Día 1:
Salimos puntuales de Cabo San Lucas a las 6 de la mañana. Primer destino: Guerrero Negro (924 km).
Paramos en La Garita por unos burritos para llevar. Todos bajaron al baño. Javier tuvo a bien hacerle una broma a Emilio, teniendo en el acto un percance al que en la Madre Patria llamarían “Palomino”... Una truza menos.
Pasamos por La Paz, el Valle, y todas las hermosas playas que existen entre Loreto y Santa Rosalía. Después, los majestuosos volcanes. Al final, nuestra posada, justo en la frontera de las dos Baja Californias.
Justo al llegar al hotel, un zumbido nuevo y un olor a quemado en la Suburban, me hizo sacar de su casa a un mecánico en pleno domingo por la tarde. Él me hizo el diagnóstico y me mandó con otro. El otro me vendió el aceite y me refirió a un tercero. El Diferencial estaba vacío, debido a una fuga. Lo llenó, sin embargo era imposible saber la magnitud de la filtración.
Al regresar al hotel, me recibieron mis hijos cansados de haber dormido todo el viaje, y en el restaurante, una riquísima sopa de tortilla, acompañada de chocolate caliente y pan tostado con mantequilla y mermelada de fresa. Extrañas y deliciosas combinaciones.
Por lo pronto, asunto arreglado. Mañana será otro día.
Día 2:
Salimos de Guerrero Negro, sin ser conscientes sobre el cambio de horario, a las 5:20 de la mañana. Destino: Rosarito (728 km).
Hicimos la primera parada a unos pocos minutos de partir, en la gasolinera de un poblado de nombre Jesús María. No el barrio de Don Antonio Aguilar, tampoco los territorios de la familia Guzmán, en Sinaloa... Un burrito muy decente y unos tamales buenísimos.
Luego, 4 horas y media sin señal de celular, y muy pocas señales de vida humana. El paisaje, no tiene comparación. Majestuoso, es poco. Valle de cirios cactáceos, aderezado de una densa neblina, con temperatura de 9 grados celsius.
Llegamos al Rosario, y a su famoso restaurante Mamá Espinoza. Aunque la especialidad es el burrito de langosta, mis hijos solo quisieron chocolate caliente. El burrito, un agasajo. El café, es mejor esperar al siguiente OXXO.
Unas horas después, llegamos a Puerto Nuevo. Parada habitual y obligada. El esfínter de Javier, sin problemas. No así su vejiga, que después de tantas horas de carretera y una siesta más prolongada de lo planeado, hizo de las suyas… Las langostas, de rechupete. Los frijoles con arroz y tortilla de harina, de estrella Michelin.
A las 5 de la tarde, llegamos a nuestro departamento en Playas de Rosarito. Espacioso, muy buena vista, todas las comodidades, salvo, Internet cortado. Dos mujeres adolescentes, un varón puberto y un niño, que se ostentan como hijos míos, me forzaron a resolver ese relevante inconveniente. Los propietarios del condominio, amablemente lo resolvieron en cuestión de un par de horas.
El asunto vehicular arreglado del día anterior, no lo fue del todo. Hoy la Suburban duerme en otro taller. Nosotros, entre cobijas. Asunto por arreglarse.
Mañana será otro día.
Día 3:
Nos levantamos temprano, descansados, expresamente para desayunar con uno de mis más queridos hermanos venezolanos, en un restaurante al que soy aficionado hace ya muchos ayeres. Me refiero a Freddy José, y a El Nido. Él nos hizo favor de pasar por nosotros, ya que nuestro vehículo descansaba plácidamente en el segundo taller del trayecto.
La especialidad de Freddy, es darte un punto de vista inteligente, agudo, siempre distinto al ordinario, y también siempre cargado de optimismo. La especialidad de El Nido, es la machaca de venado y los huevos de codorniz. Mis hijos, al puro estilo de la Generación Zeta, desayunaron Hot Cakes y huevo, aclarando al mesero en repetidas ocasiones, que lo querían expresamente de gallina.
A mi primo Arturo, lo vi poco. Sin embargo, representa a la familia entera, y su abrazo abarca a todos. Él me recomendó los dos talleres que visitó la Suburban en su breve estancia por Playas de Rosarito. Porque han de creer ustedes que, además del Diferencial con fuga de aceite, cuando íbamos pasando por Ensenada, la ventana trasera derecha, se desmayó. Es decir, se desvaneció perdiendo su sostén (por favor, eviten imaginar a una ventana con chichis). Problema resuelto en un santiamén.
Por la tarde, cruzamos a San Diego (59 km), haciendo tan solo tres horas y cuarenta y cinco minutos de fila en la Garita de San Ysidro. Fue en este largo lapso cuando María Luisa, externó un trauma con el que viene cargando al parecer desde hace algunos años: Los nervios que le producen que, en un avión o un aeropuerto, se le salga sin querer la palabra "Bomba". Por lo pronto, le recomendé que no se le fuera a salir frente a la amable agente de migración que nos atendió al entrar.
Cuando llegamos a San Diego, solo nos quedó energía para una cena breve, y a dormir.
La Suburban, que es una reina (ya entradita en años), ese día, se portó muy bien.
Día 4:
Nos levantamos temprano y desayunamos en el hotel. Desayuno Continental (whatever that means). De ahí nos dirigimos rumbo a La Jolla.
Hicimos turismo y shopping durante la mayor parte del día. Nos quedamos con ganas del museo del portaaviones, no porque se nos haya hecho tarde, sino porque en estas fechas oscurece realmente muy temprano. Hago mención especial de nuestra comida, que fue en un supermercado Whole Foods, y absolutamente todo lo que compramos de alimentos ya preparados, estaba de rechupete. Parada obligada.
Después nos fuimos a Seaport Village. Ahí me compré un sombrero que me recuerda mucho a mi papá en la forma, y también a mi abuelo por su color. Confieso que tenía ya varios años queriendo comprarme un sombrero marca Stetson de lana gris, idéntico a uno que tuvo mi señor padre. El postergamiento de la compra llegó cuando me enteré de su precio. Sin embargo, ahí encontré un sombrero que me llenó mucho el ojo, y eso, más los piropos de mis dos hijas, hicieron que me decidiera por él.
Cerramos el día con broche de oro, cenando en Little Italy con mi prima Abril y su esposo Enrique. Con él, siempre departo interesantes temas. En esta ocasión, geopolítica y medidas fiscales de Trump. Su pronóstico es alentador, y yo quiero creerle. Con mi prima, atesoro grandes recuerdos de cuando fuimos jóvenes en nuestros años más mozos en Culiacán. Hoy ambos estamos llenos de hijos y de felicidad.
Llegamos de regreso al hotel cansados y sonrientes. Puse a mis hijos a quitar etiquetas de la ropa adquirida, y a programarla dentro de sus cambios de los siguientes días, antes de cruzar de regreso a México. Luego, el diario ritual de pelear por quien no se quiere bañar primero... ni nunca.
Mañana será otro día.
Día 5:
Nos levantamos muy temprano para agarrar camino rumbo a Willcox, AZ (787 km). Pero antes, bajamos al restaurante del hotel por desayuno y algo de fruta. Cuando llegamos al comedor, no estaban listos los huevos del día anterior. Pensé que era cuestión de unos minutos para que los sirvieran, y al acercarse la encargada del restaurante, le pregunté amablemente que si en dónde chingados estaban mis huevos, a lo que me contestó con mucha indiferencia: "It's Continental Breakfast". Admito que me dejó totalmente sin argumentos, y hasta el día de hoy, me sigo preguntando "¿Por qué el Desayuno Continental, unos días sí incluye huevos, y otros no?".
A una hora de camino, nos paramos en un mirador extraño y lúgubre. Es una torre de madera, que en definitiva tiene más años que mi Suburban, desde donde se divisa todo el desierto de Colorado del sur de California. Para llegar, tomamos brevemente una salida a una carretera secundaria, por la que había varios motor homes con muy mala pinta, como de esos que salen en películas donde asesinan a jóvenes guapos y prometedores. El lugar era atendido por un joven medio "hippioso", muy buena gente, con varios perros ya viejos. Era un pequeño museo de antigüedades, y un caminito de rocas con dibujos pintados, tal vez por el mismo joven, pero cuando tenía algunos 4 años de edad. Parada nada recomendable, aunque andando con mis retoños, todo resulta ameno.
Después, nos enfilamos rumbo a Yuma, y llegamos a un museo en donde alguna vez hubo una cárcel. El sitio era divertido, y con mucha historia de presos con nombres de películas del Oeste, algunos de ellos atrapados por el mismísimo Wyatt Earp. Para mi sorpresa, ahí estuvo alguna vez preso el escritor mexicano Ricardo Flores Magón, y me pregunté: Pos, ¿qué escribía?.
Para ese momento, el Diferencial de la reina Suburban volvía a hacer ruido, un zumbido que fue en incremento durante el día. Me detuve varias veces a checarlo, y no traía ya más fuga de aceite visible, ni tampoco olía a quemado. Con todo y eso, seguimos nuestro camino rumbo a nuestro destino planeado.
En la ruta, existe un famoso sitio llamado Dateland, donde hacen unas malteadas de dátil, muy recomendables. También parada obligada. Y ya para rellenar el huequito, cenamos en unas hamburguesas justo frente al hotel en nuestro destino final de ese día.
Nos acostamos cansados. Yo un poco preocupado por el estado de la camioneta. Pero, ante mi imposibilidad de hacer algo en ese momento, y sabiéndome en un pueblo en medio de la nada, opté por la siempre fácil tarea de quedarme dormido.
Total, mañana será otro día.
Día 6:
Nos despertamos muy temprano, para ir a visitar un parque nacional. Sin embargo, después del desayuno me entró cierta preocupación por el sonido atípico y recurrente de la Suburban. Por lo tanto, dejé a mis hijos en el hotel y me aventuré a buscar algún taller mecánico en el pequeño poblado de Willcox.
Mi suposición era que, de inmediato me encontraría con algún latino con quien entablaría una precoz hermandad, y mi problema quedaría resuelto de una vez por todas. ¡Vaya sorpresa! Preguntando a quien me encontraba y a San Google, visité 5 talleres en ese pueblo, y no había un solo latino. Solamente güeros tatuados, medio perezosos y mal encarados, que en pocas palabras me decían que ya valí madre y que mi arreglo tomaría al menos una semana. Faltaban tan solo 6 días para Navidad, estaba con mis 4 hijos en un pueblo en medio de la nada, por lo que esa no era opción.
Al quinto taller, me recibió un joven muy amable a quien sí convencí de que, al menos, le checara el nivel de aceite al Diferencial para, en base a eso, tomar una decisión. Ya no había fuga, sin embargo, sí encontró un poco de residuos metálicos, lo que denotaba que, o el Diferencial estaba mal armado, o su desgaste requería una reparación mayor. Era hora de tomar una decisión arriesgada.
Mis opciones eran las siguientes:
1. Quedarme en Willcox a reparar el problema. Cosa que tardaría al menos 7 días, me saldría el triple de caro que en cualquier taller de México, y me obligaría a celebrar Navidad en un hotelito de mala muerte.
2. Llevar la Suburban a Tucson, dejársela a mi prima Diana, e irme con mis hijos y mis tambaches, a como diera lugar, a Monterrey.
3. Irme hasta la frontera más cercana que era Nogales, Sonora, arreglar el problema tal vez en un par de días, modificar todo mi itinerario y perder noches pagadas de hoteles, para lograr llegar con los Regios en Navidad.
4. Encomendarnos a todos los santos, y darle hasta donde el destino nos quisiera detener.
Cuando sometí a consenso familiar estas opciones, mis hijos al unísono me dijeron "¡Así vámonos!". No puedo negar que sentí una dosis de orgullo por haberles inculcado tanta desfachatez para tomar decisiones.
Pues agarramos camino. El destino de ese día, era un pequeño poblado en Nuevo México de nombre Carlsbad (641 km). Nos quedamos con las ganas de llegar a los parques nacionales de White Sands, Guadalupe Mountains, y Carlsbad Caverns, debido al retraso de la salida a causa de los talleres. Además que, dadas las condiciones, no podía arriesgarme a andar manejando de noche.
Ese fue uno de los trayectos que más nervioso me tenía. Íbamos rumbo a un poblado totalmente alejado de cualquier frontera y, sobre todo, de cualquier poblado en el que yo tuviera a algún conocido. La carretera era una línea recta sobre un desierto, muy similar a esos en donde prueban la velocidad de los carros con turbina, o en donde detonan bombas de fusión nuclear. Y lo único que escuchábamos, era el zumbido incesante de nuestro desperfecto, a lo cual intentábamos contrarrestar con el volumen de la música. Además, con la particularidad de que, para subir del desierto al poblado de destino, debes de ascender no menos de mil metros, por una pendiente que se antojaba eterna. Ya se imaginarán para ese entonces la intensidad del ruido del Diferencial de la Suburban.
Pero llegamos. En Carlsbad nos recibió un muy lindo hotel. Había café y té las 24 horas, y una máquina de palomitas de auto servicio. Ya se imaginarán lo que eso significó para mis creaturas. Después de dejar maletas en la habitación, volvimos a la convaleciente Suburban, que curiosamente tenía escrita en el polvo de la ventana trasera la palabra "Chihuahua". Suponemos que algún connacional andaba por ahí, y al ver placas de Sinaloa, quiso dejar patente su absurda idea de superioridad nacional.
Le pedí recomendaciones sobre dónde cenar a la señora de recepción, y nos mandó a un lugar al parecer muy popular de nombre Yellow Brix. No olvidaré que justo antes de solicitar ese consejo, pregunté a mi hijo Emilio qué es lo que más se le antojaba comer en ese momento. Su respuesta estaba muy lejos de realizarse: Un tamal de elote con frijoles puercos.
Llegamos al restaurante en una esquina, que debió haber sido una casa de alguien importante. El lugar estaba lleno de chicos y grandes, rubios y morenos, y después de una espera de aproximadamente 10 minutos, nos pasaron a nuestra mesa, ubicada en un salón de la vieja casa, que se encontraba donde seguramente alguna vez fue el lejano patio trasero. La cena, bastante buena y bien servida.
Nos regresamos muy contentos a nuestro hotel. Mis hijos, por la simple alegría de vivir. Yo, por haber logrado un destino más sin habernos quedado tirados en un solitario desierto. Al fin que, cualquier excusa para ser feliz, es válida.
Mañana será otro día. Otro largo día.
Día 7:
Destino: Austin, TX (765 km). Este fue posiblemente el día más largo y tedioso. Millas y millas de una eterna planicie, llena de Pumpjacks balanceándose al unísono, turbinas eólicas que seguramente tienen como finalidad, no disminuir la huella de carbono, sino alimentar las bombas de balancín para no dejar de extraer petróleo, y cardos rodadores cruzando por todo el camino.
A este tedio, se sumaba la poca solidaridad de mis hijos que, de a tiro por viaje, en cuanto se subían a la Suburban, caían profundamente dormidos. Ni el incesante y creciente ruido del Diferencial, ni el alto volúmen de la música, hacían mella en su sueño.
Sin embargo, mi aburrimiento fue repentinamente interrumpido por una llamada de mi amigo Madaleno que, con una voz entre nerviosa y desconcertada, me dijo: "¡Güey, no está el Serapio!".
Los pongo en antecedente. Yo tengo dos perros, un macho y una hembra. A Kamcia (la hembra), cada seis meses le da por entrar en estado conveniente para la procreación. Por lo tanto, hago esfuerzos enormes por evitar un embarazo no deseado. Y, como el Serapio es más decidido que "Gerardo González”, no crean que con una correa se resuelve la situación. Así pues, opto por la precaución para la castidad que en la Edad Media dio origen al siguiente refrán: "Entre santa y santo, pared de cal y canto". El problema fue que, a Kamcia le dio por entrar en celo justo un día antes de que comenzara nuestro viaje. Acto seguido, le pedí a mi amigo Víctor que me hiciera el enorme favor de cuidarme al Serapio por un par de semanas. Él, como siempre, honrando a su gran corazón, me dijo que sí.
Vuelvo a la llamada: ¿Cómo que no está el Serapio?, - Pues no está. Estaba en el patio, y ya no está. Lo busqué por toda la casa, y nada... Como yo tenía una preocupación un tanto más preponderante que la curiosidad de mi perro por explorar el barrio, le contesté serenamente que no se preocupara, que no debe de andar muy lejos, que su correa trae un Airtag, y que me diera unos momentos para enviarle la ubicación. Y me pareció también buena idea sugerirle que lo fuera a buscar afuera de mi casa, que está a escasos 50 metros de la suya. Pasaron los minutos, y la ubicación marcaba que el perro, o al menos su collar, se encontraban en su casa, o muy cerca de ella. A lo que le dije: "¡Güey, dice que ahí está!". Volvió a buscar de nuevo, y a los minutos me vuelve a decir ya algo preocupado: ¡No está el pinche Serapio!... Como yo tampoco tenía mucho más qué hacer que manejar derecho por ese inconfundible paisaje del oeste de Texas y escuchar el cada vez más estruendoso sonido del Diferencial, volví a actualizar la ubicación del Serapio. El resultado era el mismo. Entonces le dije a mi amigo: Vic, asómate a los patios de tus vecinos, porque me sigue marcando que ahí está. Fue entonces que uno de sus vecinos le dijo: "¡Ah! Una gringa me dejó un recado en mi puerta, pensando que el perro era mío, diciendo que se lo había llevado a su casa porque estaba llorando".
Ahí comenzó el verdadero calvario para Víctor Manuel. Fue a intentar recoger al Serpio de con la vecina, quien le comenzó a contar la historia de la reciente muerte de su perro, obviamente con lágrimas en los ojos, que Serapio le recordaba mucho a él, y que ella lo iba a cuidar mejor, para que no estuviera solo en el patio llorando. Resultado: Recuperó al Serapio, me mandó una foto, y me dijo que si le dábamos autorización a la gringa para que se lo estuviera llevando "eventualmente". Yo, entre que no le quería cargar tanto la mano a mi amigo, y sabiendo del baquetón de perro que tengo, le dije que sí, sin problema. Incluso, hicimos un chat grupal entre Víctor, la vecina, y yo. Pero luego, cuando Víctor lo quería recuperar, la vecina le daba largas, le decía que le iba a dar la comida que le sobró de su perro, a los días que se le acabó, Víctor le llevó la que yo le había dado, y pasaban los días, y ya nos estábamos imaginando al Serapio secuestrado por una vecina inconsolable. Para no alargarles la historia, Víctor con toda su entereza recuperó al Serapio, quien hoy duerme plácidamente en los brazos de Kamcia. La vecina, lo entregó con lágrimas en los ojos, e inmediatamente se salió del chat. Por sí o por no, le dije al Vic que no se le ocurriera revelar el domicilio del objeto de su deseo. El miedo, no anda en burro.
En la búsqueda de mi mascota, entre llamadas y mensajes, se nos fueron algunas horas, mientras mis hijos soñaban sabrá Dios con qué, y la Suburban seguía pidiendo a gritos de nuestra atención. Faltaban ya escasas dos horas para llegar a Austin, y el paisaje comenzó a cambiar abruptamente. Lagos, árboles, curvas finalmente, y varios venados atropellados por el camino. Entonces pensé: ¡Hasta en eso hay niveles! Al interior de México, uno ve a puro perro de la calle atropellado, y aquí, ¡Venados!. Por eso los gringos hacen películas de Bambi, y nosotros, "Amores Perros".
Para agregarle un poco de sabor al caldo, después de parar en una gasolinera, la Suburban arrancó de forma normal, salvo que no encendía el aire acondicionado, ni funcionaba el panel de instrumentos del tablero. El aire acondicionado no era necesario, sin embargo el resto de los marcadores, sí lo eran. Porque con el ruido del Diferencial, podía sonar como si fueras a cien por hora cuando a penas ibas llegando a los 40, y por si al conjunto de calamidades se le adhería otra de mayor relevancia como una pérdida de aceite o una elevación de la temperatura del motor. Entonces decidí pararme en un Auto Zone... Me atendió un joven muy amable, que inmediatamente le checó los tableros de fusibles, le conectó una computadora, y al parecer todos esos problemas los estaba ocasionando la batería, que no recuerdo el nombre técnico que mencionó, pero en México se dice que estaba "circuitada". Efectivamente, cambiamos la batería y todo volvió a la normalidad (con excepción del Diferencial). Les cuento que noté un extraño entusiasmo en este chavo al estarle metiendo mano a mi vehículo, pero al final me dijo que él tiene una Cheyenne 2004, que es muy similar, y estaba muy familiarizado... Propinón.
Finalmente llegamos a Austin. Admito que ahí ya sentí otra vez algo de tranquilidad. Volvíamos a estar relativamente cerca de la frontera, además de que tengo a varios amigos viviendo en esas inmediaciones. Para ese momento, el ruido del Diferencial ya estaba comenzando a rozar los límites de lo insoportable. Por esa razón, al llegar a nuestro hotel, el botones bajó las maletas, el joven del valet parking tomó las llaves de la Suburban, y yo le dije con cierto coraje contenido: "¡No te quiero volver a ver en dos días!", que era el tiempo que permaneceríamos en esa ciudad.
Esa noche me llevé caminando a mis hijos a un BBQ al mero estilo tejano, donde comimos carne hasta salirnos por las orejas. De hecho, alguno de ellos mencionó que hasta ese momento, había sido su comida favorita del viaje. Después, para bajar la cena, me los llevé caminando a la 6th Street, donde se puede ver el bullicio y desenfreno en vivo y a todo color. Regresaron asustados. Misión complida.
Mañana será otro día, afortunadamente sin Suburban.
Día 8:
Amanecimos, sin la presión de tener qué agarrar carretera, pero sí la de alcanzar el horario de desayuno de nuestro hotel. Como siempre, yo luchando entre el balance de proteínas y carbohidratos del plato de Javier.
Después, me crucé la calle para encontrarme con una muy querida colega y amiga en un lindo café de nombre Revolución. El lugar era muy agradable, y mi amiga llegó despampanante, puesto que tenía en unas horas un Open House de una de las propiedades que representa. Su nombre es Gabriela, y es una costarricense inteligente y exitosa, que se ha forjado una vida para sacar a sus hijas adelante, y domina el mercado inmobiliario de Austin y San Antonio. Nos pusimos al tanto de nuestras vidas en escasos treinta minutos, y volvimos a nuestros deberes.
La primera actividad del día, fue caminar por la hermosa Congress Avenue, hasta cruzar el puente sobre el Río Colorado, para dirigirnos a la zona de tiendas en South Congress Ave. En el camino, los hice entrar a regañadientes a la tienda oficial de la famosa marca Yeti, oriunda de esa ciudad. Ya después, no hallaba cómo sacarlos... Es impresionante la gama de artículos que han hecho con esa marca, y la gran mercadotecnia que tienen. Absolutamente todo se antoja comprar. Lástima que la Suburban ya no tenía espacio para meter una hielera enorme que por supuesto no me compré y que obviamente no necesito. Pero daban ganas de comprarla.
Ya en la zona de tiendas, como a muchos de ustedes les pasará, yo también tengo a dos hijas obsesionadas con una marca de chanclas incómodas de la marca Birkenstock. ¡No lo entiendo! Ponían una cara como cuando de chicas las llevamos a Disneyland. Y una de ellas, empeñada en convencerme de todos los beneficios que tiene usar ese tipo de suela. Obvio, de alguna manera quería lavarme el coco para que yo tomara la pésima decisión de comprarle unos huaraches sin chiste de ciento setenta dólares. ¿Acaso me cree un inconsciente sin razón? ¿Piensa que el dinero lo corto del árbol de mi casa?... Como lo podrán suponer, salimos de la tienda con su par de alpargatas y su sonrisa de oreja a oreja. ¡Abusan de uno!
Seguimos caminando para conocer más el rumbo, y entre los hermosos recuerdos de esa mañana, fue un fabuloso perro Terranova negro que estaba en la banqueta con su amo. Mis hijos se abalanzaron sobre él cual si fuera el sillón de su casa. Yo les había hablado muchas veces de esa raza porque es de mis favoritas. Lo acariciamos un rato mientras su amo amablemente sonreía y nos sacaba plática. Fue tanta la emoción del momento, que a ninguno se nos ocurrió tomarle una foto al bello ejemplar.
Después de una breve parada en un café para beber algo e ir al baño, nos dirigimos al parque Vic Mathias a hacer tiempo en lo que tomábamos nuestra embarcación, para dar un paseo por el Río Colorado sobre el Lago Lady Bird, que así llaman a la porción de río que atraviesa Austin Downtown. El trayecto fue de aproximadamente una hora, donde básicamente nos platicaron un poco de historia sobre la ciudad, y mucho sobre los edificios principales que desde ahí se divisan. Nos llamó mucho la atención una antigua y pequeña torre de bomberos de aproximadamente tres pisos, que hace cien años era el punto más alto de Austin, y lo usaban para estar pendientes de lo que ocurriera en toda la ciudad. También después nos contaron de la competencia que siempre ha habido entre Austin, Dallas y Houston por ver quién tiene el rascacielos más alto. Honestamente, no recuerdo quién va ganando.
Cuando nos bajamos de la embarcación, nos dirigimos caminando a unas hamburguesas que están a la vuelta de nuestro hotel, y resultaron ser una absoluta maravilla de la creación. El sistema de pedido era por medio de una tablet, y María Luisa, sin poner mucha atención sobre lo que pedía, seleccionó la carne Wagyu para su delicioso emparedado. ¿Adivinen a cuál fue la única persona de la familia a quien le cayó mal la comida? ¡Correcto!
Nos fuimos a reposar un rato al hotel, antes de solicitar el Über que nos llevaría al Jardín Botánico Zilker, para presenciar el hermoso espectáculo de luces navideñas llamado Trail of Lights Austin. El lugar era hermoso, lleno de gente, luces por doquier, y música navideña de fondo sobre todo el largo trayecto. Sin embargo, ahí nos hicieron saber que no solo en México se cuecen habas. Resulta que justo al entrar, hay un puesto donde venden, entre muchas otras cosas, un delicioso chocolate caliente. El chocolate simple, valía 4 dólares, y el que tenía refill, 10. Optamos por comprar tres con refill, irlos rellenando durante todo el trayecto, y de ahí beber toda la familia. Entonces, expresamente le pregunté al chavo de la tienda si debíamos de regresar a ese punto para volver a abastecernos de chocolate caliente, a lo que muy confiadamente me contestó: "No. Hay estaciones por todo el parque para rellenar los vasos.". ¡Qué pinche desfachatez! Después de caminar durante 45 minutos, ya hasta la madre de ver foquitos de colores, nos dimos cuenta de que no existe absolutamente ninguna estación de Refill de chocolate caliente en todo el trayecto. Y por supuesto, era humanamente imposible volver a tomar todo el camino de regreso, debido al mar de gente que venía caminando en la dirección contraria... Después de mucho renegar, solo atiné a pensar: Este negocio lo hizo un chilango.
Regresamos en la noche al hotel, y me dispuse a comenzar a atender a María Luisa que para ese momento, ya había comenzado a esparcir fragmentos de wagyu por todo el baño.
Mañana será otro día.
Día 9:
Este día nos levantamos sin mucha prisa. Nuestro destino era San Antonio (128 km). Por lo tanto, desayunamos plácidamente, subimos a preparar nuestro equipaje, y volvimos a instalarnos en la Suburban. Haciendo honor al hombre iluso que soy, esperaba el milagrito de comenzar a andar en mi vehículo, y que mágicamente las piezas del Diferencial se hubieran acomodado en ese par de días sin uso. Sin embargo, "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.".
Comenzamos nuestro camino, y la Suburban ya era una sonaja andante, digna de haberse disfrazado de "Fariseo" para Semana Santa. Sin más remedio, procedimos a realizar nuestra rutina de los últimos días: Rezar, y subirle al volumen de la música. Así manejamos hasta San Marcos, lugar a mitad del trayecto, en donde se encuentra uno de los Outlets más grandes de la Unión Americana.
Al llegar, lo primero que pudimos notar es que el lugar estaba a reventar de gente. Lógicamente, puesto que solo faltaban dos días para Navidad. Entre ese detalle, y que María Luisa continuaba su fuerte enemistad con la carne Wagyu, tuvimos poca oportunidad de explorar tiendas. Solo nos bajamos a comprar unos tenis para Javier, y en esa bajada, Emilio tuvo la fortuna de encontrarse en el piso un billete de cien dólares. Acto seguido, invitó a sus hermanos a la tienda de Disney para comprarles un juguete.
Seguimos nuestro camino a San Antonio, y en el trayecto paré a una gasolinera por encargo de Alejandra, mi hermana menor, que quería una salsa BBQ específicamente de ese sitio. Pues el lugar resultó ser todo un espectáculo. Para empezar, tiene el récord mundial de poseer la tienda de conveniencia más grande del mundo. Pero es que en verdad todo ahí es masivo: tiene no menos de 50 bombas de gasolina, entras al baño y hay algunos 30 mingitorios, etc. Además que venden absolutamente de todo lo que se les pueda ocurrir. Y todo es de la marca de la tienda. La empresa se llama Buc-ee's, y les recomiendo ampliamente que pasen si andan por ahí... Encontramos la salsa que nos encargó mi hermana, y aprovechamos para comprar unos sándwiches de pulled pork que estaban de rechupete, para llegar comidos a nuestro destino.
Llegamos a San Antonio, a un bonito hotel en un edificio antiguo, con una vista a otros edificios icónicos del centro de la ciudad. Después nos fuimos todos a caminar por el River Walk. La verdad es que hicieron un extraordinario trabajo en ese lugar, dejando caminos peatonales y puentes muy bonitos, además de una buena cantidad de restaurantes, cafés y bares, que hacen del entorno un éxito comercial... Tomamos el barquito, que te da un paseo de aproximadamente una hora, en la que te cuentan cosas muy interesantes sobre la ciudad y sobre los edificios que colindan con el trayecto. Al bajarnos de la embarcación, María Luisa tuvo a bien expulsar por su boca de forma abrupta los residuos de res japonesa que todavía quedaban en su cuerpo. En otras palabras, vomitó en un tambo de basura justo al bajarse del barquito. Primero pensé: A ver si un gringo ridículo no marca al 911 y ahorita nos cae una ambulancia. Afortunadamente no pasó. Lo que sí me imaginé también, es que si había en la fila para subirse a la embarcación algún primerizo, pudo haber llegado a pensar que el paseo estaba muy rudo.
Volvimos a nuestra habitación a descansar un rato, y justo ya que llegó la hora de comenzar a buscar un sitio en dónde cenar, Javier se solidarizó con su hermana y también le dio por vomitar. No por la hamburguesa del día anterior, sino por la colección de golosinas que iba recolectando de cada gasolinera en la que parábamos... Terminamos bajando a cenar al restaurante del hotel solamente Magdalena, Emilio y yo. Cena modesta, solo que muy tardada, y como casi llegando vimos a una mesera latina con cara de "213 entre 13", que inmediatamente se acercó a decirnos: "Es que me dejaron sola", ya no supimos si sola como mesera, o era ella misma quien se metía a la cocina a preparar los alimentos... Después de la cena, subimos a la habitación a checar que los convalecientes estuvieran bien, y procedimos a dormir.
Mañana será otro día. El más angustiante de todos.
Día 10:
Amanecimos plácidamente descansados, en la última habitación de hotel del resto de nuestro viaje. Repetimos la muy practicada rutina de empacar nuestras cosas y subirlas en la moribunda Suburban. Afortunadamente María Luisa ya había terminado de hacer las paces con la pinche vaca hija de su nipona madre, y lo de Javier solo había sido un exceso de golosinas pasajero. A Dios gracias, todos sanos.
Esta mañana, ya no esperé ningún milagro mecánico. Sabía que, tan pronto iniciara nuestro trayecto, volvería a escuchar el sonido del Diferencial. Y tal como todos los días anteriores, sería testigo presencial de su gradual deterioro conforme avanzáramos. El destino de hoy: Monterrey, N.L. (480 km). Debo confesar que durante los pasados 5 días, el solo imaginar la hazaña de llegar a tierras regiomontanas, me parecía prácticamente inconcebible. Solo una grúa o un milagro de La Rosa de Guadalupe podía lograr que ese vehículo llegara a su destino. Total que, todos estos días viajé con un estrés nada envidiable, y con un constante debate en mi mente, entre el pesimismo humano lógico por la situación, y la fe espiritual, puesto que siempre me he sabido un hijo consentido de Dios.
Avanzamos unas pocas cuadras después de dejar el hotel, y nos paramos a desayunar en un restaurante IHOP al que ya le habíamos echado el ojo desde la noche anterior. Nos teníamos que despedir del sazón de los Estados Unidos, y qué mejor sitio que ese.
Después, nos persignamos y agarramos el último freeway del viaje. En el siguiente tramo del trayecto, había muchas obras de ampliación de la carretera, y les juro que el sonido de la Suburban se confundía con el de las máquinas motoconformadoras y los demoledores hidráulicos que teníamos alrededor. El sonido que producíamos, te daba a pensar que ya no podía ser mayor sin que eso tronara de forma definitiva. Sin embargo, seguía creciendo. Y pues lo mismo, a subir el volúmen de la música, seguir pendientes de que no oliera a quemado, e intentar ignorar el sonido mientras avanzábamos.
Busqué en el mapa en dónde estaba la última gasolinera antes de salir de Estados Unidos, para volver a cagar combustible. Porque cuando tienes un carro con un tanque al que le cabe la módica cantidad de ciento veinticinco litros, y estás a punto de cruzar al país que actualmente tiene la gasolina más cara del mundo, cualquier ahorro resulta muy significativo. Después de esa última parada técnica, nuevamente busqué en el mapa una ruta nueva que me recomendó mi primo Rodolfo, que con un leve desvío, sales por un puerto fronterizo de nombre Colombia, Nuevo León, y evitas cruzar por la ciudad de Laredo, TX, y Nuevo Laredo, Tamaulipas.
Llegamos a la garita y luego al punto de revisión. El Agente Aduanal era un militar de la Guardia Nacional, muy poco amable, la verdad. Y aunque estaba deteniendo para revisar creo que como a nueve de cada diez carros, mi Suburban se escuchaba y veía ya tan decaída, que el malencarado Agente no pudo disimular su cara de "A estos no les voy a poder sacar nada", y tenía razón. Por lo tanto, nos dejó pasar sin revisión, y eso nos evitó perder tiempo y seguramente el disgusto de bajar y desacomodar cosas, que este tipo de servidores públicos suelen hacer sin la mínima empatía con el viajero.
Continuamos nuestra travesía por una carretera muy nueva, totalmente de concreto hidráulico, y con un paisaje árido de gran belleza. Me comentó mi primo que la mandó a hacer el inmamable del gobernador Samuel García, y pues ¡Aplausos por esa obra! Lo único que contaminaba el bello paisaje era el cada vez más estruendoso ruido del diferencial de la Suburban. Me esperaba que en cualquier momento se escuchara una especie de explosión (Obviamente sin combustión. Es el Diferencial, y esta no es una película de los Hermanos Almada.) y súbitamente la Suburban detuviera su marcha. Pero ya estaba yo en México, y a escasos doscientos kilómetros de Monterrey. Como quiera, una grúa nos podía trasladar hasta nuestro destino, y yo ya estaba asegurando que mis hijos llegaran a tiempo a juntarse con el resto de nuestra familia para pasar juntos Navidad, como era el objetivo desde el inicio de nuestra travesía.
Pero el Diferencial no explotaba, solo seguía llorando como Magdalena (No mi hija. Ella seguía dormida como en todo el resto del viaje.), mas no detenía su marcha. Y así continuamos nuestro camino. Mi estrés seguía bajando gradualmente de manera inversamente proporcional al ruido que emitía la Suburban.
Después de aproximadamente dos horas, se comenzaban a divisar en el fondo de la carretera, las enormes montañas de la Sierra Madre Oriental, que adornan de manera tan majestuosa la hermosa ciudad de Monterrey. Nosotros seguíamos rezando y agradeciendo por haber llegado tan lejos con todo y nuestro vehículo en franco declive.
Faltando escasos cuarenta kilómetros para llegar a la zona metropolitana de Monterrey, la Suburban comenzó a temblar. Primero pensé que podía ser un tema del pavimento, pero seguíamos avanzando y el temblor no cesaba. Luego se unió un sonido nuevo, además del ya familiarizado Diferencial, y entonces pensé que podríamos habernos ponchado. Me orillé en la carretera, y me bajé a checar las llantas. Todas estaban en perfectas condiciones, nada olía a quemado, y no había fuga de aceite nueva visible. Me subí, y tratamos de acostumbrarnos al temblor y a los ahora dos sonidos, que ya ni la música con volumen alto podían disimular... Y así entramos finalmente a Monterrey.
Como la velocidad ya era mucho menor a la de la carretera, bajé la ventana para poder estar más atento por si algo más le sucedía a la ocurrente de la Suburban. No se imaginan cómo rebotaban las ondas sonoras del estruendo de mi camioneta, contra los muros de contención de concreto que dividen las avenidas de alta velocidad, y volvían a entrar por mi ventana. Ya el sonido estaba en unos niveles que el resto de la gente nos volteaba a ver. No para darnos la bienvenida, sino para saber de dónde diantres venía semejante ruidajo.
El plan inicial era llegar a casa de mi hermana, bajar absolutamente todo de la Suburban, y posteriormente llevarla a un taller de su confianza, al que previamente ya habían puesto en antecedente para que estuvieran listos para recibirla. Sin embargo, era tal el estruendo, que a mitad del camino ya dentro de la ciudad, llamé a mi hermana para decirle: Mándame la ubicación del taller, porque a tu casa ya no llegamos. Tal cual, como embarazada que va rumbo al hospital y ya trae diez de dilatación.
Y así, entre ruidos, temblores, estruendos, zumbidos, llantos, risas y muchas oraciones, llegamos al taller del gran Moi, quien unos días después exclamó: "No sé cómo llegaste, la verdad. No me lo explico.". Unos minutos después, pasó mi Cuñado de Oro por nosotros, cambiamos todas las cosas de un vehículo al otro, dejamos la Suburban en ese taller por cuatro días, y nosotros pasamos muy felices los siguientes seis días en compañía de nuestra más querida familia nuclear y extendida.
Días posteriores:
La Suburban salió del taller renovada. En ella nos seguimos hasta Durango (592 km) a pasar Año Nuevo, después a Mazatlán (249 km) a tomar el Ferry que nos llevaría a La Paz, y de regreso a casa (157 km).
Hasta aquí la travesía de mi familia y la maravillosa Suburban (hoy ya de vuelta en su residencia de Los Cabos).
Gracias por acompañarme en este ejercicio de memoria, y ser partícipes de un viaje que nos acompañará hasta nuestros últimos días.