclusivas de Semana Santa.
            Por ejemplo: Para acampar en una playa, sea esta cual sea, necesitas apersonarte y apartar tu lugar con gran anticipación, de lo contrario, encontrarás un espacio disponible a aproximadamente 7 kilómetros de la entrada más cercana de la playa en cuestión. Independientemente de la ubicación del sitio de instalación, estarás a aproximadamente 30 centímetros de la casa de campaña contigua de tu lado derecho, y a 40 centímetros de la del lado izquierdo. Carpas en las cuales invariablemente habrá gente escuchando música las 24 horas del día, las dos con distintos estilos musicales que muy probablemente no serán en lo absoluto de tu agrado.
            En el otro extremo, si se trata de un hermoso hotel de cinco estrellas, en Semana Santa tiende a bajar su categoría como mínimo a la de una estrella y media. En ninguna otra fecha del año encontrarás un servicio tan deficiente, una comida tan insípida, una alberca tan sucia, además de la ausencia casi total de toallas, mesas, sillas y camastros. A esto le agregamos que alrededor de las 4 ó 5 de la tarde, aproximadamente el 95% de las señoritas hospedadas en estos hoteles deciden al mismo tiempo encender sus secadoras debido a que tienen qué irse a hacer fila en los antros desde las 6 ó 7 de la tarde para poder lograr entrar entre 10 y 11 de la noche. Esta sobrecarga de energía provoca irremediablemente un corte del suministro eléctrico, o en otras palabras, se va la luz.
            Si tus deseos son los de disfrutar de las bellas y limpias playas mientras tomas un baño de sol, encontrar un sitio en dónde postrar tu silueta no será tarea fácil. Y deberás de estar psicológicamente preparado para soportar que cada 9 segundos llegue un distinto vendedor ambulante, te veas obligado a abrir los ojos, inclinar un poco tu cabeza, y recetarte su letanía para finalmente decir una y mil veces: No, gracias.
            Pero en fin, en gustos se rompen géneros. Yo los invitaría a romper con estas obligatoriedades y disfrutar de la tranquilidad de su ciudad, pero de antemano sé que me enviarán directito a freír espárragos. Entonces solo me resta invitarlos a que sean muy responsables con su diversión y hagan lo posible por no contaminar. Hasta la próxima.

Roberto Rojo Alvarez