domingo, 30 de marzo de 2025

¿MAESTRO, GUÍA O DESTINO?

     Me entero hoy de la reciente muerte del Maestro Enrique Bátiz Campbell, a quien nunca tuve el gusto de conocer personalmente, salvo la vez que en mi primera infancia, lo vi dirigir una orquesta sinfónica en el patio del actual H. Ayuntamiento de Culiacán (en aquel entonces, Palacio de Gobierno de Sinaloa), en la compañía de mi sacrosanta madre y mi difunto señor padre. Cabe mencionar, que este fue un evento que me habría de transformar la vida para siempre.

    A partir de ese momento, me vi en la necesidad de aprender a usar la tornamesa de mi casa, para poder reproducir los LPs de música clásica que había en nuestra fonoteca familiar. Acto seguido, tomar prestadas las agujas de tejer de mi mamá, subirme en un banquito, y comenzar a mover mis manos y mi cabeza de un lado a otro, siempre de acuerdo a la intensidad y el ritmo de la obra en cuestión. La nueva estrella de la Dirección de Orquesta, había nacido.

    Gracias a ese momento y la precoz visualización de mi vida futura, nació en mí el amor por la música. Relación que me ha acompañado toda la vida: a veces muy grata, a veces de odio, a veces de resignación, a veces de esperanza. Existe sin duda un músico en mi interior, y la vida me ha dado la oportunidad de abordar este arte desde muy distintas ramas: Primero el canto, luego el piano, después la guitarra, luego el rock, de ahí la ópera, luego la orquesta.

    En mi primera infancia, incluso antes de hablar (que no es decir mucho, puesto que aprendí ese oficio a muy avanzada edad), cuentan que ya tarareaba canciones. Específicamente, Balada para Adelina, de Richard Clayderman, y Siempre en mi Mente, de Juan Gabriel. Tuve la fortuna de tener unos padres cuyo aparato de radio siempre, absolutamente siempre, estaba y está encendido.

    A la edad de 4 años, llegó a mi casa un artefacto que todavía conservo en la actualidad: Un piano de estudio marca Baldwin, modelo Monarch, que ha recibido sendas reparaciones, y que al día de hoy sigue funcionando y sonando con bastante decencia. Aunque este instrumento fue adquirido primordialmente para que mi hermana mayor tuviera una gracia más de las que le abundan, fui yo quien en la exploración de dicho mueble, comencé a descubrir para qué servía cada tecla, y a la vuelta de unos minutos, ya estaba haciendo sonar la melodía del Himno de la Alegría. Aunque si hacemos uso del famoso dicho "Print the Legend", se escucha mejor decir que a mis 4 años, de forma totalmente empírica, comencé a tocar un fragmento de la Novena Sinfonía de Ludwig Van Beethoven.

    Unos pocos años después, mi madre tuvo a bien hacerse de una guitarra acústica, elaborada por el difunto maestro Jesús Heras, oriundo ni más ni menos que del mismísimo Paracho, Michoacán. Siguiendo mis instintos melómanos, comencé también a descubrir el funcionamiento de este instrumento. Como en ese entonces todavía ignoraba el concepto de Acordes, me limitaba a requintear las melodías que me parecían accesibles a mi muy limitada e inexistente técnica.

    A la edad de 6 años, comencé un largo camino de clases de piano con la Maestra Carmen Garzón (de Reyes, por supuesto). La dinámica era la siguiente: Los discípulos de esa clase, nos íbamos sentando en la sala de la profesora en estricto sentido de aparición. Todos éramos testigos de las lecciones de los alumnos que nos antecedían. Como yo tenía muchos amigos en ese barrio, con quienes me entretenía por largo rato antes de llegar a mis lecciones, rara vez era de los primeros en tomar la clase, y más bien siempre rondaba por los últimos. Por esta razón, mi oído se fue agudizando lo suficiente como para que, llegado el día de nuestra demostración de habilidades ante nuestros padres, yo me supiera de memoria el repertorio de todos los demás pupilos. Cabe mencionar que recibí muchas llamadas de atención por parte de mi mentora, puesto que mi pereza hacía que aprendiera la música (incluso la que a mí me correspondía) de oído, y no leyendo la partitura, como los cánones lo establecían.

    Entrando en la escuela secundaria, escuché sobre una convocatoria para participar como músico en las misas del colegio. Recordé que en mi casa había una guitarra, en la cual yo era diestro para las melodías, y a la hora que la Madre Lucero preguntó "quién sabe tocar guitarra", ni tardo ni perezoso contesté: Yo sé... Tremenda actuación de improvisación tuve qué realizar durante la primera reunión, puesto que todos los compañeros efectivamente sabían cómo tocar una guitarra. En cambio, yo llegué a ese ensayo sin saber en qué nota se afinaba cada cuerda, ni tampoco tenía noción de las pisadas de ningún acorde. Sobre la marcha, mientras hacía como que rasgaba las cuerdas y ponía los dedos sobre los trastes en forma "similar" a la de mis compañeros, fui afinando mi instrumento igual que el del resto, y fui imitando los acordes hasta que comenzaron a sonar aceptablemente. Cabe mencionar que la Madre Lucerito jamás se enteró que me dio un curso intensivo de guitarra popular en esos ensayos.

    También por esa época, llegó a México un canal de televisión de paga que vino a revolucionar el mundo de la música y marcó a una generación entera: MTV... Gracias a este medio, mis contemporáneos comenzaron a familiarizarse con las canciones y las caras de los artistas internacionales del momento. Lo que a mí me enganchó sobremanera en ese tiempo, fue toda la corriente del después nombrado "Glam Metal". Gracias a todas estas bandas, comencé a aficionarme más por la guitarra y el canto, descubriendo entonces mi lado bohemio. Esta nueva afición me dio, por un tiempo considerable, pretexto para alejarme de los deportes y convertirme en el peor de los estudiantes. Por fortuna, tuve unos padres muy presentes que se encargaron de que todo eso eventualmente volviera a tener un equilibrio aceptable. Aunque el daño ya estaba hecho: ¡Había probado las mieles del escenario!

    En los años de preparatoria, incursioné de forma intermitente en algunas bandas locales de rock, y participé en varios festivales de la canción inédita y peñas musicales. Ahí fui aprendiendo de a poco, a tocar el resto de los instrumentos de este tipo de agrupaciones. También fue en esos años en que mi gusto musical se definió en gran medida. Y mi padre, que tenía un medio hermano que fue músico en su juventud, le pidió que le vendiera su guitarra eléctrica para regalármela. Era una guitarra estilo Les Paul Standard de Gibson, que fue producida por una marca japonesa poco conocida llamada AIMS, ahora "Vintage". Todavía la conservo, aunque mi tío Toyo ya la escucha desde otra dimensión.

    Dada hasta el momento esta incipiente historia, cuando mi padre tuvo a bien preguntarme qué carrera quería estudiar cuando terminara la Escuela Preparatoria, mi respuesta fue contundente: ¡Quiero ser un Director de Orquesta!... Para un hombre nacido en la primera mitad del siglo veinte, forjado en el trabajo desde la raíz, sin haber tenido las posibilidades de contar con un título universitario, mi respuesta le cayó como una piedra sobre el meñique. Esto, sumado a que mi adolescencia no fue precisamente un camino de rosas, lo vio en la penosa necesidad de contestarme: Primero estudia una carrera "normal", y luego haces lo que quieras... No tuve en ese momento ni los arrestos ni la solvencia moral como para llevarle la contraria, razón por la cual mi siguiente opción fue Ingeniería Civil. Sin embargo, nunca dejé de tener una estrecha relación con mi piano, mi guitarra, un acordeón que me regaló mi mamá, y un saxofón de segunda mano que compré a un músico en apuros financieros.

    Ya estando en la universidad, comencé a tener dificultades vocales debido al gran auge comercial que tenían (y siguen teniendo) las voces masculinas agudas. Y yo, no es por presumir, pero tengo voz muy de hombrecito. Me pareció entonces, que un buen remedio para esto, sería tomar lecciones vocales. Razón por la cual, me inscribí en la carrera de Canto de la Escuela de Música de la Universidad Autónoma de Sinaloa. De mi breve paso por las clases del maestro Sergio Del Angel, no alcancé a aprender gran cosa. Sin embargo, me comencé a apasionar mucho por la ópera, esa cosa donde el tenor se quiere acostar con la soprano y el barítono nunca los deja, en palabras del escritor Wladimir Nakoviev.

    Transcurrieron unos pocos años y un buen día, mi amigo Jorge Crisantes nos invitó a su casa a hacer uso de un karaoke particular, reproducido por un moderno artefacto llamado Laser Disc. Como su señor padre (a quien cariñosamente apodábamos "Enrique Guzmán") gozaba mucho del canto, tenía toda la parafernalia para grabar sus canciones y luego "quemarlas" en un Compact Disc. Juntos estos elementos, un día nos dio por beber y grabar las canciones que mi tesitura podía cantar, de entre el repertorio con que contaba su papá. Regresé ese día a mi casa con un CD en mano, en el cual había aproximadamente algunas diez canciones interpretadas por mí. Juro que mi intención en ese momento era llegar a mi recámara y meter ese disco en algún cajón. Sin embargo, tan pronto crucé el umbral de mi hogar, me topé con mi papá y le dije: Ah, mira, grabamos este CD en casa del Lustro.

    Ese hecho, para entonces aislado, echó a andar una rueda que me hizo modificar el rumbo de mi vida por la siguiente década. Mi padre, después de años de peripecias, gracias al canto, volvió a sentir orgullo por su hijo. Así, sin autorización de por medio, mandó a hacer copias de ese CD, metió una en cada carro, que siempre tuvo muchos, y regaló otra a cada uno de sus amigos, que siempre tuvo más. Y pasadas unas semanas de ese evento, estando yo cursando el séptimo semestre de la carrera, mi papá me hizo un inocente comentario que me movió el piso como pocas veces recuerdo: "Deberías de aplicar para entrar en el Conservatorio". Esta frase lapidaria, a la que instantáneamente contesté "¡Estás loco!", produjo en mí un incontenible deseo de volver a enfocar mis ilusiones musicales, que no me dejó en paz hasta el día en que finalmente me inscribí al Conservatorio Nacional de Música del Instituto Nacional de Bellas Artes. Cabe mencionar que los conocimientos musicales de mi padre sobre el canto, se limitaban a la canción vernácula mexicana, y a todas las versiones posibles de sus dos canciones favoritas: Sentencia y Renunciación. Y como la vida siempre tiene muy buen sentido del humor, la recomendación de mi papá me "sentenció" a "renunciar" a mi carrera en la ingeniería, para ir a probar suerte en la música.

    En ese entonces, la mente de mi padre estaba deseosa de ver nacer la versión del Pedro Infante del siglo XXI, mientras yo lo que quería era ser el nuevo Enrique Bátiz. Pero como los renglones de Dios son torcidos, para ese entonces la edad que yo tenía, según los anacrónicos planes de estudios de la prestigiada academia, no me permitía inscribirme en Dirección de Orquesta. La única carrera para la que todavía me quedaban unos pocos meses de plazo, era precisamente Canto de Ópera y de Concierto. Pues bien, opté por aplicar y, ya dentro de la institución, entrar al taller de Dirección Orquestal, en ese entonces a cargo del Maestro Juan Carlos Lomónaco. Sin embargo, aunque el canto nunca fue una verdadera vocación, siguió dando frutos, puesto que a mi paso por la clase de Conjuntos Corales a cargo de la Maestra Alberta Castellazzi, empezó a surgir trabajo de forma constante.

    Tiempo después, gracias a los excelentes contactos de Don Rodrigo Martínez, un ya finado gran amigo y mentor, tuve la fortuna de conocer al excelso Maestro de Canto Gabriel Mijares. Con él hice una entrañable amistad. Gracias a esa convivencia tan cercana, él inmediatamente supo que yo simplemente no traigo a un cantante por dentro, que es la constante entre los músicos que se dedican al arte lírico. Por lo tanto, dedicamos la mitad de las horas a entrenar la voz, y la otra mitad a jugar carambola de tres bandas, que es su verdadera pasión. De paso, me contactó con el Maestro José Areán, excelente Director de Orquesta vigente en la actualidad, con quien en su momento tuve la intención de entrar a trabajar mientras fue Director del Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México.

    Así transcurrieron unos años, entre el canto, el billar, y unas clases de Literatura Contemporánea que tomaba con el difunto e inigualable Germán Dehesa, con quien en su momento estuve en pláticas para dirigir una Ópera Contemporánea, cuyo guión él tenía intenciones de escribir, y cuya música habría de componer el Maestro Gerardo Tamez. Estuve también por esas épocas colaborando en ensayos con el Maestro Enrique Patrón De Rueda. Sin embargo, tuve la fortuna de ser contratado para irme como cantante a radicar a la hermosa ciudad de Florencia, y puse en pausa mi camino hacia la Dirección Orquestal. Finalmente, en mis planes estaba que a mi regreso, seguiría asistiendo al Maestro Enrique Patrón, entraría a trabajar con el Maestro José Areán, y saltaría a la fama con la Ópera del famosísimo Germán Dehesa... La vida era bella, y mis planes, "infalibles".

    Entonces, el 6 de diciembre del año 2003, sonó mi telefonino. Era mi madre, con una noticia que me habría de cimbrar más que la antigua sugerencia vocacional de mi progenitor: Tu padre tiene cáncer... Inmediatamente supe que, de entrada, debía suspender mi reciente sugerencia de renovar mi contrato en Italia por un año más. Mi familia me necesitaba, y era inminente que ahí estaría yo para ellos. Mi estancia presuntamente de dos meses en mi tierra natal, se volvió de diez años. Mis actividades laborales se regresaron a la empresa y a mi incursión en el servicio público por medio de un proyecto político. De la música, sólo recibí al principio una invitación del Maestro Gordon Campbell para cantar en dos óperas que se presentaron en la localidad: Pagliacci y Cavalleria Rusticana. Después de eso, mi devastador y complicado divorcio con la música, comenzó su dolorozo trayecto.

    Muchos años después, recibí la propuesta del Maestro Francisco Navarro Lara, de terminar mis estudios en Huelva, España, y titularme como Director de Orquesta. La oferta nunca ha dejado de estar en mi mente, sin embargo mis prioridades en la actualidad, han cambiado enormemente. Tengo cuatro hijos a quienes me debo en cuerpo y alma, y mi único enfoque posible es lograr ser, a como dé lugar, un buen mentor y proveedor para ellos. A veces lo logro, a veces no.

    Hoy, a causa de la muerte del inolvidable Enrique Bátiz, la vida me hace recordar a ese viejo amor, la música, que de mi alma sí se aleja, pero nunca dice adiós. ¡Gracias por inspirar esta hermosa y eterna vocación! Pero ahora, ¿Quién habrá de sustituirlo, Maestro?

4 comentarios:

  1. que bueno que lo llevas asi de profundo el recuerdo.

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  2. Excelente blog, abrazo mi Bobby. En mi opinión, es DESTINO

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  3. Me debiste mencionar, culebras! Me agarrabas de bastón para dar ciertos pasos, como las clases de canto en la UAS, y en varias tocadas.
    Me encantó mi Robert! Gracias por este escrito!

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