Mi historia con la Cruz Roja
afortunadamente es casi inexistente. La única vez que entré ahí fue porque a un
doctor le prestaron el quirófano en donde me habría de quitar una cicatriz de
la pierna que a la vuelta de los años tomó el doble de sus proporciones
originales.
El pasado 15 de marzo arrancó la
Colecta Nacional de Cruz Roja Mexicana con una campaña de publicidad muy buena,
como cada año. Hay un spot que me
llama mucho la atención, sobre todo porque al final una mujer de nombre Marcela
exclama con voz de profetiza que ella ayuda a salllvarrr mi vida. Esta colecta,
al menos en nuestro país, obtiene para fortuna nuestra y de la institución
buenísimos resultados. Dicha institución está regida por cuatro Convenios de
Ginebra, Suiza, país que por alguna extraña razón ostenta como bandera lo que
sería prácticamente una cruz roja invertida.
Alguna vez mi padre decidió que ir por carros a la frontera era una buena
oportunidad de negocio, y lo hizo durante algunos pocos meses. Recuerdo varios
de los automóviles que trajo, pero el que más se quedó en mi mente fue una
ambulancia equipada color azul con naranja y blanco, que al poco tiempo fue
donada por el Club Rotario a la Cruz Roja. La pintaron toda de blanco y le
asignaron el número 9. En aquel entonces solo teníamos nueve ambulancias en la
ciudad de Culiacán, ignoro cuantas posea la institución hoy día (diría Don
Francisco), supongo y espero que sean más.
En otra ocasión llegaron personas de la Cruz Roja a nuestra base del
Grupo 5 de los Boy Scout (Descripción
peyorativa: Niños vestidos de idiotas siguiendo a un Idiota vestido de niño) a
intentar enseñarnos Primeros Auxilios. Recuerdo que había una enfermera muy guapa
y yo solo esperaba el momento en que ella me tomara como voluntario para
explicar lo que era la respiración de boca a boca. Me despreció abiertamente y
prefirió en cambio a un maniquí. Otra de las cosas que nos enseñaron fue que
cuando alguien se accidenta se debe de evitar cambiarlo de posición, para eso
sí me hicieron nudos con mi cuerpo, me aventaron al suelo, y me levantaron
exitosamente en exactamente la misma posición que había caído. Buena cosa, o
como diría mi amigo Fabián Arturo: ¡Eh, qué modo…!
En 1985 nuestro pueblo sufrió una de sus peores catástrofes en la
historia, el terremoto del 19 de septiembre en la Ciudad de México. En aquel
evento, a pesar de la negativa del entonces presidente Miguel Delamadrid,
recibimos ayuda de todo el mundo. Y aunque a la Cruz Roja le robaron unos
perros rescatistas franceses raza pastor alemán, y mi mamá recibió un delicioso
queso holandés por parte del DIF que obviamente era para los damnificados, la
Cruz Roja es hoy por hoy una de las instituciones con más credibilidad a nivel
mundial.
Ojalá seamos comprometidos todos con nuestra sociedad y hayamos tenido
el privilegio de portar una calcomanía como símbolo de nuestra ayuda, siempre
útil. Ojalá hayamos cooperado al menos para quedar bien con las guapas
muchachitas que había por todos los cruceros de nuestra ciudad, con los ahora
tan sofisticados botes y no con las latas de leche Nido de mis tiempos que
solamente se forraban y se les hacía un orificio encima. Muchas felicidades,
Cruz Roja Mexicana.
Roberto Rojo Alvarez
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