martes, 6 de enero de 2004

NI ERAN REYES, NI ERAN MAGOS, NI ERAN TRES


Ni eran Reyes, ni eran Magos, ni eran Tres

“A mi amigo Vicente, Rey y Mago”
Vicente Amador

            Esto me pasa por bocón. “Sí, Martha Isabel. No te preocupes, escribo sobre lo que tú quieras”. Cuando la humildad se me esfuma (espúmate, tío Carlos), que es bastante seguido, caigo en este tipo de aprietos poco agradables aunque muy ilustrativos. Ahora pues, aquí me tienen escribiendo sobre Los Reyes Magos.
Pues resulta que esta tradición meramente católica se deriva de un fragmento del Evangelio de Mateo, en el cual cuenta que unos magos de oriente fueron a visitar al rey de los judíos que había nacido. Es todo. Simple y llano como lo es cualquier fragmento de un Evangelio. Y bastó con esto para que se inventaran infinidad de cosas, aunque algunas son en base a deducciones y simbolismos de una época que se remonta a muchos siglos atrás.
Primero que nada quiero justificar el título de mi artículo. No pretendo con esto desmentir la historia que todos conocemos, ni desarraigar creencias, sino más bien dar un poco de información sobre cómo fue que se vino armando el mito en torno a la famosa terna.
Como lo mencionaba antes, el evangelista Mateo escribió sobre este acontecimiento, pero no olvidemos algunos detalles, como que obviamente Mateo no fue testigo ocular de este suceso. Tampoco pasemos por alto que siempre que se va traduciendo un escrito, se va perdiendo poco a poco la esencia del contenido, de ahí el dicho italiano “Traduttore, Tradittore (Traductor, Traidor)”.
A este respecto quiero puntualizar que la traducción de Mago es igual a Sabio, en perfecto griego, idioma en el cual fue escrito ese Evangelio. Tomando en cuenta que estas personas fueron guiadas hasta Judea por algún fenómeno astrológico, es probable que fueran estudiosos de estos fenómenos de aquella época. En Persia, lugar también al oriente de Judea, los sacerdotes de Zoroastro llevan el nombre de Magu, quienes se dedicaban a estudiar la bóveda celeste intentando relacionar el curso de los astros con la historia del hombre. De aquí puede venir el errático término de Magos.
Cuando comenzaron las prácticas cristianas de los primeros siglos de nuestra era, la palabra Mago tomó un tinte peyorativo, debido a que era frecuentemente asociada a brujería, chamanes y hechiceros. Tan sencillo, cambiaron el término de Magos por Reyes. Después de cepillarse este término, cambiaron de ser los Magos de Oriente a los Reyes de Oriente, y así, tal como se van deformando los ordinarios apodos, pasaron finalmente a ser Los Reyes Magos.
El número fue muy discutido, cuando de alguna extraña manera consideraban este asunto digno de discusión. El caso es que quedó en tres, se tomó el número tres por dos diferentes razones. La primera es que la cantidad de regalos que ofrecieron fueron tres: Oro, Incienso, y Mirra (¿alguien sabe qué demonios es la mirra?). Y pues se figuraba bonito cada señor con su regalito. Aunque en Siria se decía que eran doce, y la tradición copta habla de sesenta. Pero pues como que no les daban los números, o estaban muy choteados los presentes para el Mesías, entonces tres fue mejor. Ha de ser barata la mirra esa, porque no creo que los sesenta hayan llegado con sus pepitas de oro.
En el siglo IV, un escritor cristiano de nombre Orígenes (no lo hagan en casita), fijó la cantidad en tres, y en el siglo V el Papa San León ratifica la cantidad y habla de ellos como si hubieran existido, es más, como si los hubiera conocido. Y alégale al ampayita. Para el siglo IX los italianos hasta nombres les pusieron: Melichior, Gathaspa y Bithisarea. Después, Veda el Venerable (en su casa lo conocen), bajo el influjo de alguna sustancia relajante, se los empezó a imaginar. Uno anciano con barba canosa y larga, otro jovencito y mamey, y el otro de tez morena. Ya ahorita al pobre Baltasar nos lo oscurecieron mucho, aunque esto se desmiente debido a que se cree que eran originarios de Babilonia o Persia, y en aquel entonces no existían por allá hombres de raza negra. ¡Ah, raza!
En el siglo XV ya les estaba empezando el gusanito de la globalización, y para darle un carácter más universal a esta tradición, se quiso que cada uno simbolizara a las tres razas humanas admitidas hasta ese entonces, prefiguradas por los hijos de Noé (“pero esa, es otra historia”): Sem, Cam y Jafet, es decir, Europa, Asia y África. Afortunadamente todavía no aparecía el marinero genovés  Cristofolo Colombo porque entonces el número de Reyes Magos hubiera ido en aumento, aunque tampoco se habían inventado los globalifóbicos, quienes hubieran intentado reducir el número a un solo Rey Mago por continente.
Obviamente existieron evangelios apócrifos en los cuales también se trataba este suceso. Supongo que de alguna de las anécdotas que de ahí se derivaron surgió la inspiración para el tema de la magnífica película “El Cuarto Rey Mago” (desconozco el título original), estelarizada por Martin Sheen. Se las recomiendo ampliamente.
Aquí tienen entonces una breve reseña de datos históricos por los cuales hoy en día contamos con esa tradición. Ahora, el cómo brincamos de esta historia al hecho de preparar una mezcla entre pan y pastel (llamada rosca por su forma circular) y meterle monitos de plástico en el interior, eso sí que lo desconozco absolutamente. El ingenio del mexicano es grande y sus ocurrencias indescifrables. Está muy bien, y el pretexto de que quienes magullan con sus mandíbulas el pescuezo del plastificado infantito deberá hacer tamales y organizar jolgorio el día de la Candelaria (2 de febrero. Se recomienda visitar Sombrerete, Zacatecas), está también muy bien. Cualquier pretexto es bueno para prolongar el tan temido puente Guadalupe Reyes, razón por la cual el promedio de vida del mexicano baja de los 90 años a tan solo 65. Muy correteados.
En cuanto a los niños. En realidad son los Reyes Magos quienes deberían de traer los juguetes a los chamacos, justo como se acostumbra en la Ciudad de México y en el centro de la república. En Culiacán para esa fecha, llamada Epifanía (ya se me andaba olvidando), los juguetes simplemente ya están destartalados. El pragmatismo del norteño y el sentido común nos indicaron que es mejor darle a los plebes los juguetes desde el 25 de diciembre, así los disfrutan todas las vacaciones, peleándose por los ajenos y destruyendo los que por envidia están más padres que los propios. En cambio, si se los das el 6 de enero, ya casi entran a clases, y luego se los llevan a la escuela “y se me distrae mucho el muchachito”. Por eso optamos por unirnos a la tradición estadounidense de Santa Claus.
Este es ahora tema de acalorados debates familiares: Que si ese viejo barrigudo, que si se están perdiendo nuestras tradiciones, que si ya te sientes gringo, etc. Pero en lugar de ser pacientes y esperar hasta el 6 de enero, nos inventamos la historia de que quien nos trae los regalos es el Niño Dios… Háganme el condenado favor. Ahora resulta que el festejado es quien además nos tiene qué traer los regalos. Pobres niños, ya no saben si imaginarse a los Reyes Magos bajando por la chimenea (construcción inexistente en nuestra ciudad, salvo el Pitón), al Niño Dios manejando el trineo, o a Santa (para que entiendan los Chapulines) tirando al caballo, camello y elefante, cada uno con su respectivo enanito encima. En fin, nunca deja de ser valioso el esfuerzo que hacen los papás (y las mamás) por mantener en sus hijos esa linda ilusión, que pese a causarles tantos conflictos neuronales, bien paga con un juguete bajo el arbolito de Navidad.
Para mí de niño solo había un inconveniente, que si me “amanecía” (término que encubre la proveniencia real del regalo) un juguete que necesitaba baterías, el 25 de diciembre todo estaba cerrado y yo estrenaba mi trencito hasta el día 26, si es que no caía en fin de semana. Lo del trencito es un decir porque nunca me amaneció uno. El caso es que ahora ya también copiamos de los gringos hasta esa mentalidad consumista, causa de eso podemos en nuestros días conseguir baterías (o cualquier cosa) incluso hasta la media noche de Navidad.
Escuché el pasado 6 de enero al Lic. Guillermo Ochoa hablar sobre el daño que se hace condicionando a un niño a portarse bien para recibir regalos. Comentaba que el niño mexicano recibe regalos sí y solo si sus padres están en condiciones de otorgárselos, y que es muy vil hacer pensar a un niño que recibirá presentes navideños si sus familiares no cuentan con las posibilidades económicas para dárselos, por bien que este se haya portado. Estoy de acuerdo con él, aunque me gustaría aumentar un poco su comentario: Creo que es muy dañino en esta época de gozo condicionar la felicidad y los deseos de bienestar de nuestro prójimo, chicos y grandes, que lo único que esperan de estas fechas es pasarlo bien. Creo que es una temporada en que cualquier pretexto es bueno para darse un abrazo fraterno. Creo que bien haríamos todos si siguiéramos creyendo en Los Reyes Magos.

                                                                                                                Roberto Rojo Alvarez

domingo, 14 de septiembre de 2003

SOBRE LA SENSACIÓN CUTÁNEA DE LA MENTA



Sobre la sensación cutánea de la menta…
  
Para Noxzema, por supuesto.

            Mucho se ha escrito ya sobre olores, colores, sabores y sinsabores. Mucho es también lo que existe escrito sobre sensaciones en general. En realidad, mucho se ha escrito ya sobre muchas cosas. Pero nunca se ha hecho sobre este invento tan corrientemente usado y, a mi parecer, tan poco examinado y disfrutado. La crema de afeitar.
En el transcurso de la historia, la literatura ha intentado una y otra vez transportarnos a lugares y situaciones diversas. Algunas veces lo hace con mucha vaguedad, otras suelen ser de un realismo artístico inmejorable. Tarea difícil es la de hacernos sentir a base de palabras, mas cómo olvidar obras tales como “El Perfume” del alemán Patrick Süskin, o frases como: “…el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”, del gran  García Márquez.
Entonces, al verme tan solo y triste cual hoja al viento (Canción Mixteca), sin posibilidad alguna de competencia y con muchas más probabilidades de entrar en el círculo de las vaguedades, preferí no intentar describir la sensación en nuestro rostro de la espuma para rasurar, sino solamente agradecerla y ensalzarla. Además que cualquier cantidad de explicaciones poéticas y científicas saldrían sobrando porque todos ustedes, compañeros de este mal cotidiano de tener qué rasurarse habitualmente, sabrán de inmediato sobre qué les estoy hablando.
En algunas ocasiones resulta absurdo querer poner adjetivos a todas las cosas existentes que de una forma u otra llaman nuestra atención. No todos los seres humanos del mundo que osamos escribir de vez en cuando somos reyes de la buena metáfora y eso hay qué entenderlo (sicóticos en casita, no lo intenten). Aunque es inevitable, por ejemplo, distinguir que los corchos de plástico en las botellas con imitaciones de vino tinto, de tan mal gusto –el corcho y el vino-, tienen un inequívoco olor a “ciruela amarilla”. He aquí lo peor del caso, y es que siempre tendemos a la imperdonable cursilería de relacionar todo cuanto existe con frutitas. La favorita de los chinos -o de a quien se le haya ocurrido primero (rectifico, seguramente fue a los franceses)-, es la pequeña fruta roja y redonda de exquisito sabor: la cereza.
Cuando las primeras importaciones del país estaban monopolizadas bajo el influjo de algún expresidente todavía en turno, y se tenía qué ir hasta la ciudad de La Paz, B.C.S. a comprar artículos de la “Hello Kitty”, era impresionante cómo todo el ambiente olía a cereza. Lápices para escribir y gomas para borrar lo escrito, estuches y mochilas con olor a plástico nuevo, por supuesto, con cereza. Llegamos a tal grado de no saber distinguir cual es el aroma real de una cereza, si el del barato y brilloso lápiz labial de nuestra novia, o el de la copa de junto en la mesa en que sí pueden pedir champaña. Los costeñitos del noroeste de México, es muy probable que primero hayamos cometido la tontería de morder un borrador de nuestra hermana mayor, antes de tener la oportunidad de incurrir en la ordinariez de intentar hacer un nudo con el “palito” de una cereza de verdad, so pretexto de demostrarle a la amada de labio brilloso cuan buenos podemos ser en el arte de besar bien.
Por alguna razón que solo Dios conoce (si es que le interesa conocerla), el cuerpo humano tiene conectados el oído, la nariz y la garganta. Tal vez solo se quería divertir viéndonos batallar al aprender con dificultad el nombre de la especialidad en medicina de nuestro compañero de apartamento, en aquellos tiempos cuando intentábamos ser estudiantes. Es la razón por la cual no nos es tan descabellado el hecho de asociar olores con sabores (no sé qué tiene qué ver el oído en mi discurso). Por esto la reacción tan natural –no por eso menos absurda- de oler un lápiz con aroma cherry y querer morderlo de inmediato. El instinto es fuerte, y de alguna manera nuestros ancestros tendrían que descubrir que las frutas eran comestibles, aunque ellos no corrían el riesgo de quedarse con unos pequeños trozos de residuos plásticos un poco tóxicos entre las muelas, sino de perecer en el acto sin opción de salvación (al menos física) al morder algún fruto venenoso. No sé cómo es que Sigmund Freud reaccionaba al respecto, yo al menos, al oler algo apetecible, sea de plástico o de metal, lo muerdo porque lo muerdo.
Los países que solemos hacer uso gastronómico del sabroso chile –paradójicamente corrijo, del picante-, tenemos habituado y entrenado el olfato a tal grado que al oler la salsa en una cuchara, sabemos con bastante aproximación qué tan picante puede estar. Este es un arte -aunque un antiguo amor me lo reprochara de mala educación (¡Ay, Roberto!)- que los grandes cocineros logran desarrollar con maestría absoluta. Comprensible. Tan comprensible como que jamás en la vida hemos probado heces de ninguna índole (no aplicable para residentes del Distrito Federal), y sabemos de facto que cuando una comida huele a caca, sabe a caca.
Pasando a otro ámbito de más nivel sociocultural, les recuerdo que se han hecho intentos también por dar una descripción a las voces humanas e instrumentales. -Esto se ha logrado someter a tecnicismos prácticos que mucho se agradecen.- En la ópera, y en general en la llamada música culta, a los diversos tipos de voces, categorizadas simplemente por sus registros tonales, se les da el nombre de “Tesituras”. Pero, ¿por qué entonces un tenor lírico ligero -para ser muy explícito- suena diferente a otro tenor con sus supuestas idénticas características bocales? La razón es que hay un algo indescriptible en el ámbito de los sonidos al cual le ponemos el nombre de “Timbre”.
El llamado Timbre es algo aún más abstracto que el sonido y que la misma música. Esto es lo que nos hace distinguir por ejemplo la voz de un niño de 8 años a la de una dama de 18, o entre la voz del padre y la del hijo mayor, que suelen tener exactamente la misma tesitura. Aunque también en los instrumentos, suena muy diferente la nota LA (440 MHz) en una brillante trompeta que en un opaco oboe. Para ser más precisos, suena diferente la nota LA en un saxofón “Conn LTD” que en uno de la marca nacional “Júpiter”, siendo esta la misma nota LA, matemáticamente idéntica. Sin embargo, al preguntarnos qué es el timbre, la mayor aproximación literaria tiende a ser la siguiente: Es el “color” de la voz.
Extraña descripción es ésta ya que los colores son siempre visibles –al menos dentro de una amplia gama en nuestras limitaciones- y la voz es algo que no se puede ver. No sé si existan chamanes u otras especies animales con capacidades tales como para poder ver los sonidos. Lo ignoro, mas todo es posible, ya lo ven que cosas extrañas en este mundo suelen suceder (redacción tipo Yoda), y hasta existió una muy buena banda en los años sesentas con capacidad para escuchar “El sonido del silencio”.
Pero, he aquí el motivo de mi ensayo, he aquí la maravilla creada por el hombre que me llegó a quitar el sueño. Alguna vez nos hemos puesto a pensar, ¿en qué mente tan adelantada a nuestro tiempo llegó la idea y el ingenio de, a través de la piel, darnos una sensación tan nítida y fresca como la de la menta? Y no me refiero a la gama completa de generaciones de cremas absurdas con envases alargaditos de colores varoniles y especificaciones en la cubierta (tan de macho bragado): “Para piel ultrasensible”. No, señores. Estoy hablando del original bote rojo con forma de bomba de gas lacrimógeno y letras blancas. Ese que tiene espuma también blanca que en algún momento se va poniendo como azul, tal como el color con el que ubicamos y relacionamos la menta, planta tan verde como la mismísima marihuana.
Qué ritual éste el de abrir el bote rojo de la crema para afeitar, soltar momentáneamente la tapa también roja en algún lugar a nuestro alcance inmediato, poner un poco de espuma en la mano desocupada, buscar la tapa que en algún lugar a mi alcance se debe de encontrar (el tiempo de retardo es directamente proporcional al coeficiente intelectual de quien está por rasurarse), tapar el bote rojo y dejarlo sobre el lavamanos, compartir la espuma con la mano anteriormente ocupada, postrar nuestras manos acolchonadas sobre nuestras mejillas, y al fin, sentir sobre la piel la inequívoca sensación cutánea de la menta.
No sé si el logro de esto fue un efecto premeditado o si haya sido una coincidencia de la naturaleza, tal como la que nos cuentan de la romántica historia de la tortilla. El caso es que lo lograron, queriéndolo o no, y lo hicieron con un realismo de asombro inconmensurable. Las damitas creerán que estoy exagerando, mas los varones que han tenido una crema de esta naturaleza me darán la razón.
Inténtenlo. Es una sensación que simplemente hay qué vivir. Dejar de hacerlo sería como nunca haber postrado la lengua sobre los polos de una batería de nueve voltios para ver si todavía “estaba buena” (funciona). Señoritas, si tienen un papá anterior a la generación del movimiento juvenil del ‘68, vayan al tocador de su baño, róbenle un poquito de crema para afeitar, y dispónganse a “saborear” la menta sobre su piel. Si en cambio, su padre escucha discos en acetato del grupo Led Zeppelin o del señor Alberto Cortés, y conoció a su ahora madre mientras bailaba sin escrúpulos en una tardeada de su escuela la canción “Inagada da vida”, no se preocupen, esta espuma está a la venta en cualquier tienda de autoservicio.
No pretendo ser un escritor de prólogos, pero en este caso en particular, el contenido de la obra está en el acto y no en la letra. No dejen de hacerlo. Acá en Europa se extrañan mucho los jugosos e incomparables limones mexicanos, y recordando a Sheridan, se extrañan mucho también las tremendas ganas que tenía de venirme a Florencia. Aún me queda, afortunadamente, el placer de conservar al alcance de mi mano la sensación cutánea de la menta.

                                                                                                                Roberto Rojo Alvarez

sábado, 23 de noviembre de 2002

POPOCATÉPETL


POPOCATÉPETL, Volcán. En Náhuatl, "Montaña que fuma". Se localiza y puede ser observado desde la autopista México-Cuernavaca en dirección oeste-este, y se distingue mejor cuando la dulce voz de mi acompañante, después de dormir durante una hora por los efectos del desvelo y del alcohol, llama mi atención señalándolo con su terso índice derecho a la vez que pregunta: "¿Qué es eso?". Me apresuro a contestar en un tono paternal, no sin antes carraspear la voz, con el nombre completo del volcán y no con la abreviación que usamos siempre los que estamos habituados a pensarlo. Una respuesta siempre tiene más credibilidad cuando está completa, y más seguridad para el parlante cuando antes se carraspea. Respiró profundamente y después vino un intenso silencio, mientras lo observamos y lo gozamos. Ahí estaba al fondo el volcán, gris, anunciándonos el comienzo de una corta aventura que de antemano sabíamos sería inolvidable. Para ella, la última de las pruebas, mi última oportunidad. El trayecto transcurrió entre sueño y somnolencia, y yo aprovechaba cada uno de estos trances para tomar y acariciar su suave mano. A los pocos minutos vuelve a preguntar por "otro cerro". Ella cree que yo lo sé casi todo, y en este momento lo único que sé es que la quiero. Ese era el Tepozteco, y estábamos próximos a tenerlo muy de cerca. Nuestro destino, el cándido y cálido pueblo de Tepoztlán. Popo (abrev.), Volcán situado en el territorio mexicano, en los límites de los estados de Puebla, México y Morelos. Al principio todo transcurrió tranquilamente, entre tienditas y recuerdos, conociendo y reconociendo, aprendiendo y emprendiendo un camino que jamás pensé fuera a ser ni tan hermoso ni tan corto. Afortunadamente para ese entonces mis esperanzas eran más fuertes que mis poderes de predicción. Entonces, decidí seguir optimista en mi espera, porque si algo sabía de cierto era que en esos momentos los dos estábamos muy felices, ávidos de estar juntos. Caminamos por el pueblo hasta llegar a un lindo sitio para desayunar. Ahí seguimos conociéndonos y midiéndonos, y el tiempo fue fugaz mas benevolente. La calidad de los minutos que he vivido con esa mujer fue tan intensa que siempre tenía la sensación de haber pasado mucho tiempo a su lado, pero había sido poco, siempre poco, había sido todo, siempre deseando hubiera más. El tiempo es solo una referencia que se vuelve despreciable ante tanta paz, y aunque seguía transcurriendo, solamente lo advertía el reloj. Mientras nosotros continuábamos enriqueciéndonos el uno del otro, asombrándome de cómo a pesar de tener el mismo punto de vista sobre ciertos aspectos de la vida, a ella la divierten y a mí me hacen vomitar. Es posible estar de acuerdo en la absoluta discrepancia, es posible cuando amas, es posible que aún quiera enamorarme de ella. Las cosas empezaron a ponerse mejor cuando comenzó su trillado ritual de los desacuerdos no hablados. Esas veces en que yo doblo a la derecha, y por ende ella va rumbo a la izquierda. Esa extraña necesidad que tenemos los seres humanos de llevar la contra a la pareja. Ella ignora todavía que quien cede, siempre es el más fuerte. Ocupa el extremo sur de la sierra nevada, y de sus faldas se inician las serranías del Ajusco. Entre gustos y sin disgustos, llegamos a recostarnos por un momento en una de las jardineras que tiene la iglesia principal del pueblo. A la sombra de un árbol bajo el sol que la molestaba, llegó el momento culmen de la plática, al menos para mí, en que le hice latente mi conocimiento de su tan hermoso lado tierno, el cual oculta con ahínco siempre. Pero yo puedo ver la sombra detrás de sus ojos, ella lo sabe y se siente muy desprotegida, siendo que intento totalmente lo contrario, quererla. Compró cinco chirimoyas a 10 pesos, nunca las probé, e ignorando qué compraba ayudaba a una muy tierna viejecita, tan tierna como puede una persona ser cuando no se tienen ataduras y se está vivo. Eso es suficiente. Separado del Iztaccíhuatl por una depresión cuya parte más baja es el puerto de Pelagallinas. Emprendimos el camino hacia la cumbre del Tepozteco, ella junto a mí, y yo, junto a la cumbre de mis anhelos. El camino se fue tornando pesado a la vez que nuestras caricias iban apareciendo. La suya era una lucha estoica por conquistarse a sí misma, lo mío era una simple prisa por llegar a la pirámide, para volverla a besar. Son tan distintos los intereses y tan grande nuestro egoísmo que nos es difícil advertir cualquiera de los dos. Me la pasé intentando entrar discretamente en su corazón, pero ella cree necesitar ruido y no calma. Entonces, siguió en su latente búsqueda de los “por qué no”. Después de una hora estábamos en la cima de la montaña, y por primera vez, ella buscó mis labios en un tierno y mesurado arrebato de ese pequeño placer al que solo se dio permiso por un día. Es, después del Pico de Orizaba, el volcán más alto de México. Estuvimos allá arriba por el tiempo preciso que justificara tanto esfuerzo realizado. Allí apareció el motivo de la discordia, y después vino la etapa crítica para preparar lo mejor del día. Su necesidad de elevarse el autoestima la llevó a poner su atención en otro hombre. Es curioso cómo ciertas personas, cuando creen necesitar sentirse seguras, optan por la aceptación. Curiosa es también la coincidencia entre los dos posibles amores de Flaubert: su Madame Bovary y la más probable inspiradora; y la mujer en pugna. Es hasta cierto punto comprensible, todos pasamos por malos momentos y por ciertas depresiones, mas en esos casos yo opto por leer, ella por flirtear. Aunque el respeto a un acompañante, eso, es otra cosa. No me quedó otro remedio que el mejor de los remedios, sumergirme en la oración para así poder guardar la calma. Pude hasta cierto punto esconder mi pesar, aunque fue más fuerte el saber que ella ya para ese entonces me conocía bastante bien. Aún así logré evitar que tocáramos el tema, pero la mutua desaprobación estaba presente de manera muy clara, porque cuando los dos dejamos de fingir, las palabras nos salen sobrando. Pedí perdón al saber que había fallado. Antes le había hecho saber que permanecería a su lado mientras libremente tomara cualquier tipo de decisión. En ese momento fue inútil, tan inútil como es que ella intente esconderse de mí. Bien antes me lo había dicho, no soy tan machito como lo pensé, hay muchas cosas que no puedo soportar, ésta me resultó indignante. Del tipo: Estratovolcán Andesítico-Dacítico. La maravillosa luna llena de ese 20 de noviembre fue quien provocó y sacó toda la ternura que esa tan buena mujer puede dar. Era tanta la dulzura y había estado tan retenida, que hasta el melancólico Pink Floyd sonaba a romanticismo. Qué bella puede ser cuando se siente protegida, qué lado tan sublime puede dar cuando se permite ser conmovida, qué fortuna haber sido partícipe de uno de esos escasos momentos en que dejó por unas horas sus eternos miedos. Después, el más divino de los momentos, el más tierno de los besos. Y ahí estaba el Popo, gris, observando, ahora más cerca que nunca, honrándonos con su silencioso testimonio. Él sabía lo que estaba sucediendo, yo sabía que venía un segundo adiós, pero mis esperanzas seguían siendo más fuertes que mis poderes de predicción, aún cuando sus besos sabían a despedida y no a comienzo. Localización exacta: 19.02º N, 98.62º W. A partir de esa cresta comenzaron a esfumarse mis alegrías y regresaron poco a poco sus miedos, cada uno de ellos, sobre todo el que menos comprendemos, el miedo a la felicidad. ¿Por qué se asustó ante algo tan hermoso y ante un hombre que ella sabe sería incapaz de hacerle algún mal? ¿Acaso serán ciertos sus motivos? No me lo parece. Simplemente no me lo parece. Altura: 5,452 msnm. Llegó el desafortunado momento en que todo volvió a la normalidad, cuando pronunció ese monólogo entre dos mujeres que la describió tan bien, entre ella y la seguramente única persona en el mundo que no la hace confrontarse consigo misma, con quien siempre está en zona de confort, su entrañable prima: “-¿Te compraste la blusita que te estabas midiendo? –Sí. –¡Ay, qué chilo!, se te veía bien padre... (suspiro) ¡Cómo extraño a la Sunny!”. Llegamos a su casa y a la más incoherente de las despedidas, a ese rictus amargo que no quería volver a vivir, a un “que pases buenas noches” hasta entonces nunca antes pronunciado por sus tan recientes deseosos labios. Diámetro mayor del cráter: 900m. Volví a mi casa como tantas otras noches, con un cúmulo de besos no otorgados y un mundo de incertidumbres ya bastante practicados. Pasó la noche y extrañé su siempre esperada llamada, mas no ese mar de melancolías que se me viene encima cuando lo único que resta por hacer es esperar. Profundidad del cráter: 150m (desde labio inferior). A la mañana siguiente todo estaba concluido, su tajante decisión de no volvernos a ver, justificada en la búsqueda de mi bien. Cuando ya conoces el camino, no haces mucho caso a los señalamientos. Seguí adelante, todo estaba muy claro aún sin mencionarlo, estas cosas son de dos. Me postré ante el padre y le dije: “Dios mío, dame fuerzas, que esa mujer no ha de volver”. Sólo los bohemios sabemos que el mejor momento siempre es el “ahora”. Ella lo ignora, y lo afirmaba con su insistente “no ahorita”. Área del edificio volcánico: 500 km2. Transcurrieron muchas horas de angustia e impotencia, y desde la ventana donde pacientemente aprendo mi oficio, se volvía a ver el volcán, gris, inmóvil como mis deseos de enamorarla. Me fui a buscar un poco de la paz perdida, pero ellos estaban separados y grises, por alguna razón estaban visibles pero separados. El Popo y el Iztac, a quienes ahora les confiero la historia de amor que para mí no pudo ser. Habrá qué esperar antes de volver a erupcionar, habrá qué esperar antes de tener qué desistir. La altura de la nieve varía con la orientación de la época del año, al sur presenta menos nieves y en tiempo de secas desaparece por completo dejando al descubierto las capas de cenizas. Ahora estoy lejos de ella y aunque no ha pasado ni una semana, ni mucho menos mis vagas esperanzas, ya las cosas están momentáneamente más claras. Se comunicó feliz haciéndome un recuento de una serie de sucesos buenos que le han sucedido. Me halagó al compartírmelos, mas me mató con su frase “Todo viene a mí”, porque en ese todo no estoy yo. Hacia el norte la nieve es más persistente y el nivel baja. Desde la hacienda de Mimiahuapan pude observar al Iztaccíhuatl y al Popocatépetl, juntos, y con una claridad asombrosa. Temperatura ambiente, mucho frío... Todo está muy frío.

                                                                                                                                Roberto Rojo Alvarez