jueves, 10 de julio de 2008

HISTORIA DE UN TOMATE


            Se cuenta de una vez en que un Tomate, en búsqueda de mejores oportunidades de vida, tomó su morralito de ilusiones y emprendió camino hacia el tan menguado vecino del norte. Muchos familiares ya le habían contado sobre las ventajas de emigrar a aquel gran país, en donde a todos los procesan, los hacen puré, les agregan endulzante, una vasta cantidad de químicos cancerígenos, y los encierran en unas pequeñitas bolsas de algún conocido establecimiento de comida rápida.
Todo este sacrificio lo hacía con tal de enviar alguna cantidad considerable de billetes verdes a su país de origen, específicamente a su estado, Sinaloa. No contaba con que en la aduana se toparía con un prepotente agente de inmigración “de color”, quien después de una exhaustiva serie de dudosas pruebas le negó la entrada a los Estados Unidos de América. Le argumentó que en su morralito además de ilusiones vanas, portaba una pequeña dosis de Salmonela. El Tomate le dijo que esto no era cierto, y que de cualquier manera en caso de que lo fuere, a los estómagos mexicanos la salmonela le hace “lo que el viento a Juárez”. Pero el Tomate Verde Frito sostuvo su negativa.
La noticia corrió velozmente por todos los confines de nuestra nación, y pronto comenzaron los rumores de que aquel siniestro Tomate Verde tenía unos parientes en la Florida a quienes quería darles preferencia de empleo. La verdad es que por un lado a los mexicanos nos encanta la teoría del complot y, por el otro, el Tomate Verde está en todo su derecho de negar o permitir la entrada a su casa a quien le venga en gana. Yo a esos Verdes lo único que les digo es lo que me decía mi hermana cuando de niño le insinuaba que yo era mejor que ella: ¡Ya quisieran!
El Tomate, un poco forzado por las circunstancias, comenzó a pensar en otras alternativas de subsistencia. No faltó quién le diera el mal consejo de pasar de mojado, o de disfrazarse de alguna otra verdura de exportación. Pero nuestro paisano, tan recto como todo buen sinaloense, se negó a estas opciones.
Al tiempo, le llegó al Tomate el rumor de que en un país europeo de habla hispana se celebra cada año en la ciudad de Buñol una festividad llamada “La Tomatina”, que consiste en una serie de españoles y extranjeros agarrándose a tomatazos, y aunque usted no lo crea, esta es una festividad de interés turístico internacional que tiene ya más de 60 años de tradición y que el año pasado albergó a más de 40 mil participantes. Se le ocurrió entonces al Tomate una “Idea de Diez Mil”: mandar un escrito al Honorable Ayuntamiento de su ciudad y sugerir que se inicie cada año la tradición de “La Tomatina Culichi”.
Sobre el actual paradero de este Tomate nada se sabe. Algo de razón tendrán su lucha y sus ideas, al fin que es preferible tener una fiesta en la que nos honremos como Tomateros, a ver cada año toneladas de tomate tiradas a orillas de la carretera Costera. Y como vocero oficial de este Tomate envío un mensaje al Presidente Jesús Vizcarra: Si algún día se realiza “La Tomatina Culichi”, me debe usted diez mil pesos.

Roberto Rojo Alvarez

jueves, 26 de junio de 2008

ULTRASONIDO DE NUESTROS VALORES


Ultrasonido de Nuestros Valores


            Así va perdiendo uno su honra. Cuando se llega a la edad de los treintas (por ahí cuentan), los malestares físicos son poco fáciles de ignorar: La gripe ya no se quita sola, la infección no se cura solamente con alcohol, la tos no cede ante la miel… En esos momentos útiles son los amigos de antaño que tuvieron la valentía de estudiar la carrera de Medicina. Nos dan trato preferencial, hacemos poca antesala, algunas ocasiones no nos cobran la consulta, y si corre uno con suerte, hasta le regalan muestras de medicamentos.
            Las cosas se complican cuando el médico al que visitamos tiene el noble oficio de revisar nuestras partes nobles. Es difícil volver a ver a la cara a un amigo después de hacer una exhausta revisión de todas aquellas zonas que tuvo a bien en proporcionarnos el creador precisamente para cooperar para la conservación de la especie, es decir, en nuestra necesidad de procrear. Diagnóstico: Indefinido. Orden: Ultrasonido Testicular y de Vejiga.
            Dentro de los males, comienzo a imaginar que en dicho examen a realizarme es probable que me atienda una linda enfermera, con su breve ropa bien almidonada, una falda muy corta y un escote que le haga juego, y una voz tremendamente acariciable. Me pongo guapo, me perfumo, y practico frente al espejo mi mejor pose. Pero “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”. Vuelve uno a recordar que nuestra biografía dista mucho de ser una novela o un fragmento de película clasificación “C” cuando nos abre la puerta del laboratorio un doctor bigotón, viejito y renegado.
            Lo que sigue es una corta plática que tarde o temprano termina en las siguientes dos órdenes: ¡Desvístase! y ¡Acuéstese!... Tal como una mujer en estado de bienaventuranza, me pusieron un gel (efectivamente, es helado), y me comenzaron a menear un aparato de plástico con cabeza de metal al tiempo que me hacían voltear a ver una pantalla de una computadora de la época de “Cuéntame de Ayer” para cuya lectura los médicos están programados y ven todo con una claridad que a veces uno cree que están bromeando: “Aquí está la próstata, aquí la vejiga, aquí la glándula fulanita…” Lo único que faltó fue que me preguntara si deseaba yo conocer el sexo del bebé, pero eso, Deo volente, sucederá en otra ocasión.
            Por lo pronto sólo me resta recomendarles que lleven una vida sana, se hagan chequeos constantemente, y no se junten con amigos que dentro de la medicina opten por la rama de la urología. Me despido con la frase que la sacrosanta madre del matador Eloy Cavazos le decía cada vez que su hijo saltaba al ruedo: “¡Cuídate, Eloyito!”

Roberto Rojo Alvarez

viernes, 7 de marzo de 2008

AL FONDO A LA DERECHA


AL FONDO, A LA DERECHA



            Sabia frase la del mencionado literato español, mas no es un caso aplicable al baño de una oficina. Mal haríamos en andar exponiendo nuestras miserias ante tan distinguido personal de nuestro Palacio de Gobierno, además de quedar grabado de porvida en tan sofisticadas camaritas que no se sabe si son de verdad, o de una película de los Hermanos Almada.
            Por medio de la presente es mi intención solicitar de la manera más atenta a todo el personal que gustosamente labora en Radio Sinaloa hacer el grandísimo favor de mantener nuestras instalaciones en perfecto orden, muy en especial los baños del Palacio que alberga nuestra oficina.
            Buena idea sería la de contratar a un señor (y señora) de la tercera edad por cada baño, pagarles un salario mínimo, permitirles tener una canastita propia para que vendieran cigarros sueltos, chicles y cuanta monería se les ocurra con el fin de que estas personas fueran responsables de tener los sanitarios dignamente aseados. Además de secar los lavamanos y pasarle un trozo de papel al bajísimo porcentaje de personas que tienen la costumbre de lavarse las manos después de ir al baño (esto solo me consta del género masculino), quienes gustosamente habrán de dejarles después jugosa propina en moneditas de las amarillas.
         De los secadores “automáticos” mejor ni hablamos. Esta marca “Jofel” tiene la peculiaridad de garantizar el funcionamiento de sus productos a lo largo de una semana. Después de ese plazo, ahí se secan a como Dios les dé a entender. Por opciones tenemos la parte trasera del pantalón, nuestro abundante cabello (para quienes todavía conservan un poco), la camisa o uniforme de trabajo, o ir a sacar un buen tramo de papel sanitario de algunos de los gabinetes de WC. Existen dos secadores en todo el Palacio que por alguna extraña razón todavía funcionan, solamente hay qué aprender una técnica para que estos sean efectivos, ya que para que el sensor automático de alta tecnología detecte la presencia de la mano, esta debe de estar en un lugar en donde el aire caliente que la máquina expide nomás no pega. Entonces, una mano se dedica a echar a andar el detector, y la otra a secarse solita. Pasados unos segundos, se hace lo mismo intercambiando las manos.
            Mientras no se contraten a los viejitos ni se pongan secadores eficientes (de esos que en el cine dicen “feel the power”), hagamos lo que esté en nuestras manos. ¿Por qué estoy ciclado con el asunto de los baños? Solamente me limitaré a contarles un día de experiencia en los “sanitarios” de nuestro edificio:
1ra. Visita, el baño está más o menos limpio.
2da. Visita, el baño está cerrado con un bote de basura atravesado porque presuntamente lo están limpiando.
2da. Visita, 2do. Intento, acudo al baño de un piso superior (a mayor altura el piso, más limpio el baño, o bien, “La altura es inversamente proporcional a su fetidez”) cuyo estado de limpieza ya para esas horas es más bien desagradable.
3ra. Visita, el baño está abierto de nuevo, pero tal pareciera que el cesto de basura lo único que hizo fue postrarse en la puerta y esperar a que la misma basura tomara la decisión de ir a tomar el aventón. “Muchos son los llamados…”
4ta. Visita, el baño ya está en condiciones totalmente desagradables.
            ¿Por qué voy tantas veces al baño en un día? Porque los cafés que me hace Karina son buenísimos, pero diuréticos al fin. Y porque paso de lunes a viernes en el Palacio de Gobierno la mayor parte del día, en el cual solamente me encuentro de vez en vez a un señor más bien tenebroso, poco más corpulento que la escoba que porta, y que por lo visto su trabajo es solamente asegurarse de que la luz del baño permanezca encendida.
            Entonces, nosotros que somos felices, educados, jóvenes y guapos, por favor hagamos lo propio por cambiar el estado deplorable de los baños que diariamente utilizamos. Dos cosas muy básicas: Bájenle, y lávense las manos.
            Si tienen dudas o dificultades, no titubeen en solicitarme la debida información. Saludos,


Roberto Rojo Alvarez

sábado, 1 de septiembre de 2007

MADRE PATRIA


MADRE PATRIA

“Dulce et decorum est pro Patria mori”
Horacio

            Cuando se es músico y además se tiene la intención de vivir del arte, se llega a desarrollar oficios que muchas veces están fuera de nuestros planes. Desde tocar los fines de semana en el mariachi “Águilas de Plata”, hasta cantar en el coro del Conservatorio Nacional de Música la desagradabilísima obra del Maestro Blas Galindo intitulada “Suave Patria”. Además de que la letra del famoso poema de Ramón López Velarde resulta bastante cursi para una obra musical, la intención atonal de Don Blas Galindo la hacen casi imposible de memorizar. Fue sin duda el trabajo musical menos deleitable en mi trayecto por el Conservatorio, y la única razón por la cual no me podía negar era precisamente por la Patria. Por la Suave Patria.
            Mi primera imagen de la Patria vino en la primaria, en la portada de un libro donde estaba impresa una señora vestida de blanco con una capa roja, con una tabla sujetada con el brazo izquierdo y con la mano derecha alzando un ramito (tal vez de azahar), elevándose entre las nubes cual arcángel católico. Esta representación de la Madre Patria de alguna manera me hizo ver desde niño que la Patria en su espíritu metafísico, como lo indica el escritor Jesús Iberia, es sobre todo un valor espiritual. Tal vez por esta razón confundo hasta la fecha en los billetes mexicanos a Sor Juana Inés de la Cruz con Josefa Ortiz de Domínguez, y viceversa.
            El pueblo de La Constancia, Nombre de Dios, Durango, es por desgracia como tantos otros pueblos de nuestro país un gran exportador de braceros. Según mi tía Nena, una leyenda urbana que corría por aquel pueblo era que a los mexicanos radicados en el país vecino del norte los hacían caminar y escupir sobre una bandera mexicana si estos querían obtener su residencia norteamericana. Mi tía Nena se llamaba Magdalena Veneranda, era una gran contadora de historias, y sabía de sobra la indignación que causaba en sus crédulos discípulos aquella anécdota. Ahora me hacen falta su risa y sus historias, y como ya lo he dicho en repetidas ocasiones, cuando encuentre una mujer que acepte nombrar así como ella a mi primera hija, me caso… Sigo soltero.
            En sexto de primaria, la profesora Genoveva nos hacía dibujar las banderas del mundo con el fin de memorizar su imagen y relacionarla con su país. Ninguna bandera era tan distinta entre las demás del grupo como la mexicana. Lograr dibujar un águila devorando a una serpiente sobre un nopal es un universo distinto en la cabeza de cada alumno. Había águilas que parecían gallinas, otras tan calvas como un cóndor. Yo como siempre opté por la comodidad, puse una moneda debajo del papel, y calqué con un lápiz el escudo de una moneda… La mala calificación no se hizo esperar, también como siempre.
            En secundaria era solamente privilegio de los más altos promedios el pertenecer a la escolta que cada lunes a las ocho de la mañana cumplía con los Honores a la Bandera. Por razones obvias hubiera sido para mí inimaginable algún día participar en dicha escolta, hasta que un buen día en un homenaje yo no podía dejar de reír. La Directora me hizo llamar a mí y a otros contagiados de mi buen humor que estaban alrededor. Cuando preguntó de qué nos reíamos se me hizo fácil decir que porque la abanderada marchaba chistoso… A la semana siguiente mi risa se cubría con nuestra enseña nacional. ¡Sí señor! Tuve el privilegio por única vez de participar como abanderado en la escolta de mi colegio.
            Estando ya en preparatoria, había un joven en mi escuela que gustaba del canto imitando a Don Vicente Fernández. Este joven ganó un concurso de aficionados en una feria local, y al Director de la prepa se le hizo un buen detalle ponerlo a cantar un lunes cívico frente a todo el alumnado. Cuando el muchacho comenzó a cantar, tuve la ocurrencia de esconderme detras de un árbol y lanzar una moneda al patio central. Las risas y las monedas de los alumnos cundieron por todo el recinto. Mi intención no fue ofensiva, aunque a la distancia creo que es una de las miles de cosas que no se deben de hacer en un horario destinado para honrar a la patria… Ni poner a cantar alumnos, ni tirar monedas sobre el patio central.
            El mexicano tiene inserto en su ser un amor a la Patria poco común y de una profundidad que no necesita de mega-producciones fílmicas para ser recordado, solo explicable en la letra de nuestro Himno Nacional: “…un soldado en cada hijo te dio”… Habrá de tener cuidado cualquier nación del mundo en donde de manera indebida y probablemente por falta de patriotismo tengamos ya inmiscuidos a más de veinte millones de mexicanos.
            Por fortuna nuestro país tiene ya muchos años que no sufre alguna guerra. El Patriotismo nos sale únicamente cuando vemos que los pinches gringos se bailan a nuestra amada Selección Nacional de Fútbol. Como bien lo menciona Germán Dehesa: No duele tanto la patada como el huarache con que nos la pegan.
            Este año los invito a reflexionar sobre qué significa la Patria, qué tanto a pesar de los malos caudillos que hemos tenido nos sigue importando, y ojalá nos demos el tiempo de visitar todos los recintos de nuestra ciudad en donde haya alguna exposición, ya sea interior o exterior, de nuestra más íntima historia. De la historia de nuestra Madre Patria.

Roberto Rojo Alvarez

miércoles, 1 de agosto de 2007

LLUVIA


LLUVIA

“La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”
Jorge Luis Borges

            Recuerdos de lluvia tengo muchos, buenos y malos. Los malos se refieren a  todas aquellas veces que he visto llover y no me he mojado. Los buenos fueron los que me hicieron sufrir frío y desesperación, pero que me fortalecieron el espíritu y me purificaron el alma.
            En el interminable camino de la formación personal, a mí como hijo me tocó un papel poco envidiable: “El hombre de la casa”. Esto suponía hacerme cargo de las labores familiares que nadie más estaba dispuesto a realizar, desde bajar la siempre perforada bolsa de basura, hasta lavar cada ocho días la zona en donde nuestra amada y difunta mascota Blacky destinaba al buen descomer. De ambas actividades solamente me salvaba la lluvia.
La vez que recuerdo que he tenido más frío en mi vida fue en la ciudad de Durango. Siendo yo todavía niño, una tarde acompañé a mi abuelo a un mitin político en el que se reclamaba un supuesto fraude electoral. Rodolfo Elizondo (ahora “El Negro”) había perdido la elección para gobernador del estado. No sé qué tanto se inmiscuya Tláloc en política, pero de la nada empezó a llover a cántaros provocando que se disolviera toda la concurrencia. En lo que mi abuelo y yo encontramos un lugar para guarecernos, estábamos ensopados hasta el elástico del calcetín. Recuerdo cómo yo temblaba y cómo mi abuelo me abrazaba. Ese fue el regalo de aquella lluvia de verano de hace muchos, muchos años.
Con un poco más de edad, estando cursando la secundaria a mando de la temible Verruga, la única manera de trasladarme con mis amigos era en bicicleta. La lluvia no era capaz de mitigar mis ganas de chacoteo, por lo tanto aunque lloviera, tomaba mi bicicleta, trepábase Fernando en los diablitos, y comenzábamos a pedalear rumbo a donde la fiesta nos llamase. No fueron pocas las veces que se nos rompió la cadena, que desalineábamos el rin de la llanta trasera, que se nos caía el asiento, que rompíamos el manubrio, pero eso sí, cómo nos divertíamos en esos larguísimos trayectos. La dulce lluvia dejaba su tenue marca a manera de vía láctea color chocolate en la parte de atrás de nuestra blanca camisa del uniforme. Enojo maternal garantizado.
            La lección de mecánica suponía tener a mi servicio (por así decirlo) un viejo Mustang ’72, hermoso. Y como suele suceder también con una buena proporción de la gente hermosa, no servía para nada. En realidad era un buen coche, hasta que mi excuñado Alfredo hizo que le sonara hasta el aire de las llantas. Yo tenía dos opciones, o le prestaba el carro y me dejaba a solas con mi entonces novia Lety, o lo tenía a un lado sin tener margen de maniobra. Pues este bello automóvil tenía cierto pavor por la lluvia, que tan pronto empezaba a lloviznar me dejaba tirado donde estuviera y siendo la hora que fuera. Recuerdo en especial la vez que por enésima ocasión quise cruzar la calle Aquiles Serdán pensando “ahora sí paso”, y por supuesto quedamos a media calle con el motor apagado y el agua entrando por debajo de las puertas. El remedio de mi amigo Enrique Antonio fue quitarnos los tenis, remangarnos los pantalones, y bajarnos a empujar al viejo Mustang hasta un lugar donde no estorbara el libre flujo de los Vochos, que son los únicos automóviles que pueden cruzar esa calle cuando llueve. Llevábamos ya algunos metros avanzados cuando mi amigo vio entre nosotros y la defensa del carro un objeto flotante que generalmente flota en otros objetos de porcelana denominados escusados, y no en pleno paseo rumbo al Malecón. Nos echamos a reír con la cara llena de lluvia, y seguimos empujando. Estos son los lindos regalos que provoca el exceso de lluvia en nuestra ciudad.
Después pasó a mi “servicio”, cuando obviamente ya era un artículo de deshecho, la famosa Guallina. Este automóvil pasó a mis manos para cumplir la tarea de montar y desmontar unos puestos de importaciones que en su momento fueron la novedad en Culiacán: “Todo por 7”. Que comenzara a llover provocaba a la hora que fuera que me dirigiera inmediatamente a desmontar los mencionados estantes, y la vendimia del día por razones obvias concluía. Además de tener unas llantas tan lisas como las de cualquier coche F1 y haberme ponchado en una ocasión ocho veces en una semana, este carro tenía la peculiaridad de que después de terminar de llover en el exterior, dentro de ella seguía lloviendo por alrededor de 10 minutos más. Intenté tapar esas goteras tanto con silicón como con chicles Motita, pero jamás tuvo un buen resultado. Este es el único coche que antes de venderlo tuve que lavarlo con manguera… por dentro, por supuesto.
Poco más grande, a la edad de 28 años, la lluvia europea provocó que faltara yo al séptimo mandamiento. Caminaba desolado en la madrugada por las calles vacías de Florencia, con una guitarra al hombro, sin transporte público disponible, sin posibilidades económicas para tomar un taxi, a aproximadamente cuarenta minutos a pie de mi domicilio, y con una lluvia fría sobre mi espalda. Cuando de pronto la vi. ¡Era ella! Nos estábamos buscando desde hacía mucho tiempo atrás. Brillaba con luz propia. Me esperaba quietecita en una esquina, tan linda, y con una cadena mal puesta que no me dejó alternativa… Me robé esa preciosa bicicleta blanca, y vivimos en unión libre durante largos y felices meses… Con el agradecimiento que solo se tiene hacia quien le ha salvado a uno la vida, me despedí de ella. Se quedó en el viejo continente, y yo la recordaré eternamente… La lluvia me orilló, y yo acepté.
Estamos ahora en tiempo de lluvias. Cada gota que cae del cielo viene para purificarnos, aunque a veces no comprendamos sus excesos o su ausencia. Cada vez que llueve viene a mí la nostalgia de todos los regalos que me ha traído la lluvia. Todos inolvidables e invaluables. Aprendamos cuando llueva sobre mojado, y bailemos en la lluvia cuando todo marche bien. Y no se preocupen si los encuentra solos detrás de una ventana y sienten como lluvia saliendo de sus ojos... Es lluvia.

Roberto Rojo Alvarez

domingo, 1 de julio de 2007

TIPS PARA VIAJAR


TIPS PARA VIAJAR

“A donde fuereis, haz lo que viereis”
Anónimo, al menos para mí.


            Llegó como una aparición. Mi cabeza no podía creer lo que mis inocentes ojos le estaban transmitiendo. Era la niña más estética que jamás hubiera imaginado a mis tan solo seis años de edad. Las monjitas la llevaban a presumir por todas las aulas del Colegio Sinaloa, no por bonita sino porque leía fluidamente el español, además de ser el mejor promedio de la institución cuando el resto de los alumnos a duras penas recitábamos “Mi mamá me mima”.
Largas horas de mi pensamiento consumió aquella utopía, y confieso que al menos tres años de mi vida estuve inventando historias y filosofando sobre por qué tanta belleza en una sola persona. Suponía que tanto sus padres como su familia debía ser gente muy bonita. Pero temprano comprendí que eso dista mucho de ser una regla.
            Cuando conocí a su hermano mayor me llevé una gran sorpresa. Además de ser más bien feo, en repetidas ocasiones y por intervalos de algunos cuantos segundos hacía una serie de movimientos raros de los cuales mi referente más cercano era una “Chiripiolca”. Frente a este fenómeno mostré cara de asombro hasta que se acercó un amigo a decirme, -Es un tip”-, que es la versión culichi de lo que en clínica se diagnostica como “tic nervioso”.
            Esa fue la primera vez en mi vida que escuché la palabra “Tip” que hoy tanto nos atañe. La segunda fue cuando sacaron a la venta una deliciosa gaseosa ahora extinta denominada “Tipp”, la cual fluía entera y libremente por mi garganta cuando realizaba la “gracia” de beberla de un solo golpe. La imagen publicitaria de este refresco de mi infancia era la de un delfín que ninguna relación tenía con la bebida, pero poner a este mamífero como imagen o mascota siempre es una buena carta de presentación.
            Hoy en día la palabra “Tip” se utiliza como un modismo extranjero para dar ciertos consejos breves ante cualquier acción a desempeñar, pero es perfectamente incorrecta y su uso me parece poco apropiado para un prestigiado Agregado Cultural. Por tal motivo cambiaré el título de este artículo por el siguiente:

“Breves consejos útiles para viajeros”

            Lo primero que hay qué hacer cuando llegas a un lugar desconocido es poner cara de “no hay pedo”, o la versión más apropiada: “Todo está bajo control”. La seguridad y el perfecto dominio de nuestra expresión es útil para ahuyentar a los asalta-turistas, que según cuentan en algún lejano lugar existen. El dominio de esta técnica se comprueba cuando algún otro viajante se acerca a ti a preguntarte por alguna dirección. Es de los pocos momentos de la vida en los que es permisible comportarte como un chilango, así que a mandarlo a algún sitio aunque desconozcas su paradero.
            Al visitar una playa te recomiendo mucho sentarte por unos momentos a organizar el tiempo que le dedicarás a la toma de sol. Divídelo entre la cantidad de días que estarás en sobre-exposición, y cuando en la cara tengas la sensación de traer una mascarilla de lodo en tiempo de sequía, levántate y no lo intentes más. El turista común y ordinario llega, y a como dé lugar se quiere ver trigueño desde el primer día. Como resultado ahí andas desde la primera noche solicitando al primer buen samaritano que se te atraviese pidiéndole el favor de untarte leche de magnesia en la espalda.
            Si vas a algún país de habla extranjera (o a Yucatán), busca la posibilidad de ser conducido por algún amigo de un amigo que por suerte habite en aquella región. La sensación de no entender en lo absoluto lo que la gente está diciendo es posiblemente de las más desahuciantes que existen, y nadie mejor que un nativo de confianza para engañarte. Se reirá mucho de ti, pero tu integridad estará a salvo.
            Este consejo también es útil cuando vas a un país cuya lengua se supone que conoces, ya que el oído humano tarda algunas horas y a veces unos días en acostumbrarse al cambio y tomar el ritmo. Y si crees que dominas el idioma inglés, no vayas a Australia porque tus lágrimas rodarán.
            En la supuesta desgracia de la necesidad de un guía de turistas, de esos que le sonríen a los viajantes y luego se voltean con el chofer para mentar madres en su idioma natal, la mejor recomendación que te puedo hacer es que hagas totalmente lo contrario a lo que él te diga, sobre todo si se trata de comprar baratijas en esas tiendas inmensas atendidas por una señora de pelo teñido y bata floreada. Lo mismo si te lleva a comer a un restaurante bufete en el que todo está incluido (con excepción de los refrescos de 100 ml de a cinco dólares), en el cual llega saludando de abrazo al dueño del sitio a la vez que le dice en perfecto hebreo: “Ya me tiene hasta la madre esta gente tan tacaña”. Te recomiendo ampliamente que salgas del sitio y te compres alguna fruta para aguantar mientras encuentras algo a tu gusto, siempre y cuando la fruta no sea exótica por aquellos lares.
            Si andas lejos del hogar y no tienes la ventaja de ir con un presupuesto holgado, busca siempre economizar en las comidas. Los sitios que son zonas exclusivas para turistas están repletos de lugares caros y malos. Es preferible que busques un McDonald’s y vayas a lo seguro, al fin que poco veneno no mata. Queda estrictamente prohibido cometer la ordinariez de sacar una salsa La Guacamaya, o realizar la viejísima broma de preguntar al mesero si te puede traer unas tortillitas. Millones de mexicanos ya hicieron esa broma antes que tú, y ya no es graciosa… Como bien diría mi amigo morelense Don Luis Pedraza: Eso no es de gente bonita.
            En el supuesto caso de quedarte sin dinero y no tener un don artístico con el cual poder sobrevivir, si te encuentras en un agraciado país donde exista la cadena suiza de supermercados “coop”, deberás de seguir al pie de la letra los siguientes pasos: Localiza un supermercado de esta cadena, camina entre tres y cinco cuadras a la redonda del establecimiento, haz contacto visual con los carritos de súper abandonados que pertenezcan al mencionado establecimiento, elige la ruta a recorrer que te quite menos tiempo, ve recogiendo los carritos embonándolos uno a uno, y por último llévalos a su lugar de origen. Por cada carrito que trabes de nuevo en la fila del súper, obtendrás una moneda de un Euro… Dicen por ahí las malas lenguas que algunas personas han realizado esta actividad para sobrevivir. Vaya usted a creer.
¡Ah!, y ya que andan por ahí, por favor les encargo una caja de cereal marca propia imitación “Coco Puffs”. Pocas cosas en la vida harían a mi hermanita tan feliz como volver a crujir sus mandíbulas ante tan exquisito manjar… Si por curiosidad deciden probarlos y es ésta su primera vez, les recomiendo dejarlos en remojo de leche una noche antes de intentar ingerirlos, y tener a la mano una crema dental para dientes sensibles.
No cargues con libros. Los aviones en la actualidad tienen una serie de amenidades que te provocarán todo menos ganas de leer, además de ser mucho más chic comprar una buena revista del sitio en el que te encuentras. Tan pronto te subas al avión hay qué recordar el postulado de mi amigo David Coppel: La batalla por la codera de tu asiento se libra en los primeros diez minutos o se pierde para siempre.
El buen uso de la cámara fotográfica es fundamental. Es muy importante recordar que portas una cámara y no darte cuenta hasta que estás de regreso en el hotel. Si hay necesidad de que alguien más les haga la fotografía, busca a algún hombre bajito y de ojos rasgados, y el éxito de la toma estará garantizado. Procura salir en las fotos y captar escenas que sean únicas, para los sitios de interés siempre habrá tarjetas postales mucho mejores que las que tú puedas lograr. Siempre ten en mente que Hallmark tiene mejores fotógrafos que tú.
Si lo que esperabas leer en este artículo era que lleves ropa floja y calzado cómodo, para eso compra una vulgar revista del corazón. Estas letras son para gente seria que lee la prestigiada revista En Boga, tan buena como su escritor… Camina todo lo que puedas y haz muchas fotos mentales. Buen viaje.

Roberto Rojo Alvarez